DREYER Carl Theodor (1889-1968)

Ordet (Ordet (La palabra)) (1955: 9.0)

1) Me da rabia y miedo no emocionarme más con Ordet. Porque tengo una venda en los ojos que no me permite llorar, apenas sentir. Más que una venda es una barrera de protección subconsciente, soy como el demente hijo de los Borgen que dice tonterías: las suyas al final no son tales y la broma o locura se demuestran verdades de fe. Quién sabe si será también así en mi caso, no sé qué esperar. El milagro que supone Ordet me ha convencido de su existencia, es decir, lo he presenciado y, sí, he creído. Pero no me ha hecho, de momento, cambiar mi fisonomía mental. Sí debiera insuflarme ánimos para abrirme a un mundo que es también mi mundo, abrirme a la vida, palabra última de Ordet. La vida, repite la resucitada, verdadero núcleo de la familia, portadora de alegría, trabajo, esperanza, y la que engendra niños, engendra vida. Me da rabia y miedo, pero no tanto, porque ese mismo mecanismo de defensa me incapacita para sentir rabia auténtica, miedo sincero. Por tanto, mi admiración es enteramente racional, reflexiva, no un sentimiento veraz sino la intuición de ese sentimiento. No es el deseo genuino e impulsivo de querer y ser querido, sino ese deseo del deseo del que escribe Houellebecq en La posibilidad de una isla, una novela de ahora mismo acaso en las antípodas de Dreyer: la vida, la muerte. Pero no creo que se encuentren tan lejos. Acabo de recordar el final de la cínica, provocadora, irregular novela: “Yo era, yo no era. La vida era real”. Me disculpo ante quien sea (¿y quién eres?) por mentar a Houellebecq en una pieza sobre La palabra (palabras mayores), pero creo necesario, así lo tengo asumido, relacionar lo pasado con lo presente, incluso cuando la relación no se establece con lógica; basta juntar dos hechos de cultura para que surjan chispas. Sin que el que los junta, pues siempre ha de haber un personaje interpuesto, se esconda, pues él ha realizado esa unión forzosa, aquí Ordet y La posibilidad de una isla. No me escondo: me presenté en las primeras líneas (me defino, en estos tiempos, por un perfil contradictorio pero bastante racional). Racionales son los protestantes, aunque entiendan la religión de maneras distintas, como ocurre con las dos familias de Ordet. Unos de una manera ortodoxa y fría, convencional y de valle de lágrimas; los otros de una forma más abierta e instintiva, más escépticos y pasionales. Estos últimos son los que viven el milagro, gracias al hijo supuestamente loco que se cree Jesucristo, que recupera finalmente su cordura y hace que la muerta se levante. Ordet no es un canto al valle de lágrimas; antes al contrario es un canto a la fe, que quizá no mueva montañas pero sí puede dar fuerzas para escalarlas, por altas que sean. Ordet parece un canto a la vida modesta, escandinava, humilde, plena. Un canto a las cosas de cada día, al amor prudente y risueño en la familia, y entre las familias o grupos sociales, superando enfrentamientos previos fruto de posiciones exacerbadas en un momento caliente. Un canto a la rectitud, al entendimiento y al perdón. Un canto sin estridencias, sin desmayo tampoco, sin crispación. Un canto a la medida realista del ser humano pues, creyente o no, está en el mundo y se le ha de ver y juzgar en la medida de su entorno cercano, la casa y alrededores. Un canto al cine que obra milagros, al menos en tanto que es cine, sin pretender llevarlo más allá de la pantalla, donde no sabemos a ciencia cierta qué pasa en las cabezas y los corazones de los espectadores. Tenga el efecto que tenga (aunque parezca que la consecuencia es ninguna), Ordet sí dejará algo; una palabra, una imagen, un recuerdo de la cama y la muerta, sus ojos abriéndose, el halo de luz blanca alrededor de los personajes, una trascendencia que, lejos de ser pesada e incomprensible, se presenta como inmediata, gracias a la mano maestra de Dreyer, a su medida en el encuadre, los suaves movimientos de cámara a derecha e izquierda siguiendo a un personaje sin pestañear, tranquilamente, porque era necesario hacerlo. Así la conjunción entre lo dramático, digamos, y lo puramente fílmico es perfecta, la sensatez elevada a su máxima potencia, la espiritualidad de lo simple, en lo simple, en las formas, las personas, los objetos, los espacios donde están y se mueven. El blanco y negro severo y la desnuda y digna formalización de personajes, objetos, casas y paisaje favorecen el acceso al mensaje de dos horas de Ordet: de paz pese a los dolores, de confianza ciega (superior) en uno mismo y de confianza en el cine como creador de instantes increíbles (superiores), que funcionan pese a su inverosimilitud y la lejanía temporal y costumbrista. Funciona Ordet como una elevadísima muestra de arte cinematográfico, probando eficazmente (y menos mal) que las personas somos más que animales, empleados, clientes o daños colaterales. Somos, sin pedanterías, seres sagrados, y nos merecemos una segunda oportunidad siempre, porque erramos y herimos, nos hacen errar y nos hieren. Y aquí, en mi caso, yo sí traspongo Ordet a mi vida, pese a mi miedo al miedo y a la ausencia de rabia rabiosa: merece la pena aprovechar el presente con complicidad, mesura y respeto por los demás, con serenidad y confianza en uno mismo. Una palabra es suficiente para sanar, hacer sonreír, conseguir ser amado. Una imagen y una palabra pueden ser principio y final, y siempre serán un principio de vida tras el cine, tantos y buenos cines en la vida. El cine en la vida.