BUÑUEL Luis (1900-1983)

El río y la muerte (El río y la muerte) (1955: 9.0)

Si Renoir hizo El río y Walsh dirigió Río de plata; si Hawks los multiplicó con Río Rojo, Río de sangre, Río Bravo y Río Lobo; si Ford se unió a la fiesta fluvial con Río arriba y Río Grande; si Douglas prefirió Río Conchos, Sherman fabricó Río abajo (¡y Borau!), Kazan lo volvió un Río salvaje y Preminger un Río sin retorno... Era obvio que Buñuel no iba a reírse el último, y realizó entre 1954 y 1955 El río y la muerte, su excelente western mexicano.

Buñuel, con la colaboración estupenda de Alcoriza en el guión y de J. Bustos en el montaje (intenso pero invisible), materializó un México rural y aislado, oscuro, violento y salvaje, en el que pervivía y mandaba la ley del más fuerte, la ley de la pistola.

Los elementos que se esgrimían (y esgrimen) como coartadas emocionales y morales para apretar el gatillo son el honor, el orgullo y la hombría; léase ignorancia, incultura y primitivismo. “Te pierde la sangre”, le dice un personaje algo más civilizado a otro. Buñuel apenas dejaba títeres masculinos con cabeza. La sangre como justificación del disparo y, luego, el destierro tras cruzar el río a nado. La muerte nuestra de cada día.

Buñuel pintaba su México muy poco lindo y sí muy cabrón, marcado en sus personajes principales, pertenecientes a familias enfrentadas “de siempre” (y “siempre” empezó alguna vez: a partir de una estupidez como que la vaca del vecino invadiera la finca propia), por un insaciable determinismo que exige desenlaces trágicos a lo Romeo y Julieta; un determinismo que recuerda a La bestia humana de Renoir y, más aún, a los dramas masculinos, secos y de pesadilla de Fritz Lang. Pero el determinismo principal “de siempre” tiene mucho que ver con la posesión de armas en el pueblo; ¡hasta el cura admite llevar una pistola bajo el hábito! Las armas determinan las vidas de los hombres; no sería necesario recalcar que los ajustes de cuentas a cuchillo son más bestiales, menos comunes y provocan muchas menos muertes. Las venganzas perpetuas que se juran y cometen en El río y la muerte parten del auxilio, instrumento y origen del arma de fuego, cuya mera tenencia (Olmi lo ha enseñado de manera prodigiosa y sutil en su Il mestiere delle armi) reclama a gritos su utilización y rentabilidad  inmediatas: apriétame, susurra el incansable gatillo, apriétame y sálvate. En todo caso, las armas son cosa de hombres; ellas, por lo general, intentan detener los ánimos (la sangre) de los suyos, aunque alguna (la madre del protagonista) desee que la virilidad de su hijo no se ponga en entredicho por rechazar éste el enfrentamiento con el enemigo eterno: arma sexual.

Los devotos en el pueblo, casi todos, sacan a la Virgen en procesión pero luego se lían a tiros; no hay contradicción: el fanatismo y la religión han sido en tantas ocasiones compañeros de cama, mesa y mantel (estos días viendo en televisión imágenes de esa ceremonia descerebrada de El Rocío, ¡tan español, según dicen!, uno se asombra de que, en el siglo XXI, tantos hombres pierdan de tal forma la cabeza, provocando desmayos de personas y muertes de caballos, y todo por conseguir estar cerca de... ¡una imagen religiosa! Puro fanatismo).

Brillante western “à la” Buñuel: tan esquemático, repetitivo, mínimo y rutinario en su trama y acción que casi parece una deconstrucción del western norteamericano, con el hábito de la muerte obligatoria resuelto en un fantástico final mediante un abrazo entre los (por la sangre) supuestamente irreconciliables enemigos. La enfermera, novia del protagonista, había puesto la nota sensata, sentando las bases para que imperase el sentido común: “Hay que tener mucho valor para pasar por cobarde”. No lo escribió Aristóteles ni Kant, ni siquiera Pierre Bourdieu, pero hay pocas frases más lúcidas que esa. El abrazo certifica la muerte (provisional) de la muerte; el pueblo (el público) demanda sangre, pero el determinismo es derrotado por el abrazo, por la sana cobardía: “¡Pues al diablo el pueblo!”, oímos que se dicen los que se abrazan. Así sellaba Buñuel una huida que era una victoria; el triunfo de la humildad frente al orgullo, de la paz contra la guerra, del abrazo sobre el rifle, de la inteligencia frente al machismo, de la libertad contra el determinismo, de la concordia sobre el honor, del diálogo sobre la imposición, del río sobre la muerte.