BUÑUEL Luis (1900-1983)

Don Quintín el amargao (Don Quintí­n el amargao) (1951: 7.5)

Adaptación de una obra de Arniches, La hija del engaño (o Don Quintín el amargao), otra del período mexicano de Buñuel (de la “edición coleccionistas”, con 6 DVDs), es una de sus obras menos importantes e inspiradas, lo cual no significa que no guarde un buen puñado de souvenirs cinematográficos.

Por ejemplo, la mala leche. Por ejemplo, la felicidad sexual y amorosa, que otorga la estabilidad y la serenidad al hombre, que en caso contrario se sume en la pena, el nihilismo o la violencia. Por ejemplo, el desengaño puesto en singulares imágenes y peculiares diálogos.

Buñuel pinta una sociedad machista, atrasada y terrible, repleta de agresividad, injusticias y corrupción, donde el poderoso manda y manga y los demás obedecen sin rechistar, donde las mujeres esperan órdenes y, mientras, limpian, donde el sueño es que te contrate el potentado de turno bien como guardaespaldas o bien como cabaretera.

Buñuel ofrece en La hija del engaño una primera parte más seria, melodramática y “social” y una segunda que desbarra (y casi descarrila) en gags humorísticos como de cine mudo, cambios de tono y ritmo, digresiones repentinas y jugueteos con géneros y convenciones cinematográficas. Casi parece, ¡a principios de los cincuenta!, una parodia del cine de gángsters y del cine de adulterios, de las películas de imposibles romances y finales felices (y de los “culebrones”). La sorna furibunda de Buñuel, incluso a destiempo, aparece como una trituradora de la propia historia que se está relatando, minimizándola hasta hacerla casi enteramente risible o risueña, según nuestro estado de ánimo.

Acaso el Almodóvar de ¿Qué he hecho para merecer esto? o de Mujeres al borde de un ataque de nervios se inspirara (ideas, tonos, retranca) en este cine buñueliano tan desigual, sarcástico y hasta “petardo”, en según qué zonas dramáticas y ebulliciones hilarantes.

Un melodrama distinto a todos firmado por un inimitable artista siempre distante respecto de la temperatura sentimental de sus obras; una película que en sus ratos más ligeros y lúdicos me ha recordado, literariamente, la velocidad graciosa, simpática y aguda del brillante pastiche del primer Javier Marías, Los dominios del lobo, mientras que en sus momentos más crueles, inadaptados, descreídos y avasalladores me ha hecho pensar en el desgarramiento arquetípico, los desplantes y los cambios de humor de un Fernando Vallejo, autor de líneas como éstas tres: 1) “A mí la ciencia me importa un comino. Si con ciencia o sin ciencia nos vamos a morir... Qué más dan dos o tres o cuatro años de más”...; 2)  “Y aquí digo y sostengo y repito lo que siempre he dicho y sostenido y repetido, que el peor infierno es el que uno no logra detectar porque tiene vendados como bestia de carga los ojos”; y 3) “¡Abajo mi puta mujer y mis hijos! ¡Vivan los maricas!” (El desbarrancadero).

Digamos que entre ambos paradigmas (entre el dinámico pastiche y la insana insatisfacción) gravita, chirría y seduce Don Quintín el amargao.