WILDER Billy (1906-2002)

Witness for the Prosecution (Testigo de cargo) (1957: 9.0)

1) The Times, en su edición internacional del 25 de abril de 2006, incluía una entrevista con Janet Suzman, aquella actriz nominada al Oscar en 1971 por Nicholas and Alexandra, últimamente directora teatral de Hamlet, producción de la Royal Shakespeare Company, especializada en representar durante todo el año las obras completas de Don Guillermo.

2) Brett Goldin, de 28 años, el actor que iba a encarnar a Guildenstern, aquel personaje cuya muerte enfocó ingeniosamente Tom Stoppard en 1966, fue asesinado en Ciudad del Cabo tras salir de una fiesta con un amigo (nuestro Rosencrantz). Suzman confiesa la pena profunda sufrida y las lágrimas que la compañía derramó por el compañero muerto.

3) También admite que abriga dudas de que el teatro tenga alguna influencia sobre la política, de que el teatro, incluyendo el Otelo multirracial escenificado en Johannesburgo en 1987 durante el apartheid, pueda cambiar el mundo (para mejor, se supone). Suzman parece estar de vuelta de todo.

4) Así como lo parece Charles Laughton en Testigo de cargo, adaptación cinematográfica de una obra de Agatha Christie.

5) Sin embargo, la tensión de los juicios, el placer que le reporta la tarea como abogado defensor y la democrática competitividad terminan redefiniendo al personaje de Laughton. Es un señor que “aún” no está de vuelta de nada. Pues uno aprende siempre cosas nuevas, y terribles, sobre la condición humana, y perfectamente termina engañado y humillado y, como Paul Newman en El color del dinero, la humillación es lo que un jugador ganador nunca soporta. Por eso reincide en el quehacer para el que vale.

6) El gigante e impar Laughton, la imponente Marlene Dietrich y la estupenda Elsa Lanchaster, además del cumplidor Tyrone Power, componen un extraordinario elenco de actores al servicio de nobles causas: el insigne, lúcido y cínico texto de Wilder, H. Kurnitz y L. Marcus, la esbelta dirección artística de Trauner y la brillante puesta en escena del propio Wilder.

7) La película, de base teatral y altura cinematográfica, deja un buen puñado de detalles que son marca de fábrica del director, y que al mismo tiempo definen con economía y distinción a cada uno de los personajes.

8) Así la media rota de Dietrich que revela su blanca y sensual pierna; así Laughton descendiendo como un dios y un bufón por la escalera mediante una silla mecánica; así Lanchaster en el juicio recordándole graciosamente que tome sus pastillas; así el magnífico final, de guión y puesta en escena, con las palabras postreras entre Laughton y Lanchaster.

9) Un tipo de sentencia locuaz que demuestra una insólita comprensión de una condición humana que, expuesta al público en todas sus vergüenzas y mezquindades, encuentra un sencillo momento de desarmante epifanía que sólo los grandes (se me ocurren Hawks al final de Rio Lobo, Godard al término de Passion, N. Ray al final de The Savage Innocents o Woody Allen en las imágenes últimas de sus obras desde 2000) han sabido imprimir.

10) Será cierto que el espectáculo debe continuar tras los asesinatos, será lógico y relativamente fácil dar con otro actor que encarne a Guildenstern en Hamlet, será normal que la Suzman considere que el teatro, el arte, no tienen la capacidad de cambiar el mundo. Será, será.

11) Pero la postura de Wilder en Witness for the Prosecution es sarcástica, ambigua y combativa. El anciano abogado Laughton morirá con las botas puestas, ante un nuevo caso, aunque le cueste la salud y hasta la vida (como al Spencer Tracy de El último hurra). La vida (realidad social siempre) es compleja; las intenciones, ambiciones y sentimientos humanos no se miden ni se entienden con métodos científicos, como parece que quiere decir una decepcionada o pragmática Suzman en la entrevista de Andrew Billen.

12) Más bien, las fragilidades, intereses y manías de los individuos se materializan y explican mejor a través de actuaciones portentosas, diálogos como cuchillas y ajustada puesta en escena, en Testigo de cargo desvelando en sus últimos minutos la mayor bajeza y la más alta penetración humanas.

13) Wilder no deja títere con cabeza. Su salvaje y culta armonía es, en estos atolondrados días del siglo XXI, como de bicho raro o aguafiestas; estos tiempos cinematográficos dolorosamente escapistas, esquemáticamente costumbristas, éticamente rendidos y escandalosamente chabacanos.

14) La crítica de Wilder parte de la descripción (teatral, que respeta convenciones y unidades clásicas) de parcelas de realidad; y se enfrenta a esa descripción desde la racionalidad, la ácida lucha, el humor de un bufón, la lucidez de un dios. Y es que, los veamos desde arriba o abajo, desde la caricatura o el naturalismo, lo cierto es que Ronsencrantz y Guildenstern (rufianes o fieles, protagonistas o secundarios) están muertos. Y ellos sí, como el pobre Brett Goldin, están de vuelta de todo (los demás, no)...