CHAPLIN Charles (1889-1977)

The Great Dictator (El gran dictador) (1940: 9.0)

THE-GREAT-DICTATOR-EL-GRAN-DICTADOR-entonces-después-aquí-ahora

 

1) Notas escritas como breve esquema previo a una pieza sobre El gran dictador de Chaplin. Relación con todos los grandes y pequeños dictadores. Relación con Spielberg y T. Cruise y la desproporcionada cobertura de The War of the Worlds en los canales de televisión españoles. (Hablan de la película más esperada: la esperarán ellos. Hablan del gran estreno del verano: será para ellos. Dicen que es el gran éxito de la temporada: claro, el éxito se lo están creando ellos, pero se sienten irresponsables del mismo. Como si destinar cinco minutos de un informativo para informar sobre la  película no fuera parte de la campaña promocional de la propia película: otro apocalipsis de ciencia-ficción con la estrella de turno, encima con servicios de censura adquiridos contra los periodistas que tanto aquí como en Alemania cubren su estreno. Se les prohíbe (increíble pero cierto) escribir sus críticas antes del estreno mundial de la cinta. Qué vergüenza, pero nadie se da por aludido). Relación con La ascensión de Arturo Ui de Brecht: paralelismos, comprensión dinámica y relativa de los procesos y cambios históricos. Relación con la valentía: qué es ser valiente, qué implica. Relación con la difusión del estudio del cine: por favor, historia del cine en la enseñanza secundaria, propaguemos el séptimo arte. Los alumnos han de conocer y comprender The Great Dictator: les tiene, al menos, que “sonar” tanto como George Lucas y Matrix. Es cultura cinematográfica, pero no sólo. Es darse cuenta de que el cine tiene el poder de reflejar, modificar y conmutar actitudes y aptitudes de los clientes o espectadores, o es la sociedad.

2) Diversas recepciones de El gran dictador. La respuesta decepcionante y peligrosa, pero tan típica de nuestra era, del interesante crítico M. Cousins, quien en The Story of Film dedica más líneas al actor Gael García Bernal que a desarrollar o, al menos, nombrar la importancia histórica, cultural y ética (pero a Cousins le gusta sólo la estética) de The Great Dictator. Cousins define la obra como sátira de Adolf Hitler. Es el obvio comentario estático y convencional, de crítico conservador (lo sepa o no, lo admita o no), para quien los fenómenos artísticos van por un lado y la historia por otro; para quien no hay niveles de “causa-consecuencia”, “choque” o “transformación”. Para Cousins, que una película se atreviese a ser una sátira de Hitler cuando Hitler era la persona más poderosa y temida del planeta tiene la misma relevancia que la influencia que pueda haber ejercido Bollywood sobre el “video-clip” Moulin Rouge. Son simplemente datos, informaciones intertextuales, pues el cine se explica desde dentro del cine y, a la larga, sólo resulta un entretenimiento. En una línea dura, el historiador David Parkinson, en History of Film, considera que The Great Dictator es una más de las películas habladas, y fracasadas, de Chaplin, donde el director y actor demostró sus limitaciones como realizador e intelectual. ¡Esto escribe Parkinson! Uno supone que lo que un intelectual no limitado debería haber hecho en aquellos años era mirar hacia otro lado y desentenderse de las acciones y palabras de aquel tipo alemán con bigote. Para resolver los conflictos políticos, para eso están los políticos, ¿no, Parkinson? Y es que lo realmente valioso y bonito de Chaplin era su personaje Charlot, en aquellos sketches humorísticos sin la “pretensión” ni el “sentimentalismo” de las obras chaplinianas posteriores. Claro, claro.

3) Jack Lander en A Millennial Look at World Cinema cita al crítico George Melly, que escribió en 1972 en el Observer que en The Great Dictator la maldad de Hitler estaba suavizada debido a la incapacidad de Chaplin para imaginar esa misma maldad. Así, la banalidad de la maldad es lo que lastra a El gran dictador. Con qué naturalidad se expresaba uno en 1972 y se transcribían opiniones de tal calibre en 2001. Encontraban “pegas” porque el film no funcionó todo lo bien que debería o porque Chaplin le buscó el lado chistoso al siniestro personaje y al horroroso acontecimiento. Qué comentarios tan académicos, puristas y pasivos. Hacer reír es una consecuencia social de primer orden. Cuando uno se ríe de un dictador (y, atención, dictadores pequeños y grandes hay miles), uno ya no le podrá seguir “tanto” la corriente, ni le creerá “tanto” lo que dice y hace, ni se lo tomará “tan” en serio. Y uno podrá (de hecho, “deberá”) enfrentarse al dictador, valiente y activamente, para que ni el dictador del Ahora siga siéndolo en el futuro ni el del Mañana surja y sea respetado, seguido, creído.

4) Como relata Horacio Valcárcel en sus páginas sobre la película en la revista Nickel Odeon de otoño de 2001, la premisa era que “había que reírse de Hitler”. Ese era el gran tema y objetivo de la obra, por encima de su coherencia absoluta. Recuerda Valcárcel a Eisenstein, quien colocaba a Chaplin como gran maestro en la lucha entre la Sátira y la Tiniebla. Añado: sátira y tiniebla han de medirse y definirse en cada momento histórico, político y social. No es lo mismo realizar en estos tiempos La vida es bella, hermosa pero fácil película, que hacer The Great Dictator en 1940, cuando todo era posible y lo complicado era tomar partido. Y cita Valcárcel unas líneas del propio Chaplin, quien en 1938 intentaba escribir un guión para la actriz Paulette Goddard, mientras se mascaba una guerra: “¿Cómo podía sumirme en la volubilidad femenina o pensar en algo novelesco o en los problemas del amor cuando se estaba exacerbando la demencia de un ser monstruoso y grotesco llamado Adolf Hitler?”. Estás líneas significan: dedicación, compromiso, creencia en el progreso. Admirables son.

5) El DVD que he visto de El gran dictador lo publicó el diario El País en su colección “chaplin”, junto con unos textos de G. Belinchón y J. Pradera. El primero de estos autores cita a Chaplin: “No hay que ser judío para ser antinazi. No hay más que ser un hombre normal y digno”. Estas son palabras de combate, ahora, entonces y siempre. Por eso, centrarse (cuando se habla de El gran dictador) en que fue (en el pasado) una sátira contra el nazismo o un ataque contra Hitler es insuficiente. Si es que de verdad pensamos que el cine es un ente dinámico, cambiante, que nos toca y transforma, para bien o para mal. Bien está, así, que el grupo Els Joglars retomara ideas como la de la bola del mundo en la obra Ubú, president (como escribe Belinchón), que actualiza los gags de los peligros pasados en los dilemas presentes. Chaplin, en su momento y lugar, dio la cara, como señala J. Pradera, con objeto de “despertar la conciencia democrática y combatir las tendencias capitulacionistas en Gran Bretaña... y aislacionistas en Estados Unidos”. Dos terribles peligros concretos que había a escala internacional. Pero dos terribles peligros que pueden rescribirse en clave concreta e individual, en todas las épocas, en las relaciones de jerarquía que se establecen a diario, todas las relaciones de poder. Capitular y aislarse son dos amenazas reaccionarias y egoístas, al igual que ser vencidos por el miedo, rendir tributo a los poderesos y dictadores de turno (pequeños, grandes) y ser cómplices de corrupciones, retóricas infladas y explotaciones. Y, atención, a mínima escala también, no sólo en las relaciones entre países.

6) El Diccionario de películas de cine norteamericano: antología crítica  incluye los comentarios de Fernando Lara en Triunfo en 1976, año en que se estrenó en España El gran dictador, 36 años después. Lara destaca las palabras de Eisenstein, cuando felicitaba a Chaplin por dejar de lado las tramas un tanto abstractas de buenos y malos y adquirir una mayor “concreción social”, valorando así “la valentía y arrojo personal” del director en su confección de Tiempos modernos y El gran dictador. Y escribe Lara un párrafo admirable y combativo del propio Chaplin cuando empezó a sufrir presiones antes del estreno de la película: “La voy a proyectar ante el público, aunque tenga que comprarme o mandarme construir un teatro para ello, y aunque el único espectador de la sala sea yo”. Chaplin colaboró en la creación de la Resistencia, que no es otra cosa que una toma de postura en tiempos que la requieren, ante nuestra realidad inmediata y cercana. No es lo mismo oponerse, desde España, a la guerra de Irak, que hacerlo desde los EEUU. Ni es lo mismo favorecer esa misma guerra desde España que desde Irak (a ver quién es el guapo). Y no es igual enfrentarse al terrorismo de ETA desde España que desde Cuba, desde Sevilla que desde Bilbao, teniendo o no teniendo guardaespaldas. La realidad es un ente relacional: se han de mirar los “alrededores” de cada suceso real, que no son meramente el “contexto” del suceso (sobado y típico relleno en los académicos trabajos de investigación). El verdadero contexto es el constructor del texto de la misma forma que el texto fomenta las condiciones del contexto. Son relaciones dinámicas, recíprocas, de ida y vuelta, de tensión, de empujes. Cita Lara la frase de Sadoul: “La risa es un legítimo elemento de combate”. Perfecto: pero tiene más significación ética e ideológica cuando va destinada contra el poderoso que está cerca, del cual no es fácil reírse. Ahora abundan las risas enlatadas o chabacanas a costa de pobres ignorantes, seres sin gran responsabilidad en sus labores y vidas. Abunda también eso de reírse de uno mismo: sano es. Pero la risa ha de incluir un componente de zozobra y tensión y batalla, en beneficio de los más débiles, siempre frente al que está por encima y de ellos se aprovecha. En caso contrario, es una risa despiadada, interesada, cobarde, ensimismada, reaccionaria, deleznable.

7) Ángel Camiña (en Reseña) daba también la bienvenida a El gran dictador en 1976. Camiña reniega del discurso final de Chaplin, quizá por eso mismo: porque era un discurso. Como si en el cine no hubiese lugar para discursos y charlas, espacio y tiempo para convencer, persuadir, propagar ideas. Escribe Camiña que el largo discurso final es “difícilmente justificable a nivel cinematográfico”. Ay, qué dentera: línea tópica, de purismo y de pureza, de alguien que parece tener en mente (antes de ver cualquier film) qué es lo que el film “debe” tener o hacer, alguien que no tolera salidas de tono, exabruptos, asimetrías (en fin, se carga a Godard entero). Supongamos que el film es fallido, como escribe Camiña, por un “ritmo desigual”, “defectos”, “baches”, “transparencias y decorados de cartón”. Honradamente, respecto a una obra que sobrepasa el horizonte de mera estética cinematográfica o de elaborado “guión” bien llevado a pantalla, esas son apreciaciones de escasa enjundia y limitada sapiencia. Que The Great Dictator pudiera reinar en su momento... Esa es la noticia, la acción asombrosa, la valentía consumada.

8) Y cito a R. Gubern cuando escribía sobre Chaplin en su Historia del cine: “El carácter excepcional e independiente de Chaplin y su humanismo polémico le colocan como una figura fuera de serie...”. Mis “negritas”.

9) Y acabo. Aunque según mis principios, tal y como estos están saliendo a la luz en El cine que pudo reinar, los finales son por fuerza comienzos. Acabo y, por tanto, comienzo con unas palabras de Sadoul en Vida de Chaplin:

10) Chaplin fue el único que se atrevió a atacar directamente a Hitler en un momento en que la Comisión Dies acusaba a la pequeña Shirley Temple de ser una “roja” peligrosa, cuando los bombardeos de la Luftwaffe amenazaron con aniquilar Londres y en que se esperaba un próximo desembarco alemán en Inglaterra.

En Aquel Momento, en Aquel Lugar, Chaplin hizo lo que tenía que hacer. Ahí cobra trascendencia, validez. Chaplin poseía la ilusión, el ánimo, el talento y las razones para criticar (y buscar darle la vuelta a) un estado de cosas inaceptable y despiadado, que atentaba contra la paz, la libertad, la igualdad, la fraternidad. Es obvio: este libro inexistente hasta la fecha (junio de 2005) está, por supuesto, dedicado a Chaplin. Que ni me oirá ni me leerá, al contrario que yo a él, a quien oigo y leo en sus filmes. Quién está vivo y quién muerto, hasta que llegue mi hora, si llega, si llego.