OLIVEIRA Manoel de (1908-2015)

Um filme falado (Una película hablada) (2003: 9.5)

1) La grandeza de Una película hablada, realizada por el portugués a sus 95 años, es tal que me anima y obliga a extenderme unas páginas.

2) Durante la película dos sentimientos y dos pensamientos han rondado mi corazón y mi cabeza. Los sentimientos de Una película hablada, por su parte, se hallan unidos sin quebranto a sus pensamientos. Es una película de ideas irremisiblemente integradas a un sentimiento y una actitud.

3) Desde el sentimiento o pensamiento crítico, me han surgido intuiciones no sé si malvadas pero a la postre injustas. Pero que no omito: Um filme falado es una obra elitista, sobre personajes sofisticados, una película que hace un tributo a los orígenes (Roma, Grecia) que crearon la vieja Europa y los que, por tanto, nos han unido y unen. O deberían unirnos.

4) Es una película sobre gente rica, que se permite un crucero por el Mediterráneo a bordo de un barco de auténtico lujo. En las escalas, los pasajeros, como las protagonistas madre (¡Leonor Silveira!) e hija, pueden descender y visitar los restos históricos de las civilizaciones mediterráneas.

5) Es una película a despecho de la real Europa de la actualidad (con sus problemas, vicisitudes y desequilibrios), un film en que los personajes son políglotas, varias de las mujeres son famosas, en posiciones elevadas de las estructuras sociales, que Oliveira no esconde ni analiza: no le interesan o las desconoce.

6) Desde el sentimiento o pensamiento humanista, el tributo a la Educación, la Cultura, la Civilización, la Cortesía y los Buenos Modales puede resultar abstracto y ajeno a la realidad de lo que, “realmente”, puede hacerse en nuestra sociedad, nuestra Europa. Cómo hacer que el apego al Conocimiento adquiera o readquiera el papel de prestigio y necesidad.

7) Pero desde la crítica relativista, siempre podremos preguntarnos qué conocimientos son aquellos que merecen “C” mayúscula: y qué educaciones, culturas, civilizaciones. Si cortesía y buenos modales no son más que tapaderas de hipocresía y hacinamiento que nos nivelan en apariencia pero no disimulan las profundas diferencias que nos distinguen o machacan.

8) Los hechos, las maneras y el significado último de Una película hablada pueden analizarse y sentirse desde esos dos puntos de vista, humanista y relativista (o cultural), sin menoscabo de que uno de ambos sea el que, por justicia, merecería mayor atención. Y si hay que decantarse, en este caso, sirviendo o no de precedente, me decanto por los juicios del humanismo o la ilustración que aún confían en amansar a la fiera que todos llevamos dentro, en reconocer que unos saberes son más dignos e importantes que otros y que, en suma, eso que llamamos saberes en efecto existen, por encima de la cultura de cada región o grupo de individuos, más allá de las inteligencias emocionales, la cultura del graffiti, ¡o la multidisciplinariedad!

9) Y es que, por ejemplo, teniendo en cuenta sólo el sentimiento, he de admitir que me brotaron las lágrimas cuando Irene Papas canta su canción, cerca del final y poco antes del desastre, y más cuando se acerca a la niña rubia, el futuro, que la mira embelesada. Es un presagio de belleza robada, de sabiduría que va a quedar muy pronto enterrada por la irracionalidad del terrorismo, final absolutamente inesperado pero, en retrospectiva, el más lógico para atender a las intenciones educativas y morales de Oliveira: hay cosas que merecen la pena conservarse, protegerse. Hay una cultura europea e ilustrada (y una larga historia de conquistas, horrores y avances) que merece la pena recordarse, porque es la nuestra. Es esencial buscar el entendimiento y el diálogo, pero no a cualquier precio; partiendo de las bases de nuestra convivencia, los fundamentos culturales e históricos del Occidente que nos ha forjado. No a cualquier precio pero sí a algún precio: peligra nuestra vida, entre otras cosas. Así que el empeño no es gratuito, ni mucho menos. Una Europa de Oliveira que, por cierto, se opone radicalmente, con el significado primigenio de “radical”, a la Europa, Europa de Von Trier, tributo a los fuegos artificiales, nihilista en su pretensión de que el arte va por un lado y la historia por otro. El arte de Von Trier es así de vertedero, surgido de Duchamp y aquellos otros listos señores que se dispusieron, con sus pesadas vanguardias a cuestas, a cuestionar todo lo previo sin proponer sustitutos de garantías. Esa falta de garantías es la que, curiosamente, garantiza la posición de prestigio y el malentendido moderno que supone el cine de Von Trier. Pero esa es otra histeria.

10) Conozcamos nuestra historia con esfuerzo, dedicación. Pero para ello hemos de emplear parte de nuestro valioso tiempo. Eso nos dice el anciano Oliveira. Ver Um filme falado por segunda vez supone la emocionante aprensión de saber que las encantadoras protagonistas, la profesora de historia y su hijita, son fantasmas que visitan las ruinas históricas creadoras de Europa, fantasmas porque las sabemos muertas que ya sólo rondan los espacios y el tiempo que una vez habían sido suyos. El cine, como señala Víctor Erice en su artículo en  http://www.rouge.com.au/index.html (“On the Uncertain Nature of Cinema”, traducido al inglés por C. Morreo), es capaz de resucitar a los muertos. Así nos ofrece la oportunidad de volver a verlos y escucharlos. Nos da la ocasión de no perdernos nada, prestando una atención acusada, temiendo que si esta vez se nos escapan ya no volverán ni como fantasmas ni como nada a nuestro encuentro. El cine de Oliveira, pero sobre todo Una película hablada, parece al mismo tiempo un homenaje a todos sus intérpretes y personajes, sobre todo a los que, injusta y arrebatadoramente, van a morir o ya han muerto; un tributo a la palabra hablada, a la transmisión del saber; una férrea defensa de la imagen nítida, diáfana, que respeta escrupulosamente el espacio y el tiempo que le han tocado en suerte; un calmado ataque a posturas indiferentes o escuálidas (intelectualmente hablando) que sostienen que el pensamiento ha sido felizmente sustituido por la cultura de la sensación y que el sentimiento ha sido reemplazado por el puro instinto animal. Las personas son o han de ser más que animales, apuntan las cuidadas imágenes y medidas palabras de Oliveira en Um filme falado: somos seres únicos y valiosos, diestros para la generosidad, la bondad y la comprensión, capaces de aprender y de enseñar. Capaces, en suma, de mejorar esa nave del mundo que todos, capitanes o meros tripulantes, gobernamos con nuestros hechos, maneras y sentidos.

11) El artículo llamado “La feria de los libros” (pregón en la Feria del Libro de Valladolid en 2003, año de producción de Una película hablada, y que ahora aparece en el libro Textos de la feria del libro de Valladolid), de un veterano escritor español, José Jiménez Lozano, creo que rema en una dirección similar a la de las imágenes y palabras de Oliveira. Señala Jiménez Lozano el “tiempo de banalización” que atravesamos, que pone en peligro la “seriedad cultural”. Banalización es igual a fraude: “las palabras mismas han perdido su viejo sentido como no podía ser menos, y la palabra misma “cultura” como otrora el café en tiempos de penuria tenía que ser adjetivado para ser identificado realmente como café.” La palabra “cultura” recoge, para Jiménez Lozano, el significado que adivino en Oliveira: “saber y sensibilidad, capacidad de simbolización de la realidad en sus logros más altos, acumulados durante siglos y de los que somos herederos, y debemos ser cuidadosos conservadores, y obligados transmisores.”

Las jóvenes generaciones, según Jiménez Lozano y sospecho que Oliveira, sienten algo así como un “singular odio a la belleza”, reafirmado por el odio a la verdad y a “la bondad misma del amor gratuito”. La “nueva cultura” se caracterizaría por “la fealdad y los desechos, la indiferencia ante lo verdadero o lo falso, la víctima y el verdugo, la realidad y el delirio..., la irrisión y extirpación del sentido mismo de lo ético.”

En esta lógica, el libro de nuestros días, para Jiménez Lozano (o la película, pongo yo en boca de Oliveira), “no debe ir más allá de la inmediatez de los “mass media”, o de lo cotidiano, sin aventura espiritual, sin cuestionamiento de la subjetividad intelectual, moral, o sensitiva del lector.” Del espectador.

“Se acabó el ser hombre, estamos ante mero ganado”. Y está la gran mentira interesada de los “acomodadores sociales”, en palabras de Jiménez Lozano a partir de Dewey, ocupados en revolcar a los estudiantes en su propio entorno inmediato, el que ya de por sí dominan, pero que es en todo caso el que les puede ayudar a optar a puestos interesantes en su vida laboral. Acomodadores (y ahora es fácil detectarlos tanto en la fabricación de películas como en muchos comentadores de las mismas) que se han aupado a un poder, defendiendo la importancia de que el niño no aprenda tantos contenidos y conocimientos y sí más procedimientos instrumentales y actitudes positivas frente a toda actitud diferente a la suya. Defensa de la diferencia y la diversidad, ¿a costa de qué? A costa de quedarnos sin núcleo crítico desde el cual discutir, debatir y comparar: en apariencia ningún centro de seriedad indeleble desde el cual sentirnos seguros de que, como mínimo, sabemos lo que está bien y lo que está regular. O al menos nos lo cuestionamos. Y esto frente a una “instrumentalización de los alumnos para que sean útiles a la Granja correspondiente”, como escribe Jiménez Lozano.

Las famosas Humanidades, vilipendiadas curiosamente tanto más por la izquierda que por la habitual en esos menesteres derecha, son llevadas a un primer plano por el escritor abulense y por el director portugués en su cine: “La conversación con los libros (y el gran cine, añado) nos conforma, y son ellos los que nos permiten el pensar y el sentir profundos, tranquilos, contrastados. Los grandes logros literarios y filosóficos de la humanidad nos admiten a su presencia y nos hablan. Sólo ellos, en efecto, nos ofrecen respeto, situándonos a su ras, y nos permiten tanto la admiración como la crítica sin que tengamos que inhibirnos, y nos descubren lo más íntimo de nosotros, cómo son y funcionan la condición humana y la historia.”

“La tarea de ser hombres debe ser recomenzada cada día...”

Aquí me resultan inapropiadas las reservas que expresé al principio de esta pieza, surgidas durante el transcurso de la película, cuando sentía que los trajes excesivamente inmaculados, la belleza tan insultante y natural de lo mostrado, la cegadora perfección del ritmo sosegado y las palabras iluminadoras, cuando sentía que todo eso me molestaba, en breves y sombríos momentos: porque me parecía que se alejaba del universo social, que es el único universo contrastado. Porque el film parecía tributar su entero aprecio a una alta burguesía sin necesidades primarias, ajena a las injusticias del mundo... Pero mi espejismo fue corto, ahora casi vergonzoso, aunque me resulta comprensible haber así sentido y pensado. Lo veo de otra manera: Um filme falado es un cine ahora mismo de rabiosa actualidad en tanto “acción moral” sobre los espectadores que tengan la suerte de presenciarlo. Propaguemos este cine hablado e inquieto, arte sublime.