¿QUÉ FUE DE LA ALFOMBRA VOLADORA? (UN REPROCHE A JLG)

No soy nada original en mi visión, muy parcial, sobre Godard. Como a muchos aficionados al cine, me sigue entusiasmando el de 1959-1968. Sospecho, sin embargo, que me irá entusiasmando cada vez menos, como otros directores ambiciosos, digámoslo así.

De las películas que he visto dirigidas por Godard tras 1968, es decir, ¡realizadas en los últimos 47 años!, creo recordar que sólo me gustaron Pasión y Nombre: Carmen. De Pasión, si no he revisado mal, es ese final tan feliz y godardiano: una chica que no monta nunca en coche accede a subirse a uno, convencida así por el conductor: “Esto no es un coche, es una alfombra voladora”. Una frase preciosa que me encandiló, en su momento y lugar, no por su veta idealista sino casi por lo contrario: su lúcida insolencia, o acaso fuese ingenuidad. 

Intentando en lo posible no ser demasiado subjetivo, algo muy complicado siempre, diría que mi principal reproche al Godard cineasta y hombre de cultura es, siguiendo a mi admirado Javier Gomá, el siguiente: habiendo sido su cine de los años sesenta una vibrante muestra de cine liberador (relativista, alborotador, divertido, subversivo, anti-autoritario, etc.), en la vanguardia de la modernidad cinematográfica, cultural, intelectual y hasta político-social (aunque su política, en fin, tuviera sus puntos negros), sostengo que el Godard post-Weekend no supo estar a la altura de la sociedad que lo había aupado al estrellato. No hablo de integrarse al “sistema”, obviamente, pues ese escrúpulo es algo que Godard siempre se ha molestado en dejar bastante claro (a su manera oscura). Hablo de construir en aquel momento un cine que hubiese sabido comunicar más y mejor qué es lo que hay tras la liberación (cinematográfica, social, de costumbres), al menos en Occidente. Qué se puede aportar ahí, qué podemos hacer a partir de ahí. Es decir: ahora que estamos liberados, ¿hacia dónde vamos? ¿Cómo vivir y morir mejor? ¿Cómo hacer un cine que muestre eso?

Por tanto, pregunto: ¿No habría podido Godard dar un paso más allá, haberse liberado él mismo de sus cargas, vanidades, caprichos y tics juveniles y, sin renunciar a la lucidez ni a las conquistas, construir ahí algo más sólido, más asertivo, más en verdad culturalmente emancipatorio? 

Quizás, intentando ahora responderme a mí mismo de manera parcial, apuntaría que Godard nunca ha sabido o querido ser un "public intellectual", una persona de altura y de cultura preocupada verdaderamente por el presente y el futuro de Francia y del mundo. No ha sido, en fin, un intelectual comprometido, alguien implicado en su arte y sociedad con el fin de hacernos mejorar como personas y como país (¡la Unión Europea!); habiéndose conformado desde hace años con ser un bufón cinematográfico, dicho esto sin ningún afán peyorativo.

 

 

(to be continued)

 

 

Antes escribí que de las películas de Godard posteriores a 1968 sólo recordaba haber disfrutado con Pasión y Nombre: Carmen. En cambio, para ser justos, ahora añadiré que el cine de Godard no me ha aburrido casi nunca: sus extrañas narraciones (entre figurativas y abstractas; concatenaciones o hileras o fusiones de imágenes y sonidos) normalmente me han mantenido más interesado por lo que ocurría dentro que fuera de la pantalla. El balance no es tan negativo. Sólo recuerdo haber bostezado, y mucho, con Yo te saludo, María, que es de las que mejor reputación tienen de los ochenta. Ya me enteraré por qué.

De lo que yo me quejo (en realidad, más que un reproche es una personal decepción) es de que el arte de Godard no haya sabido hacerse mayor; no haya podido o querido interpelarnos con más peso y elocuencia (o sólo a una minoría de cinéfilos y a los impresionables departamentos universitarios de Film Studies). Me quejo de que su arte se materialice tantas veces en productos rigurosamente subjetivos, ingeniosos, estrafalarios (aun extrañamente hermosos, a ráfagas). En lo político, es un arte que adivinamos (¡faltaría más!) crítico con el capitalismo pero no con otros sistemas mucho más caníbales que en el mundo han sido. 

Pensándolo bien, no estoy seguro de si mi problema es que no comprendo bien una gran porción del cine de Godard o si, en realidad, sí lo comprendo (sospecho cuáles son sus intenciones y descifro sus conceptos) pero, por desgracia, apenas me comunica nada, ni me conmueve; en ocasiones he pensado que me despreciaba como espectador. Y eso ya es lo último. 

Finalizaré volviendo al gran Godard, al Godard de hace medio siglo (¡qué barbaridad!). Hace tres o cuatro años volví a ver Bande à part (fue la primera película de Godard que vi, hacia 1999, en un ciclo dedicado al director en el British Film Institute de Londres) y de nuevo se me presentó como un portento de ilusión, descaro, sentimiento y belleza. Sobre todo, ilusión.

 

Es mi película favorita de Godard. Una alfombra voladora. Aún.

 

Luis Serrano (Agosto, 2015)

 

(Este breve artículo se basa en dos comentarios que escribí en el blog de Jesús Cortés “Un blog comme les autres”, a raíz de una entrada del autor sobre JLG)