BUÑUEL Luis (1900-1983)

El gran calavera (El gran calavera) (1949: 8.0)

El gran calavera es una muestra sin tacha del Buñuel más moralista, aquel que enseña los defectos y flaquezas de una sociedad, centrándose en unos individuos concretos, y propone una farsa alternativa que demuestra cómo esos personajes podrían ser “otros”, mejorando como personas y así fomentando una sociedad moralmente superior. Y es que hay “otro” Buñuel además del tanta veces exaltado de sus primeros pasos surrealistas y sus gamberradas francesas tipo La vía láctea.

Buñuel mezcla en El gran calavera ese perfil moral de loa al trabajo, al amor verdadero y a llevar una vida ordenada con otro, inevitablemente, más subversivo, dando cuenta de las hipocresías y mezquindades de cierta sociedad mexicana acomodada, ensimismada y derrochadora. Parte el director español de moldes clásicos narrativos de Dickens (Christmas Carol) y cinematográficos de Capra (¡Qué bello es vivir!) para componer un simulacro sobre cómo podría ser la vida de una familia si la suerte en los negocios del patriarca hubiese sido esquiva. En realidad son dos simulacros: el que crea la familia, con la intermediación de un hermano, para aquel que los mantiene (con el fin de que él se dé cuenta de que tirando el dinero, emborrachándose y concediendo caprichos puede llegar a arruinarlos a todos), y el que luego diseña el propio patriarca para su familia de perezosos (con el objetivo de que ellos se percaten de lo que significa trabajar, ganarse el pan y vivir como viven las clases bajas).

El gran calavera es así una doble parábola sobre los límites de la ficción, la verdad y la fortuna (El show de Truman, más reciente, también nos hablaba sobre lo mismo), sobre las fronteras entre el ser listo y el tener morro y, en suma, constituye una pieza buñueliana más que desconfía de las apariencias, detesta las hipocresías y, con gran retranca, retrata a unos personajes egoístas y pasivos que, cuando son empujados a ser otros, terminan siendo otros... Porque para Buñuel una de las cosas que sí designa el resbaladizo vocablo “progreso” (como vemos en su también mexicana y magnífica El río y la muerte) es una lucha feroz contra los brutos determinismos que nos maniatan y nos hacen ser lo que somos; pues podemos, como podía Buñuel, ser otros.