9 DE LOS 90. LOS MEJORES DIRECTORES DE LOS 90 (I): CANON I: LOS MÁS SÓLIDOS

JUSTIFICACIÓN

 

Este es el primero de tres artículos que dedicaré al mejor cine de la década de los noventa. En esta pieza me centro en mis nueve directores favoritos del decenio, de acuerdo con una regla muy simple: son aquellos que, desde mi punto de vista, aunaron cantidad y calidad, contando en esos diez años (1990-1999) con al menos dos películas sobresalientes (notas entre 9 y 10) o como mínimo con tres que alcanzasen el notable alto (notas de más de 8) y al menos una de 9-10. En dos artículos posteriores incluiré a otros directores que me parecen estupendos, pero que ya se situarían en un escalón inferior en mi particular canon. Todas las películas comentadas o nombradas en estos artículos cuentan con crítica en www.elcineenquevivimos.es. Es decir, todas ellas las he visto después de 2001, año en que comencé a escribir sobre cine. En ningún caso escribo de oídas ni basándome en vagos recuerdos.

La razón imperante que me ha llevado al decenio de los noventa es que, hasta hace un par de años, era el decenio que aparecía cuantitativa, e incluso cualitativamente, peor representado en mi página web. Ello era lógico: como acabo de decir, empecé a escribir sobre películas en 2001, y la década de los noventa estaba demasiado reciente como para interesarme en ella demasiado. Así, en 2011 decidí efectuar un retorno y, en muchos casos, una inmersión (incompleta, por supuesto) por esos años, descubriendo películas y revisando muchas otras. En 1990 yo tenía 14 años y empecé a ir al instituto: ese fue el decenio, pues, que contiene mi adolescencia y juventud, mis años en Secundaria y en la Universidad. Los años más impresionables en lo relacionado con los pensamientos y emociones derivados de la música, la literatura y el cine. Por eso quería también volver a los noventa: para separar los granos de mis pajas, apagar fuegos y descubrir mediterráneos.

En la estela de dos textos que escribí a finales de 2010 (sobre mis directores preferidos en la primera década del siglo XXI), señalaré sin misterios que el criterio principal que me ha guiado para considerar a un director “bueno” o, aún más, excelente es que varias de sus películas me hayan gustado. Es decir: pura preferencia personal; mis elecciones no están dictadas por razón de su “importancia” histórica, cultural o cinematográfica.

Por otro lado, hay tres libros que he leído en los últimos meses que me han inspirado de una u otra manera. El último de ellos es un ensayo extraordinario (y polémico) de Antonio Muñoz Molina, Todo lo que era sólido, que sagazmente explora la España de las burbujas, la falta de prioridades y los excesos de todo tipo. También, sostengo yo, en el cine de los noventa hubo burbujas, reputaciones infladas e impostados excesos que pasaron por gran cine. Quiero creer que los directores que más me han llenado, convencido y divertido de los noventa fueron también los más sólidos, capaces y resistentes: directores que mantuvieron (y algunos siguen manteniendo) sabias posturas a través de un cine que, con poderío, singularidad y coherencia, nos habló del mundo en que vivíamos. Un cine que no se ensimisma sino que se expande, un cine abierto y comprensible; un cine que no descarta la experimentación ni los devaneos estilísticos, pero que compensaría algunos excesos de forma con sustancia y energía.

El libro que más me ha estimulado últimamente es el ya clásico de José Antonio Marina Elogio y refutación del ingenio. Es un ensayo que, en 1992, destripaba el concepto de ingenio, describía tendencias culturales y anunciaba otras: profético. Un libro clave en el desenmascaramiento de ciertas caretas estéticas, un libro que pinchaba pompas de jabón y ponía algunas cosas en su justo sitio; incluso antes de que ocurrieran, lo cual tiene más mérito.

Bastantes directores de cine modernos y en boga en aquellos años, cuyo gran enemigo (parece ser que) eran las personas aburridas, habrían querido, en palabras que tomo de Marina, “convertir la realidad en juguete”. Ese juguete es un arte, por definición, poco más que lúdico y al que le interesaba (e interesa) mucho más el diseño de interiores, la cultura Pop y la caricatura que la sinceridad, la autenticidad y el coraje (para Félix de Azúa, el requisito primordial en un verdadero artista). Un arte que destilaba mayor retórica que sustancia: altos vuelos sin (en tantas ocasiones) consistente suelo. Directores que buscaban ante todo la originalidad, el jolgorio sin heroísmo, “la compulsión del juego”, como dice Marina. Un cine devaluador de lo real, impactante, rítmico, triunfante, competente, veloz. Un cine escaso de humanidad y tragedia, con frecuencia carente de sudor, belleza y lágrimas. Un cine apenas comprometido con el mundo en que vivimos pero, por supuesto, rápido, “cool”, a ratos muy divertido e incluso audaz. Pero, como cualquier cuadro-cómic de Lichtenstein o un helado de naranja, es un cine que suponía un deleite sin poso y, en sus peores momentos, una frívola pompa de jabón. Quisiera pensar que los directores por mí escogidos en estos tres artículos no han destacado esencialmente por el ingenio sino por algo más profundo, más pleno, más humano y valiente.

Estoy convencido de que algunos de los directores más populares (y triunfadores en festivales) durante los noventa gozaron (y gozan) de un prestigio excesivo: exceso de superficies y galardones, amantes de las tendencias. Podemos seguir el rastro de estos directores-estrella en el libro El cine contado con sencillez, publicado en el 2000. Serían los hermanos Coen, Greenaway, Lynch, Jarmusch, Soderbergh, Spike Lee, Cronenberg, Burton, Tarantino, Amenábar, Almodóvar, Yimou, Loach, Kieslowski, Ripstein, Kiarostami, Kusturica y Von Trier. De estos 18, sólo siete aparecen en alguno de mis tres artículos, tres de ellos en éste (Yimou, Kiarostami y Burton).

En mi selección de directores, por otro lado, he intentado huir de los toscos extremos, a saber: rechazando las distinciones radicales entre un “cine opaco, ininteligible, que es solo para la capilla de elegidos”, por un lado, y “el comercial, despreciable, porque es una mierda…”, en palabras de Fernando Trueba (El País, febrero de 2013, artículo de G. Belinchón). Aunque en mis listas pueda percibirse un intento por situarme en una resbaladiza tercera vía (de la que hablo en otro artículo que puede leerse en esta página web), a medio camino entre lo comercial y convencional (de calidad) y otro cine más independiente, raro o ensimismado, no ha habido por mi parte ninguna decisión consciente a este respecto.

Otro libro de los últimos tiempos que me ha interesado ha sido La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa. En mi elección de directores cuyo cine considero inteligente y emocionante, atractivo e incómodo, creo haber evitado no sólo a los líquidos (en oposición a los sólidos) y a los meramente ingeniosos (frente a los verdaderos creadores), sino también a los ambiciosos constructores de espectáculos. Los grandes shows pueden fácilmente despeñarse por precipicios de banalidad, esquematismo y concesiones al público. No me entusiasma el cine entregado al abismo del “artificio, el sofisma y el juego”, en palabras del escritor hispano-peruano. No puedo estar de acuerdo con todos los análisis y opiniones de Vargas Llosa en relación a lo moderno o lo humorístico (premiando necesariamente lo grave, ¡contra Woody Allen!). Pero su libro es liberador y motivante y ayuda a detectar con mayor precisión aquellas obras que serían “vistosos pero frágiles castillos construidos sobre la arena que se deshacen al primer golpe de viento”. Esas películas no aparecerán en mi selección, claro está. Veo preferible optar por cierta austeridad artística y alguna humildad argumental antes que aferrarse a imágenes grandiosas, prodigios sensoriales y palabras ornamentales mil veces oídas.

Tampoco creo que tengan cabida en mi canon aquellos directores tan aferrados a sus ideologías que son incapaces de no plasmarlas en sus filmes (a veces con pasión y mérito, aunque rara vez con ecuanimidad). Mejor atenerse a estas palabras de R. Sánchez Ferlosio: “Tener ideologías es no tener ideas. Éstas no son como las cerezas, sino que vienen sueltas, hasta el punto de que una misma persona puede juntar varias que se hallan en conflicto unas con otras”. (Babelia, mayo de 2012).

Me atrevo a apostillar que, en último término (inconscientemente, insisto), he apostado por un cine sólido y creador, un cine normalmente austero y generador de ideas, un cine que emana reflexiones sobre la educación y eternas emociones. Así que me detendré aquí y ahora sobre mis nueve directores favoritos del decenio, para mí los mejores: aquellos a los que uno puede y debe agarrarse en tiempos convulsos, días de rayos y truenos. Son tres norteamericanos, dos franceses, un taiwanés, un chino, un húngaro y un iraní. Por orden de preferencia: Clint Eastwood, Eric Rohmer, Ang Lee, Woody Allen, Zhang Yimou, Abbas Kiarostami, Tim Burton, Bertrand Tavernier y Béla Tarr.

 

9 DE LOS 90 (CANON I)

 

1-CLINT EASTWOOD: Poder absoluto

 

“En ese período de los noventa hice unas cuantas películas con las que logré el éxito, al menos para mí, no hablo necesariamente de éxito comercial. Hablo de satisfacción más que de éxito”, dice un modesto Clint Eastwood en una entrevista de hace unos meses (R. Ayuso, El País Semanal, noviembre de 2012).

Nada menos que siete películas fantásticas (y otra más olvidable, El principiante) dirigió el californiano Clint Eastwood en los noventa. Nadie se le acerca. Ni remotamente. Nadie, ni siquiera Woody Allen, pudo seguir el ritmo de cantidad y calidad del gran Clint durante esos años. Por primera vez, el cine de este director pasó a considerarse como algo merecedor de tomarse muy en serio, más allá del tipo misterioso, violento y dominante que había caracterizado sus trabajos interpretativos.

Entre esas siete, dos son obras maestras absolutas: Los puentes de Madison y Sin perdón. Que, en la opinión de este humilde comentador, son dos de las mejores películas de cualquier director o década. Dos películas únicas, sólidas e incomparables. Sobre ambas sobrevuela una férrea conciencia de humanidad y moral. Moral resbaladiza, conectada con la violencia y la renuncia. Una moral que pone en entredicho la felicidad: no estamos en el mundo para ser felices (al menos, no es el objetivo prioritario) sino para encontrar nuestro propio camino y alcanzar una conciencia más o menos tranquila.

Obras espléndidas como las infravaloradas Cazador blanco, corazón negro, Poder absoluto y Ejecución inminente inciden, por su parte, en la afirmación de un personaje masculino tan idiosincrático como irrebatible. Las tres obras contienen momentos de narración imponente, diálogos brutales y emocionante lirismo. Un cine que no bromea, que no especula, que no busca el impacto.

Un mundo perfecto y Medianoche en el jardín del bien y del mal, dos películas estupendas (para mí, un pasito por detrás de las tres mencionadas más arriba), hurgan más en el misterio autoral de Clint Eastwood. Un director tan clásico como los clásicos pero, posiblemente, con un fondo de desazón, desconfianza y hasta cinismo del que Walsh, Hawks o Ford (no así Peckinpah, un post-clásico) seguramente carecían.

Profundo y siempre entretenido (incluso en The Rookie), por momentos divertido, y tan capaz de incluir perlas narrativas y dramáticas en películas supuestamente alimenticias y de género (True Crime, Absolute Power), como de dinamitar nuestras expectativas con rarezas incuestionables (Midnight in the Garden of Good and Evil) y obras a contracorriente (The Bridges of Madison County), el cine de Eastwood nos sorprende con agresiva sensatez, nos intriga con eléctrico suspense y nos pone un nudo en la garganta en instantes (¿calculados, reciclados, geniales?) de poética elocuencia.

En la citada entrevista, Eastwood apunta: “Lo único que lamento es no haber trabajado en la década de los cuarenta con gente como Howard Hawks, Frank Capra, Preston Sturges o John Ford, porque los admiro”. Gente a su altura. Nadie le tose a Clint Eastwood desde hace tiempo. En los años noventa no hubo color.

 

2-RIC ROHMER: Ser o no ser civilizados

 

Escribe Fernando Savater en Ética de urgencia: “La felicidad es un estado exagerado para una criatura mortal. Lo que los seres humanos buscamos es algo de satisfacción. Satisfacción fisiológica, por supuesto, pero también a otros niveles: cultural, afectiva, etc. Las satisfacciones tienen fecha de caducidad, claro, pero son un objetivo vital más modesto, más realista que la felicidad”.

Eric Rohmer, una pérdida irreparable para el cine mundial, realizó seis largometrajes en los años noventa, incluyendo cuatro “cuentos de las estaciones”, además de Les rendez-vous de París y El árbol, el alcalde y la mediateca. Ninguna de estas películas es desdeñable, ninguna es menos que notable. Y una de ellas, en mi opinión (y teniendo en cuenta que el cine de Rohmer es muy homogéneo), es una obra maestra, el fresco y a la vez nostálgico Cuento de verano, con nudo en la garganta incluido. Además, tiene una película que es para mí sobresaliente, la maravillosa Cuento de otoño, y otro film más de notable alto, la referida El árbol, el alcalde y la mediateca, una obra en verdad tan sencilla como desarmante. Tributo a la educación y la inteligencia.

Las otras tres son todas ellas notables, como mínimo. En sus películas atisbamos siempre la persecución (sosegada, civilizada) de un sentido de la vida que se resume en encontrar (sin éticas urgentes) la posición sentimental en el mundo. Como decía Savater: satisfacciones con fechas de caducidad; aunque lo cortés no quita lo valiente. Los bellos y nada engalanados personajes de Rohmer se engañan a sí mismos, se seducen, se enredan y desenredan. Estos jóvenes burgueses de Rohmer quieren ser felices pero no suelen conseguirlo: tampoco sufren tanto. Se complican la vida, muchas veces, por confiar demasiado en el azar o en la fidelidad o en el puro capricho.

Ningún cine es más reconocible que el de Eric Rohmer. Pausado pero preciso (nunca demorado, nunca gratuito): solidez de pensamiento y sentimiento, palabras, obras y omisiones. Fábulas con linda y sensata moraleja. Un cine pensado al mismo tiempo que sentido (fusión perfecta, digna de Unamuno). Un cine que es capaz de sorprendernos con brotes de espontaneidad imprevisible y confortarnos con un paisaje social y sentimental que podemos sentir como propio (o, al menos, como accesible). El mundo sería un lugar mejor si las personas fueran o fuésemos personajes de Rohmer. La dicha sensata. La argumentación armónica. Cierto ensimismamiento afectivo. La belleza sin adorno. Las despedidas sin amargos llantos.

 

3-ANG LEE: Sentido con sensibilidad

 

En una entrevista del año pasado (El País Semanal, noviembre de 2012), el sonriente y civilizado Ang Lee le dice a su entrevistador (T. García): “No quiero pecar de inmodesto, pero creo que puedo dirigir cualquier cosa, grande o pequeña”.

Y es verdad. Pero yo me quedo con lo pequeño.

Ang Lee, uno de mis cineastas más queridos, estuvo en plena forma en los años noventa. Es un realizador que se siente cómodo en su país y en Hollywood. Es muy capaz de aspirar a la excelencia cinematográfica, como diría Frank Oz, In & Out, es decir: dentro y fuera. Un autor reflexivo, moderno y vitalista; alguien crítico con las costumbres y tradiciones y, al mismo tiempo, cariñoso con sus espléndidas criaturas, hijos de sus circunstancias.

Dos obras suyas de este decenio parecen sobresalientes: la deliciosa e irresistible Comer, beber, amar y la enigmática y compleja La tormenta de hielo. Ang Lee ahí demuestra que se desenvuelve a las mil maravillas tanto en Taiwán como en los Estados Unidos, combinando registros cómicos con otros agridulces o directamente patéticos. Lee, con precisión, pausa, solidez y elegancia, tiende a mostrar conflictos generacionales y sociales, de género y sexo. Sus películas, como aquella obra maestra de Godard, pueden casi siempre analizarse en función del Masculino/Femenino. Sin descuidar la identidad homosexual, como hace en la estupenda El banquete de bodas (y haría años después en Brokeback Mountain).

Cineasta generoso y distinguido, como en su esbelta adaptación de Jane Austen (Sentido y sensibilidad), a Ang Lee no se le ha visto tan cómodo cuando se ha internado en géneros más ajenos a sus intereses. Al menos, yo pienso que Cabalga con el diablo (o, ya en el siglo XXI, Hulk) no es una película redonda y, pese a sus atractivos, se hace algo larga y remolona.

Terminándose la década, en el año 2000, Ang Lee giró hacia el espectáculo y diseñó Tigre y dragón, una obra de prodigioso sentido coreográfico pero que, a mi modo de mirar, no está a la altura de sus cuatro grandes obras del decenio. Por desgracia, no he podido ver aún su primera película, Tui Shou (Pushing Hands), de 1992. Seguro que merece la pena y sus personajes comen, beben y se aman agria y dulcemente.  

 

4-WOODY ALLEN: Muchos acordes, apenas desacuerdos

 

Señalaré algo raro: el cine de Woody Allen de los años noventa es peor que el de los ochenta, y quizás inferior al de los setenta; y, lo que es más estrafalario, opino que es peor también que su primera década del siglo XXI… Sobre esto último, sé que estoy en minoría, pero me reafirmo: encuentro excelentes, deliciosas, sólidas y muy divertidas películas como Scoop, Match Point, Anything ElseSi la cosa funciona, Midnight in Paris y (aún más deliciosa y divertida) La maldición del escorpión de Jade.

Dicho esto, ¿cómo no admirar la lúcida y maravillosa constancia, la regularidad sin altibajos y el talento indiscutible de Woody Allen, un tipo capaz de dirigir nada menos que diez obras, una por año, durante el decenio de los noventa? Nadie pudo seguir ese ritmo cuantitativo, ni Eastwood ni Rohmer, ni Chabrol ni los Coen, ni Kaurismäki ni Aranda… Perdón: creo que Jess Franco sí pudo. Pero esa es otra guerra.

Mi película alleniana favorita de esta década es la última, la romántica Acordes y desacuerdos, ficción documental con toques de mofa (“mockumentary”) en torno a un guitarrista de jazz que interpreta, como dios, Sean Penn. El podio lo completarían dos obras de notable alto, Misterioso asesinato en Manhattan y Poderosa Afrodita, intrigas demenciales e hilarantes, y que incluyen diálogos dulces, sarcásticos y con punch. Películas que me hacen feliz. Un peldaño por detrás, pero también magníficas (las he revisado todas últimamente), estarían la paródica y estilizada Sombras y niebla, la preciosa y neoclásica Todos dicen I love you, Maridos y mujeres y Balas sobre Broadway. Estas dos últimas, por cierto, consideradas con bastante unanimidad como las mejores de Allen en este período. No para mí. Quizá pequen (por decir algo) de excesivo cálculo, demasiado pendientes del férreo guion. También me parecen menos divertidas que otras, lo cual es casi siempre para mí una rémora hablando del cine (felliniano, keatoniano, bergmaniano, chapliniano, doneniano, wilderiano) del gran Woody.

Algo más flojas en esta década son Alice, Desmontando a Harry y Celebrity (más cerebrales, menos frescas, más forzadas, menos sólidas), lo cual no significa de ninguna manera que sean prescindibles. Ninguna de Allen, descontando su tontería barcelonesa en los últimos años, es desdeñable. La peor película de Allen durante los noventa (para mí, Celebrity) es al menos de notable. Qué catálogo de maravillas. Allen es un lujo al que estamos demasiado bien acostumbrados: su cine siempre me hace pensar y reír (nunca llorar). A través de un sano relativismo, una brillante desmitificación, una crítica de la cultura y unos enredos artísticos, burgueses y sentimentales (como un Rohmer gracioso), es un cine que me despierta, me calma, me ilusiona, me sonríe, me toca fibras sensibles y (al mismo tiempo) ligeras.

Juan Manuel de Prada, en un artículo en XL Semanal (“Tintoretto”, noviembre de 2012), escribe: “…como siempre ocurre con los artistas incontinentes, en su obra se mezclan la ganga y la veta de oro sin solución de continuidad”. Con Allen, creo yo, es oro casi todo lo que reluce. Un canon fílmico sin Allen, pese a lo que dice Vargas Llosa en La civilización del espectáculo, sería más extraño que el pato en el Manzanares del que habla Joaquín Sabina en “Así estoy yo sin ti”.

 

5-ZHANG YIMOU: ¡Vivir!

 

Las películas del director chino Zhang Yimou son homenajes a la vida que no ocultan las dificultades derivadas de la tradición, las ataduras sociales o la rígida política. Hablamos de la vida de unos personajes que (en especial las mujeres que pueblan el universo de Yimou) querrían vivir con mayor libertad para ser, hacer, escoger, enamorarse, decidir.

El cine de Yimou es, entre los cineastas de los últimos veinte o treinta años, el más cercano que encuentro al arte de John Ford, alternando épica con lírica, a veces sin solución de continuidad. Yimou no rehúye el sentimentalismo ni los momentos de emoción y drama, como tampoco prescinde de un componente ritual, a veces ocioso y popular enraizado en la historia y la cultura de su país, la inabarcable China.

Pocas veces he sido más consciente de que a veces lo que más me gusta no es sinónimo de lo más valioso. Me explico: sé (percibo, pienso) que El camino a casa no es la más brillante ni más compleja de las películas que dirigió Yimou en los años noventa. Quizá peque de algunas concesiones al público, en busca de una conmoción en torno a la dificultosa historia de amor entre los jóvenes protagonistas (algo así volvimos a encontrar hace poco en la muy denostada Amor bajo el espino blanco). Sin embargo, El camino a casa es mi favorita de este período, la que más me emociona, tanto en su “flashback” (la historia de amor de los jóvenes) como en el presente: el funeral del abuelo del protagonista (aquel joven enamorado de los flashbacks). Es una película sólida, bella, sobresaliente. Justo detrás, a poca distancia, dos películas de notable alto: la intensa, hermosa y ambiciosa ¡Vivir! y Semilla de crisantemo, quizá la más original (y violenta) entre las que he visto. También de notable es la sencilla Ni uno menos, su obra más neorrealista y un estupendo alegato a favor de la educación, el compromiso y la humildad. Un homenaje a los esforzados maestros.

Además de las cuatro formidables películas mencionadas, Yimou hizo cuatro más. Una es La linterna roja, la más famosa y que le abrió las puertas de las salas de cine de muchos países, obra estimable que a mí se me antoja acaso demasiado calculada en su simetría y estética. Mantén la calma es su única obra obviamente fallida, al pretender ser moderno, ingenioso y “cool”, rebelde sin causa. La joya de Shanghai, por su lado, nos muestra al Yimou más ornamental y plano. Y aun hay una película más que, lamentablemente, a día de hoy aún no he visto (Qiu Ju, una mujer china).

Imposible terminar esta pieza sin mencionar a Gong Li, la extraordinaria actriz china que es la heroína de buena parte de estas películas. Imposible olvidarse del último plano de Semilla de crisantemo, el más trágico entre los de Yimou.

El filósofo Eugenio Trías, recientemente fallecido, dijo una vez (entrevista de 2003 con A. Espada, El País): “el hecho de vivir me asombra… Ver el asombro en el sexo, el amor, el dolor, la enfermedad, el sueño... A mí me parece que donde la filosofía puede tener mayor fecundidad es en ese asombro”. Así es el cine de Yimou.

 

6-ABBAS KIAROSTAMI: La vida continúa… y continúa

  

A principios de los noventa, Abbas Kiarostami colocó al cine iraní en el mapa de los festivales. Y entre los críticos se puso de moda nombrarlo como uno de los grandes (excepciones que se me ocurren: Carlos Boyero y Vicente Molina Foix). Recuerdo la primera vez que vi una de sus películas, A través de los olivos, en el programa de TVE ¡Qué grande es el cine!. Me quedé pasmado: era un cine distinto, único, lento, luminoso. También podía ser desesperante, pero: ¿y si fuese culpa del espectador no saber aguantar un plano duradero dentro de un coche, o no disfrutar con imágenes de caminos serpenteantes y polvorientos, o no aceptar que los personajes de la película sean tímidos, sonrían y sean extremadamente educados pese a las inclemencias geográficas, políticas o morales?

Ahora he vuelto a revisar sus películas de los noventa (aquellas que no tenía recientes). Me reafirmo: es uno de los grandes creadores de ese decenio, un auténtico original. Mi obra favorita del período, sin embargo, quizá no sea la más famosa ni la más original: Y la vida continúa (secuela, al modo kiarostámico, de la sobresaliente ¿Dónde está la casa de mi amigo?): obra que se fundamenta sobre la tragedia causada por un terremoto en una región iraní… Pero no hay tragedia… ni terremoto. Sí hay una aceptación de la realidad en el cine de Kiarostami que, a los progres más convencionales (pro-Loach, digamos), les resulta chocante o molesta. Porque éste es un cine heterodoxo con influencia del documental, de Godard y del neorrealismo y que carece de mensaje político obvio; un cine sobre las personas y la tierra que ocupan. Un cine en torno a la dureza del día a día, las iraníes ironías rutinarias y la batalla pacífica a favor de la educación de los niños: es decir, el futuro del mundo.

Otras tres películas suyas de los noventa que me parecen de notable alto son la juguetona Close-Up, la escheriana (de Escher) El viento nos llevará y la simpatiquísima El sabor de las cerezas. Las tres pueden verse como solemnes bromas o parábolas filosóficas, películas áridas y en cierto modo kafkianas que contienen un elemento (¿posmoderno?) de autoconciencia, absurdo y diversión que a los más despistados puede que se les pase desapercibido. Sí percibo una solidez indestructible en su cine que acaso emane de su insistencia ética, sobria y estilística, y que quizá provenga de su fe en las personas y en la vida (que continúa), más allá de terremotos, rodajes y paradojas. Curiosamente, revisada ahora, es mi primer Kiarostami, A través de los olivos, la obra (estupenda, en todo caso) que menos me ha entusiasmado. Pero serán cosas mías.

  

7-TIM BURTON: Conmovedor cine Manostijeras

  

La metáfora de las manos que son tijeras es espléndida y angustiosa. ¿Quién puede acariciar, abrazar o, al menos, dar una palmada en la espalda cuando, en vez de manos, empuña tijeras?

Toda película de Tim Burton es reconocible. Un estilo neogótico, la estética siniestra y los personajes estrafalarios y antisociales forman parte del Universo Burton. Pocos directores son más identificados por el gran público. Yo he oído la frase: “Este fin de semana llega la nueva de Tim Burton”, en boca de personas que apenas ven cine. Éste es un mérito considerable. El californiano Burton es un icono cultural de los últimos veinticinco años. Pero, cinematográficamente, es más que eso gracias a dos obras imponentes.

En efecto: en los noventa, su década mágica, dos de sus películas sobresalen muy por encima del resto. La primera, Eduardo Manostijeras, es una obra maestra, una de las películas más emocionantes y humanas que he visto jamás. Me hace llorar. La creación de Johnny Depp es inolvidable y las lágrimas de Winona Ryder no se diluirán en la lluvia. Al final de una crítica en Cinemanía (diciembre de 2012, sobre De óxido y hueso), se pregunta Andrea G. Bermejo: “¿Puede una historia de amor ser hermosa y carecer de romance? ¿Acaso no es eso el amor verdadero?” Viendo Eduardo Manostijeras, hay pocas dudas al respecto.

La segunda es Ed Wood, excelente obra en torno a un director maldito (y un actor maldito: Lugosi), ni tan malo como se dijo que era ni tan reivindicable como ahora señalan los raros obligatorios. Ambas películas son elegías bellas y tristes, metáforas de la ilusión. Sensación que, como escribió el sociólogo Bourdieu, “no es ilusoria”. Por eso, más dura es la caída.

Las otras películas del decenio están a años luz de esas dos joyas, aunque Sleepy Hollow sea a ratos una brillante y burtoniana muestra de cine de aventuras. Pero es ya un Burton menor, más diseñado y empaquetado con la firma “Burton” en el envoltorio. Un Burton que se hace consciente de su estilo y tiende al arabesco consentido: ese ingenio que queremos refutar. Mars Attacks!, irregular parodia, y Batman Returns, parcialmente fallida, son sus otros filmes. Insisto: están a años luz de las otras y, por cierto, son menos interesantes que las obras menos malas de Ed Wood, Glen o Glenda y Plan 9 from Outer Space. Puedo jurarlo.

El mejor Burton, el de sus excelsos “Eduardos” (Scissorhands y Wood), convive con naturalidad con sus ingenuos antihéroes. Dota a ambas películas de poder elegíaco, solidez argumental, humana emoción y angustia por la pérdida de la inocencia. Los personajes que interpreta Johnny Depp habrían querido ser niños perpetuos en sus respectivas fábulas pero se dan de bruces con la incomprensión y el negocio, la intolerancia y la mezquindad, la maldad, el espectáculo y la ignorancia. La ilusión no es ilimitada y la rareza es perseguida; la salida de emergencia es la santa evasión: medida fantasiosa para seguir viviendo, amando, olvidando y rodando películas.

 

 8-BERTRAND TAVERNIER: Hoy empieza todo, y mañana también

  

De los seis largometrajes que rodó el francés Bertrand Tavernier en los noventa, cuatro merecen están en el panteón. Los otros dos, La hija de Dartañán y Daddie Nostalgie, se ven limitados por las ambiciones poco realistas de su reputado director. La primera es un film de aventuras interesante pero al que le falta aliento épico y calibre narrativo. La segunda es una fallida muestra de esa “qualité” rancia y cosmopolita a la que, de vez en cuando, aspiraba su autor. Careció ahí Tavernier de una “visión clara” de lo que quería hacer, lúcida expresión que utiliza el realizador Abel Ferrara en una entrevista de hace unas semanas (con J. Sardá, El Cultural, noviembre de 2012): “Un cineasta debe tener una visión muy clara de lo que quiere y cómo conseguirlo, porque el cine es ante todo un trabajo colectivo”.

La polivalencia genérica de Tavernier tiene sus riesgos, pero en sus grandes títulos de este período la jugada le salió redonda. El realizador de Lyon transitó el “polar” en la intensa Ley 627, el cine bélico en Capitán Conan, el género negro con ribetes críticos en La carnaza y, finalmente, el drama educativo en la extraordinaria Hoy empieza todo, metáfora quizá de toda su carrera y sus angustiados héroes. Y metáfora de una frívola Europa.

Héroes y actores de Tavernier: el gran Philippe Torreton en Capitán Conan y Hoy empieza todo y Didier Bezace en Ley 627 (donde Torreton es secundario). Héroes sin características heroicas especiales, tipos esforzados, auténticos, comprometidos con su labor del día a día. Lo más opuesto a un funcionario de ventanilla que uno pueda imaginarse. Hombres enfrentados a los obstáculos impuestos por las circunstancias y los poderes, hombres (en última instancia) solos y tentados por la inmoralidad y la vulgaridad burocrática que les rodea. Héroes obsesionados hasta el exceso con sus trabajos, que dan pleno sentido a sus vidas. Hombres que no calculan, que se torturan a sí mismos y cuya meta no es la felicidad sino luchar por una lealtad con los suyos y una justicia resbaladiza.

En La carnaza, obra de enorme potencia pero más obvia en su crítica de la banalización de la violencia (de ascendencia norteamericana) para la consecución de materialistas fines (el dinero, la ropa, el lujo, la apariencia), el héroe está en segundo plano. Es el investigador (también Torreton, en papel subsidiario) que intenta comprender qué lleva a tres jóvenes franceses (¿ya tarantinizados?) a usar la tortura y el asesinato en sus terribles asaltos.

En una época de grandes frivolidades audiovisuales, tramas “light”, agresividad veloz, obvio patriotismo americano y esquemático buenismo progresista, Tavernier se mantiene fiel a sí mismo con historias de pensamiento fuerte, trama sólida y conflictos complejos en los que no destaca tanto la progresión narrativa (¿hacia dónde?) como la presentación fluida de personajes y lugares y sus contiendas de cada día. Para el bravo Tavernier, no hay tierra prometida pero hoy vuelve a empezar todo. Siempre hoy.

 

9-BÉLA TARR: 420 minutos de soledad

 

El húngaro Béla Tarr sólo dirigió en el decenio de los noventa un largometraje. ¡Y tan largo! Sátántangó, o El tango de Satán, dura siete horas. Así que, pareciéndome una película sobresaliente (sin llegar a los prodigios más condensados de Armonías de Werckmeister y El caballo de Turín), es normal que este autor se encuentre en mi canon de esos años. Una duración así equivale a tres o cuatro películas de duración convencional. Por tanto, pese a ser una sola película, Sátántangó es un universo.

Un mundo en descomposición preso de la amargura. Un lento Apocalipsis. Una parábola comunista o ya post-comunista. Una obra sólida y desalentadora sobre la perenne desconfianza humana. Todos los personajes de Béla Tarr están solos, incluso los que están (mal) acompañados. Todos: desde los viejos (el doctor que mira por la ventana y anota lo que ve) hasta los niños: lo que ocurre entre una niña solitaria y su gato es mejor verlo que contarlo. Es terrorífico.

El absurdo, el blanco y negro, la demora narrativa, los planos sin fin, las panorámicas que se eternizan en busca de pequeños detalles. Y la decadencia de un mundo que me ha recordado al de las últimas cien páginas de Cien años de soledad. Como en la novela de García Márquez, la parte final de la película se hace demasiado extensa e ingrata: como lector y espectador, quiero que se acabe ya la decadencia, el “sálvese quien pueda”, la ruina, los escombros, la lluvia perpetua. Hablo de este sentimiento (cito de la novela): “Aureliano Segundo regresó a la casa con sus baúles, convencido de que no sólo Úrsula, sino todos los habitantes de Macondo, estaban esperando que escampara para morirse. Los había visto al pasar, sentados en las salas con la mirada absorta y los brazos cruzados, sintiendo transcurrir un tiempo entero, un tiempo sin desbravar, porque era inútil dividirlo en meses y años, y los días en horas, cuando no podía hacerse nada más que contemplar la lluvia”.

Por otro lado, identifico un elemento sociopolítico y espiritual en este cine, que encuentro perfectamente expresado en la novela Los perros de Riga, del sueco Mankell (traducción de Dea M. Mansten y A. Monjonell), en un inspector de policía letón llamado Liepa: “A nosotros nos falta su abundancia y su libertad de elección, mientras aquí, me parece intuir, son pobres en el sentido de que no tiene que luchar por su supervivencia, lucha que, para mí, tiene una dimensión religiosa”.

En efecto: lucha por la supervivencia, escasa libertad de elección, miseria, dimensión religiosa, Kafka, Antonioni, Beckett, Tarkovsky, Bergman. Y, más que ninguno, Béla Tarr, un cineasta único que, al parecer, no quiere volver a rodar una película. No sé si alegrarme o todo lo contrario.

 

 

PUNTO Y SEGUIDO

 

Hasta aquí hemos llegado, de momento. Esos nueve directores son para mí los más grandes de la década de los 90. En dos artículos posteriores hablaré sobre otros admirables directores que, a mi modo de ver, sentir y pensar, están un paso por detrás de los nueve que forman mi Canon I. Es obvio, por tanto, que existen otros muchos directores que no estarán entre mis elegidos, ni en éste ni en los otros dos textos. Los motivos podrían ser:

1-Habiendo visto toda (o casi toda) su obra de los años noventa, son directores que no cumplen con mis particulares requisitos de cantidad y calidad (ya definidos para mi Canon I y que delimitaré para mis próximos elegidos en sus respectivos artículos). Repito que los directores elegidos no son necesariamente los más importantes ni los más influyentes ni los más artísticos. Sí son, creo, los que más me han ayudado a entender el mundo. Los más sólidamente sugerentes; creativos e inteligentes (más que listos). Tipos más serios que veloces (incluso los más posmodernos), más sencillos que virtuosos, por lo general más precisos que preciosos. Autores de un cine más centrado en la conciencia de los individuos (y en torno a conceptos eternos y peliagudos como educación, libertad y justicia) que en los componentes más espectaculares, populistas, estéticos o vanidosos. Autores de un cine que no se basa (palabras de Marina, de nuevo) en “la moral del repente, la moral de las ganas y la estética del shock”. Por otro lado, en relación a la cantidad, hay directores extraordinarios que sólo dirigieron una obra en todo el decenio y que, por tanto, no se encuentran entre los seleccionados. Pienso sobre todo en Malick y Erice (con Béla Tarr he hecho una excepción, como explico más adelante).

2-Téngase en cuenta mi ignorancia, muy atrevida. Hace más o menos un año le pregunté al inmenso cinéfilo Jesús Cortés, desde su interesante blog de cine (Un blog comme les autres), qué directores me podía recomendar de la década de los noventa. Entre los autores que mencionó había varios de los que no había oído hablar jamás: Piavoli, Guiguet, Brisseau, Shinoda, Biette. Claro ejemplo de mis indudables limitaciones. Quizás en una futura revisión de estos artículos sí incluya a directores como los mencionados u otros que sí me suenan (y que estuvieron activos en los noventa) pero cuyo cine todavía no he descubierto (Majidi, Khan, Monteiro, Yang, Dragojevic, Turgul, Demirkubuz, Suwa, Straub y Huillet, etc.).

3-Algunos de los directores que, como señalé en el apartado 1 de esta conclusión,  no han conseguido extasiarme, llenarme o convencerme en al menos dos películas suyas del decenio, puede que sí “pasen el corte” de cantidad y calidad en el futuro, a medida que vaya descubriendo o revisando películas suyas. Siendo sincero, no creo que mi lista de “mejores directores” vaya a cambiar demasiado en los próximos años (porque conozco mis preferencias y éstas cada día están más asentadas), pero sí es razonable pensar que algunos de los siguientes realizadores sí puedan formar parte de mi canon (I, II o III) el día de mañana. Pienso en los italianos Amelio, Bertolucci y Argento, los franceses Téchiné, Chabrol, Leconte, Marker, Denis, Garrel, Carax y Assayas, el chino Kaige, los españoles Camus, Bollaín, R. Franco o Vega, el canadiense Egoyan, los japoneses Miike e Imamura, los alemanes Herzog y Wenders, el brasileño Salles, el serbio Paskaljevic, el suizo (¿iraní, francés?) Schroeder, los británicos Attenborough, R. Scott, Boorman y Frears, la neozelandesa Campion, los americanos De Palma, Hartley, Kasdan, Ephron, Mamet, Frankenheimer, Avnet, Hanson, Schrader, Gibson, Linklater, T. Demme, Ramis, Spike Lee, Cameron, Cimino y Redford, los rusos Sokurov y Balabanov, el israelí Gitai, el cubano Alea, el argentino Campanella, el holandés Verhoeven, el portugués Oliveira, los colombianos Gaviria y Cabrera, los belgas Dardenne y Akerman, el hongkonés Wang, el australiano Weir, el mexicano Ripstein, el indio Ray.

4-Aquí hablo de “casos perdidos” para mi causa: independientemente de que haya visto todas sus películas de los noventa, algunas, sólo una o incluso ninguna (pero sí alguna de otros años). Aunque algunos me parecen muy buenos directores y otros muy interesantes (también hay auténticos fraudes), estoy casi convencido de que estos nunca formarán parte de mi modesto panteón de favoritos del período: tipos como Jeunet, Kevin Smith, Kusturica, Ritchie, Resnais, Spielberg, Levinson, J. Demme, Greenaway, Malle, M. Mann, Reitman, Tarantino, Kitano, Amenábar, McNaughton, Von Trier, Parker, Lauzon, Godard (qué pena), Campbell, A. de la Iglesia, Schlesinger, Minghella, Mikhalkov, Boughedir, Rivette, Singer, Angelopoulos, Hicks, N. Jordan, Kassovitz, Sayles, Fincher, Gilliam, Kapur, Woo, T. Scott, Uribe, Proyas, Tanner o Boyle. Una tropa en verdad heterogénea, sin duda (unos tienen muchísimo talento, otros poco o nada), pero en general directores que, a mi modo de ver (en los casos en que he visto películas suyas, en otros me las he "olido"), hicieron películas líquidas, gaseosas, ingeniosas, plomizas, erradas, impactantes, autocomplacientes o espectaculares, careciendo de mayores dosis de armonía, apertura, humanidad, enjundia, punch, compromiso real con lo real.

 

Por último, reconoceré lo siguiente: mi rastreo de determinados directores y películas no me ha llevado a saltarme ciertos reparos (¿morales?) que, hoy día, muchos aficionados al cine (algunos muy concienciados y hasta indignados en otros ámbitos) ni tan siquiera se plantean. Hay cinéfilos, que por supuesto aseguran “amar el cine”, que no pagan jamás un euro por disfrutar de eso que les parece tan importante en sus vidas (pero por un teléfono móvil, un gin-tonic, una conexión a Internet, una comida sabrosa, una noche de hotel, un masaje o unas zapatillas deportivas pagan religiosamente). Es inquietante que España sea el país con mayor índice de piratería; y es inquietante que a muchas personas inteligentes y habitualmente responsables esto no les parezca inquietante.

A la hora de ver películas realizadas en los años noventa, pues, he seguido cauces legales siempre: he comprado abundantes DVDs en establecimientos como la FNAC, El Corte Inglés o MediaMarkt, también pedí 15 o 20 películas a www.amazon.es (pagué entre 3 y 12 euros por cada DVD) o las adquirí en algunos estupendos quioscos como el situado en la Glorieta de Bilbao, en Madrid. Me he nutrido también de DVDs que he tomado prestados de espléndidas Bibliotecas Públicas, en concreto dos: la de El Retiro en Madrid, y la de León. En mi descargo (¡qué ironía de palabra!) diré que he donado fondos (hasta la fecha, cincuenta o sesenta películas en perfecto estado) de mi videoteca personal a una de esas bibliotecas: ha sido mi manera de devolverle al Estado una minúscula parte del inmenso caudal cinematográfico que generosamente ha puesto, y sigue poniendo, a  mi disposición. Otra vía de los últimos meses ha sido la estimable página web www.filmin.es, donde he podido descubrir en “streaming” (pagando 1,95 euros por film) el cine de Dumont, ver algún Kitano, Kiarostami, Ferrara o Linklater y volver a varias de Woody Allen de aquellos años. También algún amigo me ha prestado películas de los noventa: os lo agradezco. En mi rastreo de 2011, 2012 y parte de 2013 por el cine de ese decenio he visto, por desgracia, pocas de estas obras en salas de cine: no suele haber reposiciones, como todos sabemos, ni tampoco en la Filmoteca de Madrid (cine Doré) u otras instituciones (Círculo de Bellas Artes, Casa Encendida, etc.) ha habido en los últimos tiempo ciclos para mí relevantes sobre películas y directores de los años noventa.

 

Esto continúa en los dos próximos artículos. Quedan muchos directores fantásticos por comentar. ¡No se me cansen todavía!

 

Luis Serrano

28 de Marzo de 2013