CAPRA Frank (1897-1991)

Meet John Doe (Juan Nadie) (1941: 8.5)

Resulta sospechoso que aún hoy día, y desde hace lustros, se vengan despachando las películas de Capra como meramente “idealistas”, “blancas”, “ingenuas”, “navideñas” o “blandas”. Creo que se trata de un malentendido, si no un prejuicio o algo peor: si se me dice que Qué bello es vivir es blanda, puedo aceptarlo, pero querría señalar que, en ese caso, el ochenta por ciento del cine de los EEUU que nos llega desde hace años no es que sea blando, es que es directamente o pura vaciedad o escapismo melodramático o glorificación de la violencia y sus efectos y efectismos. Peor que blanco: transparente.

Porque Juan Nadie, realizada durante el inicio de la Segunda Guerra Mundial (cuando los EEUU, ojo, aún no habían entrado en combate), empieza con el despido de cuarenta trabajadores de un periódico, a raíz de la compra del diario por un nuevo dueño, sediento de más sensacionalismo. Entre los despedidos está una gran Barbara Stanwyck que, entre confundida y desesperada, le comenta a otro de los empleados arrojados a la calle: “¿Y si volamos todo esto?”

¿Se imaginan tal afirmación hoy día en una de esas películas que se llaman rompedoras, y en boca de un protagonista “positivo”, y encima periodista? Qué decir: a Capra no se le despacha con un par de epítetos.

La supina creación que hace esa periodista, Stanwyck, dispuesta a todo con tal de conservar o recuperar su trabajo, es la del personaje de John Doe (Juan Nadie), un tipo que supuestamente estaría encantado de suicidarse en Navidad como consecuencia de su angustia (no existencial, ojo, sino) socio-económica: no es capaz de encontrar ningún empleo. El paro como drama social, y el suicidio como terrible tabú que hay que evitar pero que Capra pone sobre la mesa. Y la cuestión del hambre, como nuestros Carpantas: la que sufre el pobre Gary Cooper, la viva encarnación de John Doe gracias a un “casting” llevado a cabo desde la redacción del periódico. Un diario cuyo objetivo es, obviamente, conseguir una exclusiva que pueda barrer a sus competidores, explotando el drama humano e individual de un “americano medio”... que no existe.

Inciso autoral: Capra, con La Cava, McCarey, caso Wellman, fueron en los treinta y cuarenta portadores de una manera de entender el cine y sus alrededores profundamente democrática, tolerante, amplia, aguda y, claro está, caracterizada además por un atrevido “punch” realista y una penetración social que para sí quisieran directores estadounidense del presente, incluyendo a los más grandes como Scorsese, Eastwood o Woody Allen. Descontemos, y sin miramientos, de este grupo norteamericano, ciertamente, a esos yogures “light” tales como Brad Pitt, Ben Affleck, Leonardo DiCaprio, etc., asombrosamente reivindicados por Juan Cueto en un artículo en El País Semanal (octubre de 2007), llamado “Actores despampanantes”, en el que llega a decir que tales actores-¡autores! “resulta que producen y se comprometen con las pelis más interesantes de la cartelera actual”, afirmación que me ha dejado casi sin habla. Sospecha: ¿trabajará o colaborará J. Cueto con determinadas distribuidoras o exhibidores dependientes de las multinacionales USA? Otra explicación no veo posible pues, según Galbraith (La economía del fraude inocente, traducción de J. Pascual y L. Noriega), “nadie intenta vender nada sin procurar también dirigir y controlar su respuesta”.

El fiel amigo de Cooper, un vagabundo a quien llama Coronel (el gran Walter Brennan), parece el único señor que es capaz de llamar a las cosas por su nombre, y es obvio que las simpatías de Capra están con él. Dice cosas como: “El mundo ha sido afeitado por un barbero borracho y se ha vuelto loco” o “Cuando tengas una cuenta en el banco, te habrán cogido... las sanguijuelas”. Nos retrotrae a la figura del capitalista sin escrúpulos, con bombín y puro, un “tiburón” de las finanzas con ganas infinitas de poder. El poder del dinero: capitalismo puro y duro: hoy día interesadamente desdibujado por los equipos de publicidad y gestión, esa burocracia (del liberalismo) que controla el “mercado impersonal” que desenmascara Galbraith en La economía del fraude inocente.

“I protest” es la línea con la que salta a la fama Juan Nadie (un Gary Cooper que a ratos parece un “mimo”: gesticulante y poco creíble), y que ilustra las primeras páginas del periódico. Se rebela, en discursos que le escribe (basados en los diarios de su padre) Barbara Stanwyck, primera fan suya (y autora de su “creación”): se rebela contra la indecencia del mundo, la corrupción política y los capitalistas ricachones indiferentes a las necesidades de los miles de pobres. Nada menos que eso dejaba caer Capra, en sus películas: sin disimulos, sin que se le cayeran los anillos. ¿Quién hoy día, acaso los Coen o Tarantino, los Farrelly o Soderbergh, Kevin Smith o los tan aplaudidos y clónicos urdidores de series televisivas, ponen el dedo en las múltiples llagas directamente provocadas o subrepticiamente fomentadas por las omnipresentes y astutas fuerzas corporativas, herederas de los capitalistas de antaño, con su control global de la producción de armas y audiovisuales, que originan la Guerra y la Cultura Popular?

Reconozcamos, para terminar, que Meet John Doe desde luego cuenta con una veta de cuento navideño y dickensiano, pero al mismo tiempo pinta macabras realidades, aunque les ofrezca una digna, feliz y fácil vía de escape. Sin embargo, no se olvide, Capra nos ha estado mostrando la hipocresía, los intereses mercenarios, la codicia, el poder omnímodo del dinero (que “no huele”, como diría Sánchez Ferlosio) y la falta de escrúpulos como consecuencia del círculo vicioso del máximo beneficio (según mi sociólogo de cabecera, Pierre Bourdieu, no obstante, el objetivo de tales empresas y empresarios no sería tanto maximizar los beneficios como “perpetuarse” en tanto que tales empresas y empresarios).

Humanismo cristiano es una etiqueta acaso adecuada, un propósito de inyectar buenos sentimientos en la sociedad, descubriendo el lado positivo de los raros y los pobres (como La Cava hacía en My Man Godfrey). Cierto que Capra, apuntando tan arriba (a la mismita cabeza del monstruo), dispara demasiado abajo, al mero individuo, que (ay, obligado “American Way of Life”) tiene opción de cambiar el mundo. Pero el propio Capra se encarga de mostrar y demostrar que eso es una falacia, que no hay sino un ser social entre otros muchos. El Sistema no es justo, para Capra, pero sí es inamovible, y sólo la (respetable) caridad individual puede establecer una cierta enmienda o remiendo, enmienda no a la totalidad sino parcial, humilde, generosa, bienintencionada nada más. En todo caso, la Sociedad, en Capra, termina siendo más fuerte que el Individuo. Los Clubs Juan Nadie se comen al propio Juan Nadie que, por supuesto, ¡hablamos de Gary Cooper, hombre!, tampoco se suicida. 

(Epílogo terrenal: el final me ha recordado a Abre los ojos, cine moderno de Amenábar que, compárese, sí suicida ficticiamente a Eduardo Noriega, tras una trama por supuesto “existencial” y “científica”, a la par que confusa, que dispara, repárase en este dato, mucho más abajo, digámoslo claro, que Capra,  incluso en los peores o más navideños momentos de éste, y encima Amenábar mediante talentosas balas de fogueo, simples y chocantes petarditos de habilidoso joven impresionable)