BUÑUEL Luis (1900-1983)

Subida al cielo (Subida al cielo) (1952: 8.5)

Primer inciso. Líneas a propósito del artista Wyn Evans, que tomo del catálogo del MUSAC correspondiente a la exposición “guía musac 9”, que veo a finales de marzo de 2008:

 

En efecto, la obra de Cerith Wyn Evans es una exploración de los límites de la visión a partir de la creación de escenarios donde objetos y representaciones se deslizan más allá de lo retinal en una suerte de cifras sin compromiso, como frecuencias sin asignación.

 

El triunfo del POP más ladino e intranscendente en el arte contemporáneo es indiscutible y descorazonador: en efecto, intenta arrancarme el corazón. El apogeo de las superficies, las lucecitas, los fuegos artificiales y los eslóganes no lo predijo nadie. Warhol se supo un gran innovador con estrella, pero nunca pudo imaginar que en el siglo XXI habría cuatro o cinco warhols por cada mil habitantes. Ante tales productos frívolos, obvios y relajantes, hijos de la publicidad, el diseño y la megalomanía, los comisarios de los museos se ven obligados a dotarlos de una coartada intelectual y, sobre todo, “conceptual” (rimbombante-filosófica), porque en caso contrario estos “works of art” nos parecerían, al 95% de la población, no ya una tomadura de pelo, como suele decirse desde Duchamp ante obras impactantes, escatológicas, risibles o inexplicables, sino meramente algo “guapo”, “chulo” o “qué pasada”, como mucho. Es decir, casi nada.

Así que colocarse, acto seguido, ante una película de un verdadero genio como Buñuel, contradictorio, desdeñoso, macabro y profundo, es algo así como huir de la cultura del pelotazo conceptual e instalarse en la cultura aún conectada con los saberes heredados, la definición de la belleza, la subversión sin cosquillas y la enjundia narrativa (en su más general sentido). Segundo inciso:

El cineasta austriaco Michael Haneke, respondiendo a preguntas de B. Celis (El País, marzo de 2008), señala una verdad como un trueno: “No puedes pretender hacer una película antifascista utilizando una estética fascista. Es pura manipulación. No se puede inventar nada peor que la realidad”. Una puya rocosa y justísima a Asesinos natos, refitolera película de museo, cómplice de la infantilización y del esplendor de los afeites impostados. De igual manera, no se puede pretender realizar un arte vanguardista y combativo utilizando una estética de 2º de Ingeniería Agrícola, perfumes, “messenger” y Fama.

Buñuel partía de la realidad y se separaba bien poco de ella. No se andaba con miramientos y sus regates tenían siempre como objetivo aproximarse a la portería contraria (la conciencia selectiva del espectador), no adornarse para recibir “olés” ni regatearse a sí mismo. Último inciso:

El escritor norteamericano Philip Roth, entrevistado en El País Semanal por Ruiz Mantilla (marzo de 2008), apunta que los buenos lectores ya no existen, pues están “mirando las pantallas de los ordenadores, las pantallas de televisión, de los cines, de los DVD. Distraídos por formatos más divertidos. Las pantallas nos han derrotado”.

Buñuel es o debería ser parte de la cultura cinematográfica y de la cultura española, francesa, europea, mexicana y universal, pues en sus pantallas nunca hubo un atisbo de grasa sobrante ni de chiringuitos alucinógenos. Su diversión nunca fue blanca ni insípida. Jugó, por ejemplo, en Subida al cielo, con los mitos y los ritos, con los miedos, la alegría colectiva, el espacio social y el poder turbador de la belleza, se fajó con la tensión del sexo, la debilidades humanas y con los puñetazos vigorosos, y directos al mentón, que nos dedicamos unos a otros, verbal o físicamente, siempre con intención de sacar provecho: el desinterés, vaya timo. Analizó sabrosamente los lazos entre el decoro y los deleites, entre la virtud y los vicios, entre los conceptos de “de cintura para abajo”, “el sentimiento de culpa” y “el color del dinero”.

Lilia Prado es la actriz cañón que amenaza con amargarle la existencia al recién casado Oliveiro (el actor Esteban Márquez), pero a nadie le amarga un dulce, y humanos y débiles somos, también Oliveiro (qué momentos de seducción nos pinta Buñuel en ese grasiento, sudoroso y delicioso autobús, verdadero protagonista del film...). Físico más que químico, sin hacer uso de lupas, telescopios, telarañas ni realidades virtuales, Buñuel crea en Subida al cielo un microcosmos mexicano idealizado, mísero, tierno, simbólico, divertido y crudo, todo eso a la vez, consiguiendo una obra breve, feliz, metafórica, en la línea del Calabuch de Berlanga o del Milagro en Milán de De Sica sólo que, claro está, buñueliana hasta la médula, es decir, sin asomos de dulcificación enmascarada ni de casticismo fílmico.

La carne y el espíritu navegan juntos, como los dos recién casados al inicio de esta película, hacia la isla donde iban a consumar su amor. Pero las noticias de lo real, de lo que en verdad ocurre y nos influye, llegan antes o después y derriten, enfrían o, en todo caso, contaminan las existencias haciéndolas mucho más sustanciales que esenciales.

Manuel Altolaguirre colabora con Buñuel en esta película pequeña, linda, brillante, imperfecta, cuyos propuestos escapismos no deberían despistarnos. Polvo somos, etcétera.