BROOKS Richard (1912-1992)

Lord Jim (Lord Jim) (1965: 7.5)

Lord Jim fue dirigida por el norteamericano Richard Brooks en 1965, mientras que La batalla de Argelia fue realizada por el italiano Pontecorvo un año después: un despertar, o re-despertar de la conciencia revolucionaria en el cine; al lado de pueblos oprimidos que se rebelaban contra la colonia, y no hablamos aquí de Chanel número 5.

Escribe el sociológo francés  Pierre Bourdieu, en un texto de principios de los años sesenta (recogido en Political Interventions: Social science and political action, traducción al inglés de D. Fernbach), hablando de la revuelta argelina, que la guerra y sus secuelas habían precipitado un movimiento de desintegración cultural que se había originado por el contacto entre civilizaciones y la política colonial (de Francia). ¿Se centra Richard Brooks en la desintegración cultural de los pueblos y movimientos anticoloniales de principios del siglo XX en el sureste asiático? Obviamente no: Brooks no es Pontecorvo. El libro de Conrad habría dado para varias interpretaciones, pero Brooks se centra en el componente aventurero, por un lado (tan occidental), y en el elemento moral del individuo Lord Jim, encarnado por Peter O’Toole en su década prodigiosa (Lawrence de Arabia, Becket, El león en invierno, etc.).

El marino Jim vive atormentado por haber abandonado un barco a su suerte, con el resultado de la muerte de varias decenas de personas (mulsulmanes). Las narraciones de Conrad, como las de Dostoievski, tienden a la tortura psicológica de los personajes, a darle vueltas y más vueltas a cuestiones de vida o muerte. El ser humano como ser moral con ética profesional. El honor es un aspecto clave, lo mismo que el sentimiento de culpa. Hoy día esto puede sonar a chino, pero acaso no debería (además ahora la Chinaes otra cosa…).

En todo caso y, como hemos dicho, el film se desarrolla en torno a las aventuras de Jim en mares y tierras exóticas, por una parte, y a partir de su obsesión por intentar, vanamente, compensar o hacer méritos (¿ante Dios?, ¿ante sí mismo?) para expiar su pecado de cobardía, por otro. Si ayuda a los indígenas buenos y guapos a luchar contra los malos y feos y contra los colonialistas aprovechados y sin escrúpulos (James Mason), no parece hacerlo por solidaridad o por sentido de la justicia, sino porque se siente en la obligación como hombre que ha caído en desgracia, en deshonra y crisis existencial. Lord Jim es, sin duda, una obra existencialista.

El cine de mares y barcos, en sus mejores momentos, puede obsequiarnos con espléndidas muestras de naturaleza humana, con sus debilidades, redenciones y vicios. Películas como Viento en las velas (del mismo años que Lord Jim), El hidalgo de los mares o la reciente Master and Commander se revelan como monumentos de aventuras y valor, de luchas, honor y convicción; filmes nobles en su metodología e intenciones en las cuales la figura de “el otro” suele representarse de manera folclórica y simplista (perversa o idealizada).

Añádase, de todas formas, que Richard Brooks y su extenso y brillante reparto masculino hacen bien su trabajo, aunque el resultado sea largo en exceso y algo artificioso. Este elemento de falta de naturalidad, por cierto, lo encuentro en todo el cine de Brooks que he visto, sea en sus prestigiosas e intensas adaptaciones de Tennessee Williams (La gata sobre el tejado de zinc, Dulce pájaro de juventud), de Capote (A sangre fría) o en otras obras como la sentimental y bonita La última vez que vi París o la acartonada pero entretenida Semilla de maldad. Hablamos aquí de un muy válido y estupendo profesional de la industria hollywoodiense que ni debe despreciarse ni, en ningún caso, considerarse como un gran director. No lo fue: sus películas carecen de personalidad y de estilo y no nos remiten a un mundo propio. Nadie es omnipotente: ni Brooks ni Pontecorvo ni Conrad ni Bourdieu.