KAZAN Elia (1909-2003)

Splendor in the Grass (Esplendor en la hierba) (1961: 9.0)

1) El esplendor no está en la hierba ni en ningún sitio.

2) Por qué buscar rayos que no cesan, telúricas calmas tras la tempestad, sublimidades sin interrupción, tranvías llamados deseo, ríos salvajes, leyes del silencio. Extremos que ni se tocan ni tan siquiera se desean. Qué escena penúltima: la señora Loomis, Audrey Christie, habla con su hija Deanie, la irrepetible Natalie Wood: trágico y conformado balance de lo que hay:

3) Se disculpa por si no supo educarla correctamente. Actuó de buena fe, hizo lo que sabía hacer, nada más, como su madre había hecho con ella (Flaubert, Bourdieu: “no se escribe lo que se quiere”, etc.). Esta declaración de principios, cara de una moneda donde la cruz son las propias limitaciones genéticas y sociales, es tan desoladora como emocionante. Y ese es el indudable mérito de Kazan.

4) Porque, si uno piensa en otros cines más épicos, líricos y reposados (p.e. Dos cabalgan juntos del mismo año 1961), uno puede verle las hechuras a Esplendor en la hierba, atisbar los marcados perfiles del suculento guión (de W. Inge) y adivinar las intenciones del director: mostrar porciones de la América real a través de personajes de distintas generaciones y clases sociales, en un contexto, 1928-30, de burbujeante prosperidad y repentina crisis. Los sueños rotos; el esplendor se antoja menos espléndido: burbuja de ilusiones y convenciones, sueños americanos. A. Miller y T. Williams.

5) Porque el valle sólo es verde en el recuerdo, en la sublimación, el tributo, la elegía. Kazan no creía en la huida, la redención, las hadas, las brujas. Ni en la bondad o maldad intrínsecas. Sí creía en la adaptación del individuo a su circunstancia; pero nos enseñaba esa circunstancia. Sobredimensionada, eso sí, revelando crispadas aunque magníficas hechuras, perfiles, propósitos. Pero este cine es más grande que casi todos.

6) Individuo y circunstancia no son separables, se construyen mutuamente (no admitir, a estas alturas de la película, tal moderna constatación nos dejaría una vez más al pie de los caballos blancos de Santiago y demás perversiones). Kazan supera las clásicas y simples distinciones entre instituciones objetivas y conductas subjetivas, entre Walt Disney y el “gore”. Las lágrimas, las risas, el hombre que se arroja por el balcón y la chica que semidesnuda baila en el night-club; el sudoroso deporte de Warren Beatty, la agridulce aceptación de Natalie Wood. Todos son elementos de una febril trama americana, una vibrante mascarada humana (¡tan real!). Elementos de un engranaje social y genético, pero no ajenos a los instintivos propósitos que nacen y mueren en todos nosotros, tantas veces ninguneados cínicamente, apartados hipócritamente por el miedo al más acá.

7) Mas no nos apresuremos a señalar con el dedo a nadie. Son cinismos e hipocresías no atribuibles en exclusiva a ti o a mí, a papá o mamá, a la “sociedad” o al “sistema”. Todo es más complejo, más triste y alegre, más sencillo en su singular desolación. Todo es menos esplendoroso, más rastrero y mezquino, más humano. Kazan desoye los cantos de comedia sexy a lo Graduado e ignora las varitas mágicas de genio “naif” a lo Badlands.

8) Todo es, a la vez, teatral y genuino, al mismo tiempo interesado y determinado, suma de decisión y necesidad, intención y accidente, pulsión de placer e instinto de supervivencia. Felicidad y tranquilidad.

9) Se dice: ten cuidado con lo que deseas, porque podrías conseguirlo. Pero Kazan, con o sin brujas, no pasó tampoco por ese aro: ten cuidado con lo que deseas, porque cuando lo consigas ya nada será lo mismo. Ni tú ni lo deseado. Es decir: ten cuidado con lo que consigues, porque podrías tener que desearlo, podrías llegar a desearlo. O, más bien, no tengas cuidado: terminarás aceptándolo. El deseo es el pasado, el olvido, la ficción.