CINEFILIA COMPULSIVA Y TERCERA VÍA

        CINEFILIA COMPULSIVA Y TERCERA VÍA

 

UN CINÉFILO DEL SIGLO XXI

 

Parodiando el famoso título de Cabrera Infante, yo sería (como tantos otros) un cinéfilo del siglo XXI. Mi página web www.elcineenquevivimos.es, abierta en enero de 2010, tiene unos orígenes más claros que oscuros. Yo aprendí sobre cine, o eso creo, con el programa televisivo “¡Qué grande es el cine!”, dirigido por José Luis Garci durante varios años en Televisión Española. Allí me encontré con críticos como Miguel Marías (sobre todo), Eduardo Torres-Dulce u Oti Rodríguez Marchante, además de con escritores como Antonio Martínez Sarrión, que ejercerían una gran influencia en mi manera de ver cine. Y que me empujarían, sin ellos saberlo, a escribir. Para bien o para mal.

 

DOLCE VITA

 

Así es que durante el verano de 2001, hace ahora mismo una década (¡y vaya decenio ha sido!), me entraron unas ganas poderosas de escribir sobre la famosa película de Fellini que acababa de ver en televisión. Escribí varios folios sobre la misma. Creo que fui, entonces, bastante moralista y sincero y, en cambio, menos relacional y audaz de lo que (modestamente) soy en la actualidad. Desde hace diez años, he escrito sobre el (digamos) 99% de las películas que he visto, da igual en qué formato: filmes pasados en televisión o vistos (también en pantalla pequeña) en formato VHS y DVD. Películas presenciadas, por supuesto, en el cine (convencional o Filmoteca). Películas vistas en la pantalla del ordenador o en el Mini-DVD de escasas 8 pulgadas que me llevo a veces en mis viajes en tren y autobús.

 

MI ESCRITURA 

 

En mi página, a día de hoy (escribo durante el verano de 2011), tengo comentarios sobre casi 1.800 películas, incluyendo algunas series de televisión (de las que veo uno o dos episodios, con la asombrosa excepción de Perdidos) y alguna cosita de vídeo-arte que no me haya aburrido demasiado. Soy, claro, de la nueva generación cinéfila no profesional que tiene la tentación de registrar todo lo que ve: mostrando sonrisas, apatías y enfados, intentando emplazar la película en su marco cultural o histórico, y relacionándola con otros fenómenos de cultura o política o historia. Sin grandes pretensiones pero sin afanes de falsa humildad. Sin academicismos ni rigorismos brutales, pero obviando también el mundo de las vísceras y las impresiones banales y las modas imperantes. Despreciando, casi siempre, el “lo siento pero no conecto con…” o el aún más impotente “no sé por qué pero no me llega…”. Hay que hablar de lo que se ve en pantalla, del objeto, no sólo de nuestra reacción intransferible como espectadores.

 

Escribo sobre todo lo que veo pero intentando (por qué no admitirlo) ser original en forma y fondo, trayendo la obra (en ocasiones) a un contexto íntimo y personal y (en otras) imaginado vínculos que acaso vengan traídos un poco de los pelos. Pero no se puede decir que no me esfuerce ni que carezca de entusiasmo ni que no trate de ser creativo y variado a la vez que (cómo decirlo) sólido en mis críticas y relaciones y propuestas.

 

MI CINEFILIA 

 

Hace pocos meses leí finalmente Movie Mutations, el libro influyente de los últimos dos lustros que, al parecer, está aunando criterios y sensaciones de varios críticos y continentes en función de algunos puntos en común que no deberían desdeñarse: la cinefilia pasional, alegre, cosmopolita y sin complejos; la cinefilia (también) que proviene de un mundo universitario pero (cuidado con este "pero") libre de prejuicios; una cinefilia que sigue centrándose en el Autor-director; una cinefilia fascinada por la relación del director con la representación del cuerpo humano (y el placer), como punto casi irreversible.

 

Admito que, leyendo el estupendo libro (del australiano Adrian Martin y otros autores), me sentí lleno de esperanza y complicidad pero, al mismo tiempo, algo confuso, pues creí poseer un rasgo valioso (aunque polvoriento) algo despreciado por estos críticos (aproximadamente) de mi edad, nacidos muchos de ellos en los años setenta, crecidos al amparo de Lucas y Spielberg y, sólo años después, reciclados en apuestas más potentes, personales y (por qué no decirlo) elitistas. Ese rasgo divergente radica, digamos, en mi superior fe (no hay otra palabra mejor) en los directores clásicos que llegaron a su apogeo en los años cuarenta y cincuenta, tipos como Ford, Hitchcock, Cukor, Hawks, F. Lang, Capra, Walsh, McCarey, N. Ray, Wilder, Preminger. Incluso (abriendo el abanico de lo “clásico”) los españoles Berlanga, Fernán Gómez y Buñuel, además de  Rossellini, S. Ray, Visconti, Ozu, Renoir, Mizoguchi…

 

Sentí, en cierta forma, que estos impresionantes cinéfilos del siglo XXI obviaban, hasta cierto punto, a estos maestros que fueron indiscutibles para generaciones de cinéfilos mayores que yo (que nosotros) y sentí también que la fulgurante y razonada reivindicación de gente muy interesante como Casavettes, Eustache o Garrel (y de otros que aún debo descubrir) sonaba “exagerada”, en un afán quizá sobreactuado por “democratizar”, esto es, igualar, a algunos modernos de singular talento y atracción con directores más (ay) anticuados que (nunca he tenido dudas al respecto) seguían y seguirían siendo superiores, antes, ahora y después.

 

EQUIDISTANCIA 

 

No pretendo pasar por el típico oportunista que desea evitar todos los charcos, pero sí escribiré que tiendo a ser equidistante entre una porción del más poderoso y brillante cine comercial americano (Terminator, Avatar, Bourne y cien etcéteras) y parte del cine festivalero más ensimismado que apenas se exhibe más que en grandes ciudades y durante un par de semanas solamente, si tenemos suerte. Me motivan más, me alegran más la vida, me inquietan más directores de (lo que podríamos llamar) una Tercera Vía, no necesariamente minoritarios sin más ni tampoco exitosos e “imperialistas” de manera obligatoria. Directores que como el canadiense Cronenberg, el austríaco Haneke, el italiano Moretti, el americano Van Sant, los franceses Cantet, Audiard o Guédiguian, los belgas hermanos Dardenne son ya bastante indiscutibles en el panorama internacional sin ser ni “mainstream” ni tampoco alimento exclusivo de “gafapastas” (como se diría peyorativamente). No lo hago a propósito ni por un ánimo de estar “en el centro”. Es así cómo lo siento, cómo lo veo. Cómo lo pienso.

 

Lo cual no significa que no me apasionen películas más difíciles como algunas, por ejemplo, del húngaro Béla Tarr, el portugués Pedro Costa, los franceses Desplechin, Godard (¡aún Godard!) o Agnès Varda. O que me continúe entusiasmando casi todo lo que hacen veteranos como Woody Allen, Scorsese o Clint Eastwood (o, hasta hace pocos años, Chabrol y Rohmer). Aunque, ciertamente, a riesgo de admitir mis torpes flaquezas posmodernas, por así decirlo, hay directores muy halagados por alguna crítica joven que me resultan irritantes o incomprensibles o sobrevalorados; por ejemplo, orientales como Hsiao-Hsien, Ming-Liang, Kawase, Weerasethakul o Zhang-Ke. Y reconozco que autores del (digamos) canon, desde hace lustros, como Almodóvar, Wenders o Herzog me apetecen, me llenan y me sublevan mucho más que inhóspitos experimentadores que, no es que renieguen de su (potencial) público, sino que directamente parecen reírse de él. De manera irresponsable.

 

UNA FLEXIBLE MODERNIDAD 

 

Señalaré además que el director, aunque continúa siendo la brújula más fiable (y casi indiscutible) a la hora de situar y entender el mundo del cine, no es necesariamente el único garante de la calidad o atractivo de ciertas películas. No estoy, así, nada convencido de que directores como Garrone, Arnold, Klotz, Campanella, Achache, McDonagh, Joon-ho, Mungiu, Seidl o Blomkamp sean geniales ni maestros del séptimo arte. No son, en fin, de la estirpe de Welles, Kurosawa o Erice; no son comparables a Pasolini, Antonioni o Vigo. Ni siquiera se sostienen en los alrededores turbadores de los mencionados Haneke o Almodóvar. Posiblemente ni siquiera tengan una visión extremadamente personal o idiosincrática del mundo (una perspectiva o estética propias)… Pero, pese a ello, lo qué sí sé es que algunas de las películas que más me han entretenido, conmovido y hecho pensar en los últimos años han sido obras como Gomorra, Fish Tank, La cuestión humana, El secreto de sus ojos, El erizo, Escondidos en Brujas, Memories of Murder, 4 meses, 3 semanas, 2 días, Import/Export o District 9.

 

Películas modernas, inteligentes y abiertas al mundo; pero ni demasiado herméticas para ser comprendidas con un mínimo de compromiso o conocimiento ni, por otro lado, demagógicas, descaradamente comerciales ni meras aliadas de ideologías dominantes. Películas como esas (no sólo pero también), sin tremendo prestigio crítico ni autores-estrella en sus alrededores, son algunas de las que más me han motivado, divertido y ayudado últimamente a entender el mundo en que vivimos. Yo las reivindico, modestamente, desde este bendito rincón.

 

(Luis Serrano, septiembre de 2011)