BUÑUEL Luis (1900-1983)

La ilusión viaja en tranvía (La ilusión viaja en tranvía) (1954: 4.0)

La ilusión viaja en tranvía, realizada por Buñuel entre las excelentes Él y Abismos de pasión, empieza con intrigante buen pie, presentando una gran urbe, México, a la manera de varias obras de B. Wilder o alguna de Neville, como La ironía del dinero (con la que guarda ciertas similitudes, aunque la del gran Edgar sea infinitamente más sutil y nada gorda). No obstante, y de inmediato, desembocará en impropias maniobras así como de Historias de la radio (de Sáenz de Heredia) pero con mucha menos gracia.

Mi primer tropiezo con Buñuel. Un importante tropezón, además. Película sosamente festiva, atolondradamente coral, tan anecdótica que inquieta imaginar por qué el maestro aragonés accedió a rodarla (a partir de un argumento de Mauricio de la Serna y con colaboración en el guión de varios pares de manos, entre ellas las de Luis Alcoriza).

La ilusión viaja en tranvía es una película, vaya, con tranvía; lo mismo que hay películas con niño, con perro, con extraterrestre o con autobús: desde la lindísima Subida al cielo, rodada por Buñuel sólo un par de años antes, al veloz “action-package” Speed...

La ilusión viaja en tranvía acaso sea, para lo malo, la película más berlanguiana de Buñuel: algarabía de gentes humildes, borrachos pesados, viejos airados, ancianas con cestas de huevos, ese tipo de cosas. Pero donde Berlanga es hiriente y furibundo, este desconocido (para mí) Buñuel está apático, conforme, poco ilusionado... ¿encargo alimenticio? Supongo.

¿Un tranvía llamado Ilusión? Eso se querría, pero se trata de una obra escasamente exprimida, que contiene abundantes diálogos que sobran; una historia demasiado pendiente, hasta el aburrimiento, de la pareja masculina protagonista, formada por el galán Carlos Navarro y el cómico Domingo Soler “Mantequilla”, que pilotan un tranvía, “tomado prestado”,  como acto de “rebeldía” o tontería, no está claro. Buñuel, acaso condicionado, les alarga sus momentos juntos, sus conversaciones insustanciales, sus dramas sin drama.

Esta película, que con razón no ha pasado a la historia, es algo así como un preludio de Cantinflas, una obra bienintencionada y caduca que, a lo mejor, pretendiera con sus gags de patio de colegio ahondar en la cohesión social mexicana. Pero es que casi nada es salvable; descontando a Lilia Prado, la Lupita hermana del “Mantequilla” en el film, siempre agradable de ver. Las chanzas sobre el mercado libre o el comunismo son poca cosa. El dinero, eso sí, se deja entrever como gran protagonista oculto del film (de nuevo, La ironía del dinero). Oímos hablar de la inflación, los obreros, los precios altos, los salarios, todo muy de pasada y sin tino.

Película plana, sin chispa ni esplendor. Un no-Buñuel: no parece del autor de Los olvidados, Belle de jour o Viridiana, pero habrá que creer en los títulos de crédito. La cuestión económica que se adivina del México de los cincuenta (avejentadas mujeres enlutadas peleándose por atrapar sacos de maíz) parece la amable, dispersa y errada coartada para esbozar un puñado de situaciones (sólo muy ocasionalmente) humorísticas, un insípido amago de romance y una superflua radiografía social. Cuento, farsita prescindible, un revenido buñuelo.