BRADBURY Robert N. (1889-1949)

Riders of Destiny (Jinetes del destino) (1933: 4.0)

Jinetes del destino (casi desatino) es otra película de 55 minutos dirigida por Bradbury y protagonizada por un imberbe John Wayne. Otra obra cinematográfica producida por Lone Star (¡música de W. Barber, de nuevo, y es la misma!) en la que se repiten idénticas señales de humo: el héroe Wayne (agente de Washington), un empresario capitalista tísico y malvado (y con el puro en la boca), una rubia guapa y decente (aquí, Cecilia Parker) y su padre, bondadoso señor con pipa que se relaja en la mecedora mientras se convence de que no venderá el rancho al malo de la película.

Vemos persecuciones a caballo, un asalto a la diligencia, un duelo, escenas cómicas interpretadas por los dos tontos de la película, mucha santurronería, la típica fórmula de western de folletín y quiosco. Ay, y si esto es un supuesto arte, cabrá hablar de un muy pedestre dominio del espacio cinematográfico y un deficiente control de los tiempos de la narración. Por parte, claro está, del responsable de la obra, el señor Bradbury, que vuelve a demostrar que, por mucho que nos pongamos revisionistas o amantes del anatema “freak”, al que no tiene talento es difícil encontrárselo, ni aunque le llamemos “artesano”, que tampoco sería justo.

Resumamos, por tanto, que Robert N. Bradbury fue un realizador de cine recién salido de la etapa del mudo, especialista en confeccionar estos mediometrajes del Oeste: entretenimientos esperables, didácticos, reconocibles y torpes que, eso sí, dejaban algunas imágenes llamativas. Por ejemplo, el héroe Wayne arrastrando con su caballo, ¡con inusitada saña!, a dos de los hombres malos (los tontos, justamente). Y queda la imagen del agua, necesaria en nuestros días e imprescindible entonces, que surge del pozo destruido y trae y significa vida y prosperidad para los granjeros de la zona. A este respecto vemos, en lindas visiones semi-documentales, cómo el mundo animal (patos, caballos, etc.) resurge del polvo y la tierra seca, y se acerca al arroyo que baja a los campos y que invade tierras, pero es una invasión benefactora y, por cierto, el film lo agradece: se detiene la acción y nos relajamos ante la irrupción de una poderosa imagen, imponente en su verdad, mensaje y pureza.

¿Que por qué se llama Jinetes del destino? ¿Y por qué no? Ramplón western post-mudo a mayor gloria del joven Wayne, que derrotaba a los cuatreros del potentado tacaño, ganaba el duelo con el matón de turno y se ligaba a la rubia chica decente, quien, para más inri, le cocinaría luego unos “biscotes”, o eso oigo en la horripilante versión doblada, la única disponible en el DVD llamado “Grandes clásicos del oeste”. ¿Y qué ya no es un clásico?