BERGMAN Ingmar (1918-2007)

Skammen (La vergüenza) (1968: 8.5)

Y pasó un avión e incendió las rosas…

(monólogo final de L. Ullmann en Skammen)

 

Cuenta el escritor argentino Tomás Eloy Martínez, en un artículo sobre Elías Canetti (El País, septiembre de 2009), cómo el autor nacido en Bulgaria despreciaba a Borges: “…su literatura es trivial, bien escrita pero superficial como el ajedrez”.

A veces es aconsejable bajarle los humos a los mitos. Yo, humildemente, he sentido esa sensación de trivialidad y superficialidad viendo algunas obras de monstruos como Welles (Fake), Godard (Yo te saludo, María), Fellini (Giulietta de los espíritus), Preminger (A Royal Scandal), Wyler (Vacaciones en Roma), Buñuel (La ilusión viaja en tranvía), A. Mann (A Dandy in Aspic), Malle (Zazie en el metro), W. Allen (Vicky Cristina Barcelona) o Kar-Wai (My Blueberry Nights); e, incluso, en menor medida, de Ford (The Sun Shines Bright), De Sica (Estación Termini), Ophüls (Lola Montès) o Peckinpah (The Deadly Companions).

Sin embargo, admito que ante un Bergman jamás he tenido la impresión de que me esté dando gato por liebre, de que se trate de un mero mecanismo ingenioso (el ajedrez) pero sin hondura o, como decía mi abuela, sin sustancia. La vergüenza es otra obra bergmaniana que me deja, a ratos, sin aliento, y, cuanto menos, sorprendido ante el desamparo que desprenden sus imágenes: es una parábola (como El silencio) sobre la condición humana, y una película anti-belicista ya que la guerra corrompe a los seres humanos que, por necesidad, dejan de ser “buenos por naturaleza”. Si es que alguna vez lo fueron.

Skammen podría definirse como Esta tierra es mía (Renoir) en versión bergmaniana, producto orwelliano en el que los personajes se sienten prisioneros y vigilados en su propio territorio. Bergman a favor de la libertad o, mejor aún (mal que les pase a muchos idealistas), por la paz. La paz social y la paz en pareja (concreta, simbólica). Paz exterior para, al menos, tener tiempo de estar guerra con la persona más cercana. Desolación.

Bergman, una vez más, godardiano. Eran años de Godard: Weekend revolucionó más de una neurona, más de una creencia, más de un estilo. Esta influencia, en Bergman, es evidente en sus dos filmes de 1968, un año después de Weekend: La hora del lobo y La vergüenza. Montaje al servicio de la máxima expresividad (se diría que eisensteiniana), como vemos en el saqueo y destrucción de la casa de Ullmann y Von Sydow. Imágenes apocalípticas, de una intensidad no tan frecuente en Bergman; desesperanza, paranoia y rendición.

Miedos, terrores, cobardías, traiciones de las santas guerras (¡justas!), nauseabundos artificios creados con el fin de dar salida a los arsenales de armas, a los solemnes uniformes y a esos chicos (los pobres) que quieren ser duros y olvidarse de que no son máquinas sino carne y vísceras y huesos.

Skammen es algo así como el Viaggio in Italia de Rossellini rodado por Tarkovski: un Bergman ecléctico que absorbe tendencias y rimas autorales, en su época seguramente más lujuriosamente creativa (aun no necesariamente la mejor). Variedad de planos, inventiva perpetua; un arte figurativo pero que tiende a la metáfora abstracta, existencialista… y bélica: cuando las riendas las toman las militares… ¡es la guerra! Suprimamos pistolas y cañones, apartemos de la sociedad a quienes disparan y… estaremos en paz. Aún en guerra con nosotros mismos, pero para eso está el psicólogo.

Obra demoledora, desoladora, simbólica pero inmediata; la violencia brutalizando al hombre más que a la mujer en los paisajes sórdidos y desnudos bergmanianos. Robar, matar, mentir; salvarse: son las coordenadas. Adaptarse a la crueldad de los tiempos. Lejos ha quedado ya el verano con Mónica, incluso las fresas salvajes. Aquí no hay esperanza, sólo una barca a la deriva, casi una patera de extranjeros de sí mismos. Potentísima obra sobre lo patéticos que podemos llegar a ser.

El monólogo final de la extraordinaria Liv Ullmann lo dice casi todo sobre el desamparo de las historias personales y sobre la frustrante Historia del mundo (tomo los subtítulos en español):

 

Tuve un sueño.

Yo iba caminando

Por una calle preciosa.

A un lado

Las casas eran blancas,

Con grandes arcos y pilares.

Al otro,

Había un frondoso parque.

Entre los árboles, corría un

Riachuelo de agua verdosa.

Finalmente llegué a una

Pared alta cubierta de rosas.

Y pasó un avión

E incendió las rosas.

Pero no pasa nada,

Porque era una imagen preciosa.

Miré el agua

Y vi cómo ardían las rosas.

Yo llevaba una niña en brazos.

Nuestra hija.

Se abrazó fuerte a mí.

Llegué incluso a sentir

Su boca contra mi mejilla.

Todo ese tiempo, sabía que

Había algo que no debía olvidar.

Algo que me había dicho alguien.

Pero se me olvidó…