BRASS Tinto (1933-_)

Col cuore in gola (Con el corazón en la garganta) (1967: 5.5)

El primer Tinto Brass aún no podía desnudar a sus exuberantes chicas como Dios manda. Eran los años sesenta, que ciertamente proporcionaban una libertad impensable un lustro atrás, pero eso no capacitaba a un treintañero Brass para hacer de su capa un sayo y ensayar posturas sexuales, enfocar con deleite un sabroso culo u obsequiar al espectador con escenas sexuales más cerca de la pornografía que del erotismo. El joven Brass, en suma, no habría podido en 1967 realizar Los burdeles de Paprika o Monella, por decir dos de las películas del Brass “auténtico”, el carnoso y fetichista, mucho más interesado en el cuerpo femenino que en la trama o, como le ocurría en Con el corazón en la garganta, en imitar estéticas y divertimentos típicos de su momento y lugar.

Col cuore in gola es psicodelia y es pop, surge del “Swinging London” en la segunda mitad de los sesenta con sus perfiles frívolos, artísticos y levemente contestatarios, ya desgajados del movimiento del “Free Cinema”, más gris, social y existencialista, el de La soledad del corredor de fondo, por ejemplo. Cine que parece más barato de lo que es, deshilado, tenebroso, menos “underground” de lo que querría, más pendiente de las convenciones del cómic y de Warhol, copiando cositas de Godard por aquí y por allá (como quien echa sal y pimienta a un guiso sin sustancia). El crimen, la chica, la pistola: neutralización de la subversiva pulsión de la verdad veinticuatro veces por segundo.

Aquel Londres: el de Performance con Mick Jagger, pero, a la vez, relacionado con los movimientos europeos del momento; recuerda hasta cierto punto este cine a películas que Chabrol haría poco después (como La ruptura), comparte ciertos elementos del cine del primer Fassbinder; reflejos, ángulos, inventiva visual que se recrea en exceso en sí misma. El último tango sin la gravedad de Bertolucci: en Brass (que en inglés, atención, significa “latón” u “hojalata”) el clima descreído, semi-nihilista, juguetón y endiosado prefiere, por lógica,  refugiarse en chillones primeros planos, “zooms”, insertos, mucha retórica de tebeo e imagen descuidada, mal iluminada, entre el mundo “hippie” y el discotequero.

El erotismo sinuoso y adolescente de la sueca Ewa Aulin (17 añitos) es fragmentario, en este cine, en consonancia con el film en su conjunto, lejos de lo explícito y más sobrio que alcanzará Brass en decenios posteriores. Comparado con Paprika, Con el corazón en la garganta es original, barroca y hasta escapista.

Aquel fue un Londres especial y cosmopolita, travieso y experimentador, dinámico, bullicioso y liberado (se lee también en Travesuras de la niña mala, de Vargas Llosa); allí Wyler rodó un film antes impensable (El coleccionista), allí volvió el anciano Hitchock (Frenesí). Aquel Londres que despertaba instintos (Fleischer y sus psicópatas), allí donde realizadores como Polanski o Antonioni se fueron a rodar, atraídos por la financiación y el ambiente “cool”. Antonioni: su Blow Up es más que una referencia para el joven Brass. Ráfagas de aquel Antonioni más informal, más de cartel que de Balzac, más relacionado con la cultura de masas (la televisión, la discoteca, las revistas, los anuncios) que con las crónicas de amores.

Un film de Brass, en suma, muy del gusto de Baudrillard (humo, significantes, banderas, confusión, guerra de Israel por aquí, manifestación pacifista por allá), eslóganes, imagen partida, el comienzo del apogeo de la publicidad. En fin, esto es algo que, de manera incomprensible, y hasta cierto punto, ha querido recuperar en el siglo XXI, hace poco, Wong Kar-Wai en la decepcionante My Blueberry Nights, que es cine de los sesenta transplantado en 2009 porque sí.

En fin, un cine de Tinto Brass juvenil, vivo pero recargado: aunque no me llega a irritar tanto como Giuletta de los espíritus, del peor Fellini. Demasiado imprecisa y sin coartada narrativa de ningún calibre comprensible, se extiende en exceso para muy poca cosa. Los ámbitos del rock, la fotografía, la moda y el diseño confluyen y el resultado está difuminado, es atractivo pero, en última instancia, se muestra irrelevante, intrascendente y tontorrón, como un yoyó de arriba abajo, una noria dando vueltas o un veraniego polo de naranja, refrescante y ya.

Cerca del final, el actor francés Jean-Louis Trintignant, el protagonista masculino del film (sin el carisma de Belmondo), admite estar “harto de tanto misterio”. Pues como yo.

Escribe M. Marías a propósito de los años sesenta, en Miradas de cine (nº 53, dossier sobre los años sesenta: http://www.miradas.net/2006/n53/estudio/presentacion.html):

 

Los que vivimos “en directo”, adolescentes o muy jóvenes, los 60, sabemos… que fue una época de efervescencia, ilusión, entusiasmo inigualables.

 

Añade el crítico que esa década “termina con una sensación de caos, fracaso y catástrofe en The Edge o Ice, La chinoise o Weekend, Vargtimmen o The Wild Bunch”.

Pues además de la efervescencia, ilusión y entusiasmo que detecto, sin duda, en Con el corazón en la garganta, ya advierto también rabiosos signos (oscuros, pesimistas, consentidos) de fracaso y catástrofe. Ewa Aulin, tres años después, actuaría en Start the Revolution without Me; en 1973 (con 23 años) saldría en su último film (Ceremonia sangrienta, de J. Grau) y, de inmediato, dejaría su carrera como actriz: se casó y se matriculó en la universidad.

 

(Al César lo que es del César: Tinto Brass ha seguido a lo suyo, mucho más próximo a los tebeos de Milo Manara que al existencialismo de Antonioni. Fabulosos culos, coños y tetas. La liberación de la mujer convertida en objeto sexual de masturbaciones y risas enlatadas: “brass”)