EN DEFENSA DE THE ARTIST

La propia existencia de The Artist es un milagro. Independientemente de que ahora todos sepamos que ha sido un (relativo) éxito comercial y ha ganado en los Oscars. Independientemente de su (nada abrumador, por otro lado) éxito crítico.

-Un argumento contra The Artist es que es “oportunista”. ¿De verdad era un producto que el mercado y el público demandaban, que la “actualidad” pedía a gritos? ¿De verdad hace sólo seis meses estábamos todos esperando una película muda y nostálgica como oro en paño? Ahora es fácil tirarse el rollo, pero de oportunista tiene bastante poco.

-Otro argumento que he leído en revistas sesudas es que es una “operación comercial”. Como una de Ben Stiller, claro. ¿Operación comercial una película sin palabras ni colores en el siglo XXI? ¿Operación de cálculo una obra dirigida por un tipo con nombre de alero del Zalgiris Kaunas, un tal Hazanavicius? ¿Operación un film protagonizado por un actor llamado Dujardin (a quien yo conocía por una película nefasta, Brice de Nice) y una actriz desconocida apellidada Béjo?

-Otro argumento es que no es “arriesgada”. Si hubiese sido una idea de Spielberg, que le hubiera propuesto a Scorsese: “oye, Martin, ¿nos hacemos una muda?” Entonces quizá este reproche funcionaría. O si Jerry Bruckheimer le hubiese dicho a Nicolas Cage: “oye, Nick, ¿y si montamos una silente en blanco y negro contigo y Jennifer Lopez de protagonistas?" En ese caso, vale. Serían riesgos calculadísimos. 

-Otro argumento es que no es “arriesgada cinematográficamente”. Esto muy discutible. Para empezar, demuestra (creo que necesitábamos que nos lo recordaran) que el cine es, ante todo, imagen. Y que el sonido y las palabras son secundarios. Se han oído tantas tonterías estos años: como que el cine es “imagen y palabras al 50%”. O lo de la palabra y las mil imágenes... No, señor. Lo esencial es la imagen, como prueba de forma portentosa The Artist. Sin palabras y sonido, aún hay cine. Sin imagen… no hay nada. Bueno, sí, las novelas radiofónicas como las de La herida luminosa (la película) o La tía Julia y el escribidor.

En relación a este argumento del “riesgo”, he leído que The Artist no aporta nada, que es meramente bonita y nostálgica. ¿Por qué traer a escena a Murnau (por ejemplo) para atacarla? Sus referentes son Chaplin, Donen, Gene Kelly, incluso Capra, LaCava y Wilder (diría yo). Uno puede ver Una Historia verdadera y decir que es fordiana o neo-hawksiana (aunque yo tenga mis dudas), ¿pero tenía también que ser hitchcockiana y renoiriana y bressoniana? Qué estrés, ¿no? En fin, parece que a The Artist le exigimos más que a otras.

The Artist juega con el espacio cinematográfico casi en cada plano. Juega con la idea de que, al no haber énfasis verbales (que son dramáticos y narrativos), todo ha de contarse y sugerirse con imágenes. Como cuando él la pilla a ella in fraganti probándose una chaqueta: algo tan irresistible y cinematográfico (que nos habla de la ambición y los sueños, de la ingenuidad y la coquetería). Como cuando él se mira en un escaparate y se descubre mal vestido y sin cabeza: eso es cine de gran calado emotivo y metafórico (el hombre acabado). Como cuando él se hunde, dentro de una película, en unas arenas movedizas (cine dentro del cine) y ella lo observa desde fuera de pantalla, en una sala de cine: puro toque cinemático, meta-cinematográfico; preciosa, exacta y divertida metáfora; y además la pantalla los está uniendo a la vez que los separa y los aleja (y nos muestra a la chica, la estrella, en su momento cumbre). Como cuando, al inicio del film, y separados por una especie de biombo, ambos se descubren las piernas al otro lado, y bailan alborozados (enamoramiento por pura alegría, fiesta sensorial de las extremidades).

No sé si habrá más películas como The Artist en el futuro, pero ni falta que hace. En cambio, sí creo en su posible influencia positiva, sobre todo en tantos realizadores jóvenes que ansían el impacto súbito (en un extremo) o el romo ombliguismo (en el otro). Enseña que el cine puede ilusionar desde la ilusión; que puede construirse en torno al plano diáfano y juguetón, la escena agridulce, sin apenas palabras. Demuestra que quizá, hoy día, sobran muchas toneladas de solemnidad, mala uva, ganas de epatar, ensimismamientos y minimalismos. Y prueba que no es mala idea, a veces, soltarse el pelo, dejarse un poco llevar por las emociones, volver a argumentos sencillos y universales, renunciar un poco al propio ego autoral, las metafísicas de los dinosaurios y las melancolías por el fin del mundo que (por suerte) nunca llega.

Así que aunque no sea ni Las uvas de la ira ni El apartamento, ni Alemania, año cero ni Candilejas, ni Tabú  ni El caballo de Turín (por decir una obra maestra reciente), tampoco es moco de pavo.

A mi modo de ver, pensar y sentir. 

Obviamente, a cada cual le gusta lo que le gusta, y no es obligatorio que todo el mundo disfrute conThe Artist. Lo que pasa es que algunas de las razones esgrimidas contra esta excelente película me han parecido flojas o forzadas, otras insinceras o mezquinas. Y algunas, directamente (éstas sí), oportunistas.

A todo esto, a día de hoy (finales de febrero de 2012), en muchas ciudades de España no se ha podido ver The Artist porque las salas están copadas por cine de Hollywood. Películas con colores y palabras. 

 

Febrero de 2012