DREYER Carl Theodor (1889-1968)

Vredens dag (Dies Irae) (1943: 9.0)

Es preferible acercarse a Dreyer con la humildad desacomplejada de la rata Firmin en la novela del mismo nombre (de Sam Savage, traducción de R. Buenaventura):

 

La vida es breve, pero, aún así, siempre podemos aprender un par de cosas antes de la traca final.

 

Y ver cómo nos venden Dies Irae: “Superstición, pasión y muerte en un extraordinario drama medieval contra la intolerancia y los dogmas”.

Porque es imposible expresarlo mejor. A veces escribir sobre cine, tras leer en los estuches de DVD insuperables sinopsis como la citada (tan breve como precisa) es asunto menor y prescindible. Pero continúo:

Desnudez y austeridad, equilibrio y armonía para materializar voces, imágenes, una época y un pensamiento.

Las pulsiones reprimidas y desatadas luego, la ilusión animal y sincera de la mujer, los prejuicios varoniles; los cambios de humor y de hábito y las transformaciones debidas al miedo (al que dirán, al que verán: a Dios).

Vuelvo a Dies Irae más de dos lustros después y la obra conserva una perfecta y noble caballera, sin un rastro de caspa: para esta obra de Dreyer (seamos cursis), el tiempo sólo transcurre en tanto la eternidad se aproxima. Dies Irae u Ordet son eternas, impecables: con pecado concebidas por el gran danés por excelencia, el señor Dreyer, un artista capaz de demostrar que el cine puede incorporar el teatro (Ibsen, Strindberg, Lorca…) y la pintura (Vermeer, Zurbarán, etc.) con ánimo de continuidad. Fusión de elementos distinguida, nítida, sin que su “arte” aflore. Hay que escarbar: fijarse en miradas y posturas, si hace falta pulsar el botón de “pausa” y volver a presenciar una escena o plano imponentes, que muestran tanto como sugieren.

Sólo por la existencia de Dreyer, aunque únicamente fuese por películas como Ordet o Vredens dag, ya sería viable y hasta necesario no sentirse sonrojado cuando hablamos de “séptimo arte”. No hemos de sufrir ni ponernos colorados cuando pensamos o decimos que Bresson, Dreyer o Visconti son “artistas”. Lo son.

Todo cine que se hace con el fin de fomentar aplausos y recargar la tarjeta de crédito es sospechoso. Mientras que, independientemente del resultado y, sin pretender otorgar carta blanca porque sí (a mí la Juana de Arco dreyeriana me parece más decorativa que gran arte: como el cine de Cocteau, por cierto), cualquier obra de nuestro amigo danés Theodor incita, como mínimo, nuestra curiosidad estética y humana, o histórica, pictórica y social. Cada obra de este tipo es un mundo. Al menos un aspecto (entre muchos) interesará a todo espectador que se acerque a ella.

Además, añado esto: Dies Irae será muchas cosas (anacrónica, desfasada, poco “actual”…) pero de aburrida no tiene nada: a mí me tuvo (y pese a que el DVD rayado me dejó sin diez o doce minutos hacia la mitad de la cinta) con el puño en el corazón, por darle la vuelta, durante un buen rato. ¿Cómo nos va a aburrir una obra con “superstición, pasión y muerte”? Hogueras, carnalidad, celos, brujas, malos pensamientos…

Pobrecita, la pareja protagonista (sobre todo, la chica) de Dies Irae, por cierto. En sabias palabras de la rata Firmin:

 

Malo es el amor no correspondido; pero lo que verdaderamente puede hundirlo a uno es el amor no correspondible.