PREMINGER Otto (1906-1986)

The Cardinal (El cardenal) (1963: 9.0)

1) El cardenal se merecería un libro entero. Es una película admirable, un “peliculón” como señalaron en Qué grande es el cine. Un cine como ya no se hace ahora, en efecto; y atestiguar este hecho incontestable no impone en el firmante ninguna baja estofa como reaccionario, nostálgico empedernido o antigualla prematura.

2) Me asombra el sentido de totalidad: en el sentido clásico o adopción tradicional (no en la “cosmovisión” a lo Tarkovski), en la variante limitada como compendio de armonías, aunque esto sea refutable. Cousins habla de esta armonía entre los gastados Contenido y Forma, pero esta distinción no hay por dónde agarrarla (al menos desde el joven Godard, y ya ha llovido), así que al hablar de armonía habríamos de referirnos al ritmo o fluir del film: sin grietas ni socavones, sin hachazos ni globos pinchados. El ritmo de un film (aspecto secundario y hasta irrelevante para algunos estudiosos del séptimo arte) define tanto o más que cualquier otro parámetro la estética y política del conjunto. El fluir de El cardenal es constante, prolongado, de amplios espacios y de tiempos en relación a estos espacios.

3) Totalidad temática, alrededor de un cura que llega a ser cardenal, gracias o a pesar de su ambición; depende de si esta ambición significa fuerza y compromiso, que conllevan una renuncia extraordinaria, o quiere decir empuje individual, terquedad, creencia ciega en los principios.

4) Totalidad histórica. Narración atada con suavidad y firmeza a episodios que configuran el siglo XX europeo y norteamericano.

5) Totalidad estilística. Esos planos amplios en el espacio, largos en el tiempo, no para recrearse o dar muestras de un virtuosismo como los “solos” de guitarra, sino para enseñar más, abarcar más de lo que interesa. Así mismo, las elipsis temporales con su elección de “momentos” y los encuadres  espaciales configuran la última totalidad o tonalidad de El cardenal: la moral. Que se resume, a mi modo de ver, de manera no muy distinta a la de Un hombre para la eternidad, con un mensaje ambiguo pero localizable en la fe en el (y del) individuo carismático y justo, con sus errores y aciertos pero con sus decisiones, en dura pelea frente a la masa y los sistemas de poder. El individuo que sigue su corazón y razón, en continuo choque, y que vive trastornado (pese a su aparente firmeza) por el conflicto entre éticas opuestas. El individuo que busca definir su espacio y su tiempo de libertad para mejor favorecer las vidas de los que le rodean y, más allá, las de otros sobre los que pueda tener alguna influencia tras acceder a una posición de poder. Siempre queda el impulso personal y reflexivo; la creencia, también, en algún grado de democracia y progreso, siempre en complicada redefinición; una fe en la tolerancia y una tolerancia hacia la fe, enmarcados estos conceptos e instrumentos en un mundo complejo, difícil, que hay que aprestarse a reinterpretar cada cierto tiempo, por mera higiene mental. No es una obra, El Cardenal, sobre los valores superiores del relativismo, en absoluto, pero tampoco su contrario. En El cardenal, y gracias a la ambición de totalidad en pugna, precisamente contra el “totalitarismo” (y ambas palabras comparten raíz pero distan de ser intercambiables), al espectador se le invita a ver y a disfrutar, a pensar y juzgar cada una de las decisiones que toma el protagonista a partir del tiempo y del espacio en los que se ve inmerso. Porque de eso no hay huida posible.

6) El espectador cuenta así con una libertad más plena para plantearse dilemas graves y otros más ligeros, de religión, política y costumbres, de instituciones, amores, ¡y cine! Dilemas acerca de las dos grandes divisas que toda gran obra logra tocar, apresar y luego soltar para que el lector o espectador se enfrente a ellas, las haga suyas, las “aprehenda” y decida qué es lo que “ha de” hacerse dentro de lo que puede hacerse. Hablo de la libertad y la justicia, términos solemnes, grandiosos, excesivos a todas luces pero no por ello prescindibles. Preminger, como el protagonista sacerdote de esta inmensa obra, también se ve obligado en cada momento a tomar decisiones, elegir caminos, sin el convencimiento pleno de haber acertado ni haber elegido la opción más correcta, la más moral o la mejor, en suma. El espectador despierto, como el cura, como el director, hará lo mismo.

7) Obra inmaculada, suntuosa, fastuosa como un enorme y serio monumento pero dotada de la ligereza de las películas hechas con entusiasmo, pausa, elaboración profunda y sentido total del arte y de la vida. Una ligereza que es señal de que nada sobra, que la película se ha realizado sabiendo que toda unidad, secuencia y plano (aquí, todo plano-secuencia) tiene que completar el conjunto, siendo al mismo tiempo, sin necesidad de verse delante ni detrás de otra unidad, una totalidad en sí misma.

8) El cardenal es una obra de arte pero también es una producción de arte, donde todos los elementos reman en la misma dirección, ¡arte, industria!

9) Una obra que fluye sin escapatoria; el espectador se ve inmerso, a poco interés que ponga, en las elecciones morales y acaso contradictorias del protagonista. Una obra ajena a movimientos convulsos, serena, múltiple. Sería un gran error, una fatal injusticia verla como best-seller anticuado.

10) Quien así la viese, carecería de la perspicacia requerida y hasta (me atrevo a escribir) de bondad: pero en su vida.