MIZOGUCHI Kenji (1898-1956)

Sanshô dayû (El intendente Sansho) (1954: 10.0)

1) El intendente Sansho es una de las más emocionantes, y así, mejores películas que he visto. Retrato de sufrimientos, injusticias, renuncias y crueldades según acaecieron en un lejano Japón del siglo XI. Obra que representa, como otra aparición, el cúmulo de catástrofes que le sucede a una familia por ser, como suele decirse y tiende a ser cierto en gran mayoría de ocasiones, demasiado buena. No hay tantas vueltas que darle a la cuestión: la gente honrada, bondadosa y que, como dice el papá al inicio del film (en sentencia que no es risible), ejerce la caridad hacia los demás, respetando la igualdad de todos y la verdad o el ideal moral de que nadie puede esclavizar a nadie, es la que sufre siempre. 10 siglos después de la trama temporal de la película, y más de medio siglo desde que Mizoguchi la dirigiera, los principios de caridad e igualdad suenan a chiste malo, barridos de un plumazo cada día (y sin salirnos de la “civilizada” España) por repulsivos intendentes inmobiliarios, empresarios esclavizantes, terroristas patéticos, corruptos y corruptores de toda índole, directores de departamentos universitarios o tribunales de oposición. Ese ideal de ética, democracia y equilibrio suena a lema de ADIDAS, pero tampoco seamos tan relativistas. Las desgracias desgarradoras que presenciamos en El intendente Sansho hoy día nos parecen a todas luces excesivas y reprobables. Hasta el terrorista etarra o el terrorista inmobiliario las considerarían inmorales, o algo así. Pero el conflicto de fondo no es ese, sino el turbio asunto del enriquecimiento del que hablaba Micó Buchón (ver Cuentos de la luna pálida) y que, francamente, no ha ido muy allá. Al cine, vaya, no le esperaba ningún fabuloso futuro. El futuro del cine descansa en su pasado, en Mizoguchi y John Ford y Jean Vigo y Kurosawa y varios otros. Pero es que tampoco la cinematografía ha cumplido su supuesta misión de acercamiento a los otros. Hoy como nunca los espectadores individualistas o solidarios, que da igual, tragan toneladas de basura americana, en el cine, la tele o las pantallas de ordenador. Hoy como nunca uno no encuentra asidero en una crítica cinematográfica activa, rigurosa, entusiasta, dinámica y radical (es acomodaticia y vendida a los poderes; académica y aburrida y vendida a los poderes; sensacionalista y vendida a los poderes). El intendente Sansho me ha recordado cuadros de M. Barceló: figuras en perpetuo y grácil movimiento, figuras que en los momentos más sublimes del film (y hay bastantes) parecen salirse de la pantalla o volver de entre los muertos con una balada o canto o elegía por sus muertos, y por los desterrados y esclavos del mundo, sobre todo las mujeres. Este cine es instrumento de Cultura y Elevación. ¿Y de comprensión entre los hombres? Acaso entre las mujeres.