LYNCH David (1946-_)

Eraserhead (Cabeza borradora) (1977: 9.5)

David Lynch, uno de los contados directores USAdos (pobres hermanos Coen…) no vendidos al poder, ni siquiera cuando los diversos poderes, con el económico a la cabeza, han ido domesticando los abundantes polos de diferencia, libertad y estruendo que surgían: se ponen rápidamente a cobijo de lo fácil. Lamentablemente (pero para qué mantener la venda en los ojos), la gente, en principio neutra, puede ser tonta o quedar atontada definitivamente. Y los poderes aman al tonto (siempre útil: brazo ejecutor por obra u omisión). Los poderes me aman a mí, semi-oculto.

David Lynch está a años luz de ser tonto: es el anti-tonto. Es un artista que se expresa (digan lo que digan los tomos académicos) a través de imágenes y sonidos, labor para la que necesita que le ayuden. Pero él es Él en tanto que se graba en celuloide y se expone (cabeza, corazón, cojones) a sus agitaciones, sus temores, sus terrores acaso incubados desde crío. Mark Simpson, en su libro sobre el compositor y cantante Morrissey (Saint Morrissey; anecdóticamente, el protagonista de la primera película de Lynch, John Nance, lleva un peinado y una cara entre asustada y aristócrata que acaso influyeran en el genio de The Smiths; aún más, la película en sí, con su macabro sarcasmo, su terror entre la risa más temeraria y su humor delirante y punzante, no se adapta mal al mundo recreado por Morrissey en sus canciones), escribe que un artista es el que no olvida y convence a la gente para que escuche sus quejas “infantiles” durante el resto de sus vidas. Ese es su talento y su maldición. Eraserhead es por supuesto una pesadilla, una de las más terroríficas, surrealistas (la lógica del sueño, el surgimiento de la imagen por asociación plausible), repulsivas y admirables del cine. Lynch, con gran parsimonia (parece mentira, con la que está cayendo), juega dentro del plano con las posibilidades “estilísticas” y emocionales de las malformaciones, realiza un manifiesto de la incomodidad, del asco humano, de lo que guardan los armarios y esconden las camas. Un film de represiones que, en vez de permanecer ocultas, eructan y aparecen barrocas y horripilantes para horror de sus destinatarios. Lynch obtiene sus grandes efectos por carecer de estrategias opuestas al realismo. El respeto a lo filmado por la cámara es capital, principio necesario del cine que, sin que nadie ponga el grito en el cielo (el relativismo absoluto y reaccionario campando por sus anchas), está desapareciendo de nuestra programación. Es una suerte que tipos extravagantes, ajenos a modas pero muy atentos y analistas de lo que sucede a su alrededor, recreen mediante festines cinematográficos herederos de la fotografía más desafiante sus obsesiones más truculentas, las conexiones entre lo mental y lo “objetivo”, entre lo que tememos y lo que anhelamos.

Casi cine mudo, Eraserhead se mantiene en la senda de cierto Hitchcock y algún Buñuel (quizá Kubrick), en sus ganas por hacer cine cerebral y ágil, de precisión fetichista, cine que asusta y a veces asquea, cine que busca ser riguroso y descriptivo de las emociones y rarezas humanas. Eraserhead es un anti-ET, un grano en el culo de los Hollywoods del mundo, un alien que le sale a los comerciantes del estómago y se ríe (siniestra, sádica y amargamente) de que, por ejemplo, ese anuncio eterno llamado Lord of the Rings reciba mil premios de la Academia. La democratización de “todo” alcanza así su más persuasivo objetivo. Los críticos son simples y chistosos. Los directores que vienen son un cruce entre Beavis y Butthead, un seudo-Tarantino y un cine de literatura aparatosa, guión ingenioso y reinvención de la picaresca (la de unos ricos que, faltaría más, se consideran independientes y divertidos). Es malísimo (contraproducente) pensar mucho, tarea de seres que acumulan (acumulamos) semen en el cerebro, ya que no lo vehiculamos de otro modo. Pobres hombres, fracasarán y fracasan (fracasaremos) y se agarran a cabezas borradoras, terciopelos azules, corazones salvajes, carreteras perdidas, historias verdaderas. Nos agarramos.