BROWNING Tod (1880-1962)

Freaks (Freaks (la parada de los monstruos)) (1932: 9.0)

No sabría asegurar si Freaks o La parada de los monstruos es un homenaje a los seres mutilados, deformes y circenses que aparecen en la película o si se trata, más bien, de una obscena exhibición de gentes extraordinariamente monstruosas.

Freaks me ha parecido tan sorprendente y conmovedora que tiendo a preferir la primera de las teorías: el tributo a los marginales, tipos que andan con las manos, enanos, mujeres barbudas, señores sin extremidades, individuos grotescos, gigantes y otros que parecen alienígenas. No imaginemos otro mundo: las personas de Freaks son de este mundo. Seguramente abundaban antes más que ahora, pero no nos descuidemos: varios días, en el tren de cercanías de Madrid, ha pasado como una exhalación, pidiendo limosna, un hombre sin brazos que sostenía un vaso de plástico entre los dientes. Nunca le he dado nada pero siempre me ha sobrecogido. Tirada en una acera, doblando la manzana hacia la derecha desde mi casa, veo a diario a una señora vestida de negro que mueve la espalda y la cabeza sin desmayo de atrás hacia delante y que (hasta donde yo puedo ver) sólo tiene una pierna. Es una imagen tristísima y dan ganas de llorar, pero nunca se me han saltado las lágrimas. No hay por qué remontarse al Galdós de Nazarín o Misericordia para que nos asalten estos míseros “freaks” de nacionalidad española, pobres vampiros sin colmillos ni casi tumba donde caerse muertos.

En una entrevista en el número 22 de Cahiers du cinéma España (abril de 2009), el extraordinario director húngaro Béla Tarr, ante la pregunta (de E. Burdeau y C. Neyrat) sobre de qué está cansado, responde (traducción de N. Ruiz):

 

Ya no puedo soportar esta puñetera corrección política, pequeño-burguesa, que existe en el mundo. Este acuerdo entre los pobres y la sociedad, cómo son forzados a aceptar este orden y aceptamos este mundo de mierda; es increíble.

 

Freaks dura sesenta minutos pero uno desearía que durara más, cuando el espejismo sentimental del enano protagonista, de una tremenda crueldad, ha finalizado. La venganza final de los “freaks” es uno de los momentos más alucinantes que he presenciado en pantalla pequeña o grande. Acaso mejor si el sufrimiento durase menos: el final, con el enano y la enana abrazados, es oscuro y emocionante, y nos aproxima a un abismo determinista de un gran pesimismo. El ideal de un mono es una mona, he oído muchas veces. El amor entre el enano y la vedette Cleopatra sólo podía ser un simulacro destinado a la burla y al interés monetario.

Browning y los desposeídos, los marcados, los que difícilmente (Drácula, Drácula) pueden escapar a su destino terrible y patético. Browning, en Freaks, nos coloca a estos seres humanos insospechados en primer plano, nos sonríen, se carcajean y se ponen serios. Tienen los mismos sentimientos que los “normales”, similares pensamientos, parecidas ilusiones.

Los que ahora, siglo XXI, se autodenominan “freaks” porque se pasan ocho horas diarias jugando con la consola, porque han visto The Rocky Horror Picture Show treinta y cinco veces, porque han asistido en directo a doce Festivales de Eurovisión o porque persiguen a Paris Hilton por todos los hoteles del mundo no deberían tener donde caerse muertos. Pero, ay, qué bien viven, los tíos: y se aseguran el prestigio cultural del “freak” pero sin sus desdichas ni malformaciones. Joder qué bien se lo montan. Puñetera corrección política.

Hablemos de “freaks” verdaderos: del genio Béla Tarr, autor de una de las más grandes obras artísticas de la historia (Armonías de Werckmeister); nunca se ha estrenado hasta la fecha en salas comerciales españolas ninguna de sus películas. Ninguna: nada de nada. Enanos mentales.