MENOS ESTÉTICA: 24 DIRECTORES DE LOS 80 (2)

 (continúa del artículo anterior)

 

 

11.   MARTIN SCORSESE. Hombres y estilos al límite

 

Unas enigmáticas palabras del escritor Stephen King en El resplandor nos pueden ayudar a definir el mérito artístico de Martin Scorsese: “Living by your wits is always knowing where the wasps are”. Es decir: “vivir de tu ingenio (o de tus engaños) supone saber dónde están las avispas”. Las avispas reales o metafóricas: lo que nos amenaza y pica, lo que nos escuece, lo que tratamos de ahuyentar. Es bueno saber dónde están las avispas para poder evitarlas. Scorsese siempre ha sabido dónde están, aunque a veces disimulara.

El neoyorquino Martin Scorsese comenzó la década de los ochenta como un trueno. Nada menos que con Toro salvaje, una película crucial en su filmografía y, para muchos, la mejor película de los ochenta. Se trata de un título sobresaliente, que contiene las virtudes del mejor Scorsese: virtuoso e intenso pero sin perder de perspectiva la pulsión humana del asunto. Un Scorsese que aún no se había adulterado un poco, al menos yo así lo considero, con Uno de los nuestros, película adorada por millones de fans y sin duda brillante, pero que hace un uso novedoso y problemático de unas sangrientas y frívolas estrategias de “show de la violencia”.

Entre Raging Bull, de 1980, y Goodfellas, de 1990, Scorsese dirigió otras cuatro películas. Todas ellas ambiciosas, diferentes, al borde siempre del descalabro artístico y económico. Todas atractivas y notables. De esas cuatro, me gustan aún más Jo, ¡qué noche! y El color del dinero que El rey de la comedia y La última tentación de Cristo. El carácter camaleónico y casi se diría que improvisado de los proyectos de Scorsese durante los ochenta resulta evidente leyendo estos títulos. Una sátira americana como reverso cachondo del underground artístico y sentimental de Nueva York. Un remake o secuela de El buscavidas a su manera grandilocuente y enfáticamente moral. Otra especie de sátira sentimental con un Jerry Lewis bajo de moral y un De Niro carcajeante. Y una poderosa tentación de Scorsese a la hora de encarar el mito y la carne de Jesucristo, sacándolo de la espiritualidad e instalándolo en un Pasolini-rock (como escribió el crítico M. Alcalá, si no recuerdo mal, por entonces).

Vemos cómo Scorsese se va reinventando y buscando motivos y personajes al límite de sus fuerzas, al límite de la moral. Comprobamos cómo Scorsese encuentra y enfoca las avispas que, en forma de tentaciones y amenazas, zumban alrededor de sus protagonistas. Verificamos cómo Scorsese, durante los ochenta, sabe aún dominar sus instintos tarantinianos (avant-Tarantino, ¡claro!) y duda entre la coreografía total o la seriedad autoral. Son las tentaciones de Scorsese: sus dilemas estéticos y éticos y dudas metodológicas. Nos queda siempre un insultante dominio de los espacios y tiempos cinematográficos y la fabricación de personajes masculinos fieramente humanos, en el precipicio de la desesperación y a un minuto del vertedero y de la gloria.

 

 

12.   FRANÇOIS TRUFFAUT. Vivamente Truffaut

 

La despedida cinematográfica del francés François Truffaut, debido a su temprana muerte en 1984 y sin haber cumplido los 55 años de edad, fue triunfal.

Tres películas tuvo tiempo de dirigir Truffaut en los años ochenta y las tres son deliciosas. Cronológicamente: El último metro, La mujer de al lado y Vivamente el domingo, cada una de ellas un poquito mejor que la anterior. Tres bellas películas sobre las felicidades y los desencuentros de las parejas enamoradas, sobre la dificultad de la convivencia y los destellos de la alegría de vivir, enamorarse y equivocarse. Truffaut siempre dio preeminencia a la vida sobre el cine. Su cine es vital y complejo en el retrato de personajes que son cerebros y corazones, no símbolos ni modelos bressonianos ni caprichos autorales. Son personajes a los que comprendemos perfectamente y que aspiran a ser personas de carne y hueso. Personajes que quieren ser libres siempre que sean amados por el hombre o la mujer que ansían. Para Truffaut, la libertad no sirve de nada si uno no está enamorado.

Mi favorita entre las tres películas es Vivamente el domingo, su última obra, una joya en blanco y negro que es homenaje al cine policíaco, tributo al cine en general y epitafio cinematográfico. Una obra de una ligereza sentimental como de Lubitsch o McCarey, de una intriga romántica digna de Hitchcock, de una composición formal elegante y precisa como de Hawks.

La pérdida de Truffaut fue una gran desgracia para el cine. El director francés se despidió del mundo y del cine a lo grande, en uno de los momentos más altos e inspirados de su carrera. ¿Quién ha seguido su estela dulce y sincera, repleta de generosidad y tolerancia?

 

 

13.   JOHN HUSTON. Bajo todos los volcanes

 

Phobia es una película rematadamente mala, seamos sinceros. Una película impropia del talento y la carrera de John Huston, un realizador prolífico, complejo y difícil de catalogar.

En los años ochenta, además de la risible película mencionada, fue autor de otras cinco obras. Entre ellas, hay al menos una sobresaliente, Dublineses (basada en el prodigioso relato “The Dead”, de James Joyce). Una película bergmaniana, universal, íntima. Y hay una película notable, Bajo el volcán (basada en una famosa novela de M. Lowry). Otras dos, El honor de los Prizzi y Evasión o victoria, nada malas, suponen dos generosos divertimentos en las manos y ojos experimentados de un director que había dirigido su primer film durante la Segunda Guerra Mundial (El halcón maltés). Por último, está otra rareza hustoniana, el musical infantil-juvenil Annie, que he vuelto a ver ahora (fue una de las primeras películas que vi en VHS en los ochenta) y que no se puede despreciar: es un musical dickensiano, bellamente coreografiado y de nobleza clásica, aunque también esquemático y demasiado largo.

Huston fue siempre, también en los ochenta, un director vibrante y valiente, aunque su estilo no fuese necesariamente reconocible. Su cine, incluso cuando fue menos acertado, desafió el aburrimiento, el encasillamiento y el cinismo. Sus personajes parecerían no rendirse nunca, ni siquiera al borde de la desesperación y bajo los muchos volcanes.

John Huston era en esos años un clásico vivo, uno de los veteranos del cine que aún firmaba películas a finales de los setenta o ya en los ochenta (junto con Preminger, Aldrich, Wilder, Fuller, etc.). Huston dirigió, como hemos visto, seis filmes antes de su muerte en 1987. No se estuvo quieto hasta el final y murió con las walshianas botas muy bien puestas.

 

 

14.   MARIOS CAMUS. Oprimidos literarios

 

Mario Camus es el mejor director español de los ochenta. Frente a la modernidad desenfadada o irreverente que surgía sobre todo de Madrid, Camus se puso al frente de las adaptaciones literarias de postín, con gran éxito de crítica y público. Un indudable mérito.

Camus ha sido un gran director de actores. Sus protagonistas tienden a ser fracasados y oprimidos. Los de Miguel Delibes, los de Camilo José Cela, las chicas de Federico García Lorca. Los personajes de sus películas “menores” están peor conseguidos. Curiosamente, son los de sus películas más actuales en su momento: La vieja música y La rusa (ésta basada en una novela de Juan Luis Cebrián).

Sus oprimidos emergen de obras literarias españolas muy conocidas: Los santos inocentes, La colmena, La casa de Bernarda Alba. Hablamos del canon español del siglo XX, poco más o menos de los libros que se leen en Bachillerato. Su adaptación de Delibes es la más acertada: Los santos inocentes es una obra maestra, o casi, y una de las mejores películas españolas de la historia. Un desasosegante e inspirado retrato de los desposeídos en el mundo rural de posguerra, cuando los señoritos parecían campar a sus anchas.

La colmena y La casa de Bernarda Alba, sin ser sobresalientes, sí son dos muestras notables del talento literario, clásico y de “progresista antiguo” de Camus. Alguien no pendiente de modas ni tics estéticos. Alguien metido de lleno en la literatura que quería ilustrar, homenajear, acercar al espectador de los ochenta.

Hablamos de un cine afortunadamente subvencionado, espléndidamente interpretado y de primorosa puesta en escena, sustentado en personajes sólidos y “con peso”. Historia de España 24 fotogramas por segundo, un lujo que no sé si nos merecíamos del todo. Un cine adulto, serio, adusto y, en sus mejores momentos (Los santos inocentes), de gran desgarro dramático, misterio y conmoción.

Cuando Camus se alejó de referentes literarios indiscutibles y se aproximó a la coyuntura de la España de su momento (La rusa, La vieja música), ahí perdió fuelle, su cine se hizo más rancio, postizo y enlatado, sin dejar nunca de ser digno.

 

 

15.   ROB REINER. Ético y ligero romanticismo

 

Cinco estupendas películas dirigió el norteamericano Rob Reiner en su gran década hasta la fecha. El sello de Reiner radica en hablar de cuestiones importantes desde la cómica levedad. Son películas con un componente lúdico ineludible. Obras diáfanas en su composición, ajenas a metafísicas y arabescos. 

Habrá opiniones variopintas al respecto, pero para el que esto escribe la cima de Reiner en los ochenta (y sospecho que de su carrera) es La princesa prometida, irresistible y sobresaliente película de aventuras y fantasía que rebosa humor, nobleza y un aprendizaje de la vida. Una película que gusta igual cuando se ve con 15 o 35 años. La estupenda comedia romántica Cuando Harry encontró a Sally... sería mi segunda favorita suya del período: Reiner moderniza a McCarey y Descalzos en el parque sin darse ninguna importancia.  

Una característica del cine de Reiner es que en sus películas se plantea casi siempre, y aquí citaré a Javier Gomá (Aquiles en el Gineceo), el dificultoso o perezoso salto del estadio estético al ético. De las correrías, la adolescencia y la inmadurez, a las responsabilidades y alegrías del “amor verdadero”, como se dice en La princesa prometida.

Las otras tres películas son notables, destacando algo por delante de las demás la road-movie divertida y sensible Juegos de amor en la universidad, seguida a poca distancia por Cuenta conmigo y el falso (por momentos, desternillante) documental This Is Spinal Tap.

Un rasgo del cine de Reiner es, como decimos, su ligereza. Le quita hierro, le quita peso a sus argumentos, sus tramas, los conflictos de los personajes. Incluso en la más seria (pero no más conseguida ni más encantadora) entre las suyas del decenio, Cuenta conmigo. El cine de Reiner es un tributo entre nostálgico y desmitificador (y siempre ameno) a la juventud, sus peligros, alegrías y ensoñaciones. Una mirada a ese salto vital del tonto esplendor juvenil a la más serena madurez; una edad adulta que tampoco está exenta de tonterías, afortunadamente. La mirada de Reiner esquiva las exageraciones y los idealismos.

Reiner es siempre divertido y relativista (menos en aquello que concierne a valores humanos sustanciales). Reiner nunca juega sucio ni da gato por liebre ni se desentiende de sus personajes. Al menos, en los ochenta. 

 

 

16.   CHEN KAIGE. Educación, naturaleza y confines

 

De los tres largometrajes que el director chino Chen Kaige dirigió en los años ochenta, al menos dos de ellos resultan atractivos y admirables, Tierra amarilla y El rey de los niños (no he visto la tercera película). Ambas comparten un aliento épico a partir de personajes humildes envueltos en una naturaleza omnipotente, bella, peligrosa. Ambas parecerían reflexionar sobre la educación de los niños y cómo ésta, irónicamente, a veces conlleva la perdición de los educados. Lo que te da la libertad, te puede quitar la vida.

Es un cine de aliento trágico y de turbadora fotografía del hombre en la naturaleza: inmerso en ella, luchando con ella, huyendo de ella. La llamada Revolución Cultural de China es observada con piedad, en la medida en que iba encaminada a formar a personas sin apenas medios ni saberes; pero también desde una mirada crítica. Lo que nos queda al final es que, por encima de teorías y sistemas autoritarios, la diferencia esencial la marcan personas concretas. Un maestro comprometido con su oficio y sus alumnos. Un soldado en busca de canciones. Los dos acceden a los confines de su país y se ven enfrentados a la realidad de unos seres humildes que viven de manera primitiva y con costumbres tradicionales. Las películas de Kaige, en tanto que alegatos individualistas en un contexto totalitario, también muestran las limitaciones de una sola persona: mientras que el maestro es valiente y aspira a cambiar la vida de sus niños, el soldado es un cobarde que se conforma con predicar el evangelio comunista. Ahí pensé en Pajaricos y pajarracos de Pasolini.

Kaige, por lo que deducimos de estas películas, está interesado en tratar temas universales a partir de realidades concretas de su país. Un director portador de un poderoso y dinámico estilo (concatenando y fusionando de manera locuaz las imágenes y la música), que trabaja con argumentos que nos hablan de dignidad y educación y que proyecta sobre sus películas un extraño halo poético que lo cubre todo, hasta la esperanza.

 

 

17.   STANLEY KUBRICK. Escasamente humanos

 

Stanley Kubrick comparece en este humilde canon con dos películas en el decenio de los ochenta: el terror de El resplandor y la bélica La chaqueta mecánica. Las dos son terribles y absorbentes. Las dos gravitan en torno al horror de ser humanos: hasta dónde puede llegar un hombre en la escala de la crueldad.

Son obras acerca de cómo la mente humana se adapta a un medio hostil (sea un hotel encantado, sea la guerra); lo que nos enseña Kubrick es que se integra con tanta naturalidad que fomenta el horror allí donde ya existía. La mente humana expande ese horror. “El cine de Kubrick nos enfrenta siempre a una mente más o menos poderosa, a menudo víctima de desarreglos”, escribe Eugenio Trías en su capítulo sobre el director (De cine. Aventuras y extravíos).

Las películas de Kubrick, todas ellas hitos cinematográficos y hasta socioculturales, nunca se encontrarán entre mis máximas favoritas. Modestamente, no me parece que ninguna película de Kubrick sea una obra maestra. Por demasiado inhumanas y perfectas hasta el insulto. Señala Trías (en el mismo libro): “Kubrick era un celoso amante de la precisión y del control de todas las piezas del entramado fílmico”. En exceso, digo yo.

Kubrick tiene ese lado Hitchcock en su obsesión por la puesta en escena a partir de guiones matemáticos. Pero, frente a Hitchcock, sus personajes apenas “respiran”, presos del artificio llamado cine hasta límites casi insoportables. Viendo cualquier película de Kubrick sabemos que este director no quiere representar lo real, lo que vemos, lo que creemos ver. Kubrick diseña terribles y punzantes espectáculos en los que encuentra perfecto acomodo la mente humana y su lado más oscuro.

Hay algo onírico y oscuro en The Shining y Full Metal Jacket. Algo casi irritante y obsceno en el hotel Overlook, en la guerra del Vietnam. Ambos motivos están contemplados desde la perspectiva de un autor prodigioso y, como dice Trías en su libro, omnipotente: “estaba en todas partes, llegaba a los más escondidos rincones, lo veía, supervisaba y gobernaba todo, en un ejercicio exhaustivo de omnisapiencia y de visión panóptica inédita en la aventura cinematográfica”.

Tanto la extraordinaria El resplandor (una de las mejores películas de terror que he visto) como la notable y sardónica La chaqueta metálica son artificios admirables, aborrecibles y extrañamente armónicos en su retrato de lo más inhumano dentro de lo humano.

 

 

18.   BRIAN DE PALMA. Virtuosismo posmoderno

 

Brian de Palma en su década prodigiosa: el niño mimado de la posmodernidad cinematográfica mundial. Ocho películas dirigió en los años ochenta. Prolífico e irregular: seis son notables (dos de ellas rozan el sobresaliente), dos son muy malas.

No vi esas películas en su momento, claro, yo era un niño más o menos normal que crecía con Critters, Regreso al futuro o El secreto de la pirámide, no con Blow Out o Dressed to Kill. Varias de las películas que aquí comento las vi hace unos ocho o diez años. Me parecieron un deleite para los sentidos, un desafiante séptimo arte que, desde los ligeros años ochenta, quería promover el placer intelectualizado del espectador burgués ni muy arrimado a los cines sociales ni tampoco meramente adicto al “entertainment”.

Brian de Palma consiguió ese frágil equilibrio sin renunciar, en ningún caso, al entretenimiento. En películas como Vestida para matar yDoble cuerpo, mis favoritas suyas del decenio, B. de Palma entra a matar, como Almodóvar, por la senda de la referencia cinematográfica, el thriller estéticamente ilusorio, la sexy desconfianza sexual, el suspense criminal. Su amor por Hitchcock o Antonioni se contagiaba del perfil juguetón, publicitario y kitsch de la época.

Impacto  (Blow Out) y El precio del poder  (Scarface) son otras dos muestras notables de su cine. Un cine que aunaba un ritmo vertiginoso, una apuesta artística por subvertir (aun homenajeando) las narrativas tradicionales y una gozosa puesta en duda de la realidad, la verdad y demás conceptos humanistas. Es normal que fuese así: para Brian de Palma, casi todo era relativo; y el espectador, viendo sus películas, se lo pasa fenomenal y se siente ingenioso, sexy, inteligente y hasta todopoderoso. 

Además de las cuatro películas mencionadas, De Palma dirigió Los intocables de Elliot Ness, acaso un peldaño por debajo. Y aún un paso más atrás se encuentra su meritoria incursión en el género bélico, Corazones de hierro, una obra desigual pero aprovechable e infravalorada. Una película que contiene tres o cuatro escenas de suspense, durante la guerra del Vietnam, inalcanzables para la mayoría de directores.

Una familia de locos (Home Movie) y Dos tipos geniales (Wise Guys) son otro cantar, comedias infumables. La primera es una tontería caprichosa y nefasta, tan mala como Porky's pero con pretensiones de un Godard o, vista hoy, de un Wes Anderson. La segunda es una especie de parodia gansteril que provoca vergüenza ajena. Nada graciosas e irritantes.

Es indudable que los ochenta fueron la década más audaz del norteamericano de New Jersey, uno de los grandes animadores (en los noventa llegaría Tarantino) del cine en las últimas décadas gracias a su acción desenfadada, el virtuosismo enérgico de las imágenes y la desconfianza en los discursos más lineales y ortodoxos.

 

 

19.   WIM WENDERS. Impostura o verdad

 

Entre películas de ficción y documentales, el alemán Wim Wenders firmó nada menos que diez obras en la década de los ochenta. Ha sido hasta la fecha su decenio triunfal, cuando se coronó con los laureles de crítica y público, en especial por dos obras, París, Texas y El cielo sobre Berlín, que son, en cualquier caso, sus dos mejores películas del período.

De esas diez obras, seis son documentales y de ellos sólo he visto uno, la curiosaChambre 666 (no he visto, por tanto, Relámpago sobre el agua, Reverse Angle, Docu Drama, Tokyo-Ga y Notebook on Cities and Clothes). Sí conozco sus cuatro filmes de ficción, entre los que están las dos grandes obras mencionadas arriba además de El hombre de Chinatown (Hammett) y El estado de las cosas, que tengo ambas muy frescas.

Digamos que mi interés por el cine de Wenders va siendo decreciente. Las últimas obras suyas de los ochenta que he podido ver me han parecido películas más bien sucedáneas e impostadas. Hablo de la aún interesante El hombre de Chinatown y la muy pretenciosa El estado de las cosas, película que uno entiende que pueda encandilar a un cándido aficionado audiovisual de veinte añitos, pero no a otro tipo de clientela.

Tengo últimamente muchas dudas respecto del cine de Wenders. Sus dos obras en principio irrebatibles del período, la fascinante París, Texas (que consideré una obra maestra cuando la vi hace unos diez años), y la distinguida y (¿enfáticamente?) humanista El cielo sobre Berlín, comienzan a transpirar en mi recuerdo un exhibicionismo “indie” de alardes estilísticos carentes de sangre, sudor y lágrimas… ¡Pero no exageremos! A día de hoy, Wenders está por merecimientos indudables en mi canon de directores de cine de los ochenta. En el futuro, veremos qué es lo que vemos.

 

 

20.       FRANCIS FORD COPPOLA. Prolífico, talentoso, confuso, irregular

 

Tras su década extraordinaria de los setenta, Francis Ford Coppola entró con desigual pie en los años ochenta. Con sus dos películas más estéticas y estilizadas del período, CorazonadaLa ley de la calle.

Además de estas dos obras, Coppola realizaría otras cinco en el decenio: Rebeldes, Cotton Club, Peggy Sue se casó, Jardines de piedra y Tucker: un hombre y su sueño. Un conjunto tan heterogéneo en lo genérico, estilístico y argumental como problemático y discutible. No exento de atractivos, por supuesto. Pero digamos que, mientras que el gran director norteamericano empezaba la década de los ochenta experimentando dichosa y desigualmente, la terminaba con un arte más leve y convencional, casi intercambiable con el de otros muchos realizadores de Hollywood.

Mis obras favoritas de Coppola en los ochenta son sus dos adaptaciones de novelas juveniles y de aprendizaje de S. E. Hinton, La ley de la calle y Rebeldes (que leí de adolescente). La primera, una adaptación más manierista y personal, la segunda más clásica y vigorosa. Ambas películas, sin ser sobresalientes ni acercarse a las cuatro grandes de Coppola de los setenta, son muy estimables obras de formación. Nos pueden tocar fibras sensibles y hacernos pensar sobre nuestra vida y la de nuestros hijos. Nada menos.

El resto de sus películas del período transita entre lo errado (Jardines de piedra), lo bonito e inane (Corazonada), lo divertido pero previsible (Tucker), lo atractivo y algo espeso (Cotton Club) y lo nostálgico. Ésta última sería Peggy Sue se casó, probablemente mi tercera película favorita del decenio y film que quizá debería revisar un día de estos.

 

 

21.       PETER WEIR. Viviendo peligrosamente

 

En Hamlet (2.2), ante unas palabras juguetonas de Polonius, la reina toma cartas en el asunto y le reprende: “More matter, with less art”. Más sustancia, menos arte.

Siempre son jugosas y, por suerte, poco retozonas las historias que nos cuenta el director australiano Peter Weir. La década de los ochenta fue estupenda para este realizador especialista en construir personajes que viven peligrosamente, que se enfrentan a poderes y dilemas diversos: la guerra, la corrupción policial, una mentalidad autoritaria, un conflicto internacional, un padre enloquecido. Los personajes de Weir, casi todos ellos hombres, se enfrentan a otros con los que no tienen nada que ver: es el encuentro con “el otro”, que se salda muchas veces de manera trágica. Los héroes de Weir luchan en un mundo injusto en el que fácilmente pueden perder la vida. Observemos, si no, el peso de la muerte en sus películas. Alguien siempre se muere, pero no suele ser fácil adivinar quién va a ser el desgraciado.  

Sin un estilo fácilmente catalogable, sin un arte del todo identificable, a Weir muchos cinéfilos lo vienen despreciando por no ser un sumo esteta del séptimo arte. Pero sus películas, y no es poco, siempre tienen “sustancia”: nos entretienen, nos cuentan cosas apasionantes, intrigantes y peligrosas; cosas que nos conmueven o asombran. Yo diría que Weir puede verse como un clásico moderno; en su cine en muchos momentos se observan influencias de directores clásicos y aventureros como Hawks, Curtiz o Walsh. También está sin lugar a dudas su atracción por personajes algo extremos y su querencia a contraponer “civilización” y “naturaleza” (como sinónimo de libertad y de riesgo), lo que le podría emparentar con un Werner Herzog o un John Boorman.

De sus cinco películas en este decenio, destacaría sobre todo la exótica El año en que vivimos peligrosamente, seguida del irresistible thriller Único testigo y la carismática (y propulsora de debates educativos) El club de los poetas muertos. Opino (pero hay aficionados al cine que no estarán de acuerdo) que la estupenda Gallipoli está un paso por detrás de esas tres, aun siendo un film notable (más en su segunda y bélica mitad). Por último, La costa de los mosquitos, basada en la magnífica novela de Paul Theroux (que devoré como preparación para la película), es su obra más floja del decenio, sin ser del todo fallida. Ahí la historia es mucho más sustancial que su plasmación en imágenes, algo rutinaria. La novela de Theroux habría merecido más extensión (una épica de tres horas), más atención a los detalles, menos elipsis y más empaque dramático y narrativo; más Conrad, más Coppola y menos Hollywood.

Peter Weir, tanto en Australia como en América, ha sabido buscarse un sitio más que digno como director polivalente especializado en hazañas personales en ambientes hostiles. Aventuras construidas desde un aliento clásico. Esto último se comprueba a la perfección en su mejor película, que no es de los ochenta ni de los noventa sino de 2003: la magistral Master & Commander. Sustancia y arte al por mayor. 

 

 

22.       GONZALO SUÁREZ. Español, poético y posmoderno

 

Un artículo de Javier Cercas en El País Semanal, “El primer posmoderno”, nos puede dar algunas claves sobre Gonzalo Suárez, en tanto que fue un pionero en nuestro país, un moderno adelantado a su tiempo, un perro verde que nunca ha sido “trending topic” pero lo será algún día.

Menos de acuerdo estoy con Cercas cuando apunta:“Suárez no fue sólo pionero con su literatura; también lo fue con su cine, con el que hizo a finales de los sesenta lo que Tarantino o Almodóvar tardarían décadas en hacer”. Más allá de cierto desenfado ante los cánones cinematográficos y de otros aspectos posmodernos que podrían unir a los tres autores (fragmentación, referencias, descreimiento), es una comparación problemática. El cine de Suárez es más enigmático y experimental que el de Tarantino y Almodóvar. Más romántico y marginal. Y mucho menos impactante, exhibicionista y comercial.

Las dos películas que Gonzalo Suárez dirigió en los ochenta son raras, inesperadas, difíciles de contar. Hay que vivirlas. Su carácter metaliterario, de reflexión sobre el hecho creativo y en torno a las interrelaciones entre la vida ética y estética, es un filón atractivo. Tanto Epílogo como Remando al viento son películas a contracorriente de la época, del cine español y del cine en general. Obras amaneradas con nobleza, misteriosas de sutiles maneras y difícilmente apresables por el catador convencional. Atractivas estilísticamente y en cierta forma extremas en su visión de fondo de la existencia humana. Remando al viento, en concreto, es una de mis películas españolas favoritas, una obra que conmueve sin repercutir en la sentimentalidad. Una película que crea momentos de sobrecogimiento estético que no se quedan en anzuelo decorativo sino que apuntan a los anhelos humanos de amor y libertad; mientras, digámoslo así, la vida lucha una encarnizada pero hermosa batalla con la muerte, que siempre vence. Y ahí está el cine de Suárez, testigo artístico y feliz de tales combates esenciales.

 

 

23.   SAMUEL FULLER. Rabioso, valioso y sin armonía

 

De las cuatro películas que nos dejó el norteamericano Sam Fuller en los años ochenta, sólo he visto dos, ambas notables: Uno Rojo: división de choque y Perro blanco. Una de género bélico y la otra un inquietante thriller con brochazos de terror. El cine de Fuller parece básico (pero es reflexivo), duro, violento y post-clásico. Es como un clasicismo con los cristales rotos, un cine que parece rodado con cierto descuido tácito, acaso con el fin de evitar que una excesiva atención a la “forma” pudiera despistar al espectador de los argumentos y sus implicaciones. Un cine crítico con su país, su belicismo y racismo, un cine inquietante que enfrenta al espectador con los demonios humanos más tentadores y terribles: la crueldad, la xenofobia, el miedo, la tortura y la muerte.

Fuller, que no murió hasta 1997, dirigió otras dos películas más en los ochenta, Ladrones en la noche y Calle sin retorno, que no he podido ver. Así que sospecho que Fuller podría haber estado más alto en mi particular canon de la década. Es un cine temible, irregular en sus formas, afilado y seguramente moral. El cineasta ha de implicarse en su sociedad a través de películas que muestren las fallas de los individuos y de las instituciones.

 

24.   JEAN-LUC GODARD. Aún estás aquí

 

La razón por la que Godard aparece en mi canon es la misma que para los demás directores. Resulta que, revisando mis notas y años, he encontrado que dos películas suyas de los años ochenta, Pasión y Nombre: Carmen, tienen un 8 de nota. Esto significa que ambas son para mí de notable alto y que, por tanto, y siguiendo el criterio que yo mismo me autoimpuse, es justo que Godard encuentre acomodo en este artículo. Son películas que vi hace unos ocho, diez años u doce años.

No, no estoy nada convencido. ¿Qué puedo hacer más que admitir que no recuerdo nada de ambas películas? Revisando lo que escribí sobre ellas en su momento tampoco me aclaro demasiado, pues siempre me costó escribir sobre su cine. Incluso cuando me encandilaban sus obras (las de los sesenta), me dedicaba a componer textos oscuros, fragmentarios, excesivos, que era lo que me pedía el cuerpo en aquel momento, inspirado (creía yo) por el cine del propio JLG y por mi empanada académica o simplemente existencial.

Pero seré justo, seré optimista. Leo ahora lo que escribí (está en la web) sobre Prénom: Carmen y Passion y sí logro aún discernir un entusiasmo en mis confusos comentarios, una ilusión por haber asistido a imágenes diferentes, peculiares, acaso nunca vistas, nunca reincidentes. Y más no diré porque me embrollo.

 

 

  

FIN

 

Pongo punto y final a este artículo sobre mis 24 directores predilectos de la década de los ochenta.

Quisiera mencionar ahora a otros directores sin duda interesantes que, hasta donde yo conozco, no llegaron al nivel de los que sí han aparecido desglosados en el artículo. No han alcanzado ese nivel porque, teniendo en cuenta lo que he visto suyo de este decenio (que puede haber sido todo o una parte), no cuentan con un mínimo de dos películas notables en el citado período. Escribo a continuación, pues, el nombre de estos directores atractivos que, hasta donde yo sé, sí tienen al menos una gran (o grandísima, pero sólo una) película entre 1980 y 1989. Escribo el título de esa película entre paréntesis.

Adlon (Bagdad Café), Almodóvar (Mujeres al borde de un ataque de nervios), Arcand (El declive del imperio americano), Argento (Tenebrae), August (Pelle el conquistador), Axel (El festín de Babette), Beresford (Gracias y favores), Berlanga (La vaquilla), Bertolucci (El último emperador), Bresson (El dinero), Coen (Sangre fácil), Colomo (La línea del cielo), Cuerda (El bosque animado), Erice (El Sur), Eustache (Las fotos de Alix), Fassbinder (Lola), Frears (Mi hermosa lavandería), Haneke (El séptimo continente), Jarmusch (Extraños en el paraíso), Jewison (Hechizo de luna), Kar-Wai (As Tears Go By), Kasdan (Fuego en el cuerpo), Kershner (El imperio contraataca), Kiarostami (¿Dónde está la casa de mi amigo?), Kitano (Violent Cop), Kurosawa (Ran), Kusturica (Papá está en viaje de negocios), Landis (Un hombre lobo americano en Londres), Lanzmann (Shoah), Lean (Pasaje a la India), Lumet (Veredicto final), Malle (Adiós, muchachos), Marker (Sans soleil), Martín Patino (Los paraísos perdidos), McTiernan (La jungla de cristal), Milius (Conan, el bárbaro), Pakula (La decisión de Sophie), Pialat (Bajo el sol de Satán), Rudolph (Inquietudes), R. Scott (Blade Runner), Skolimowski (Trabajo clandestino), Spielberg (En busca del arca perdida), Uribe (La muerte de Mikel) y Wang (Cómete una taza de té).

También hay otros directores sin duda llamativos o importantes, de los que he visto al menos una película de este período, y que no estarían tampoco a mi modo de ver en la misma liga que los seleccionados para el segmento 1980-1989. Directores como Annaud, Aranda, Armiñán, Attenborough, Babenco, Boorman, Carpenter, Chabrol, Cimino, Dante, Dassin, Edwards, Fernán Gómez, Fellini, Forman, Garci, Herzog, Hill, Howard, Ivory, Joffé, Kaurismäki, Levinson, Mackenzie, Marquand, Nichols, Oliveira, Olivera, Petersen, Polanski, Pollack, Redford, Resnais, Saura, Schrader, Scola, Sokurov, Stone, Tarr, Tavernier, Taviani, Trueba, Verhoeven, Wajda, Zucker…

Haré todavía un último listado de directores que tenía anotados como opciones en esta década, pero que al final dejaré para otra ocasión. Espero ocuparme de algunos de ellos cuando, en un futuro no muy lejano, revise y complete este artículo sobre mi cine favorito de los ochenta. De algunos de ellos no espero gran cosa, sinceramente, pero sobre este extremo no puedo extenderme aquí. En cualquier caso, escribiré aquí debajo esa lista posible (que podría ser casi infinita si nos atenemos a los directores que triunfaban en los más prestigiosos festivales en los años ochenta): Angelopoulos, Blier, Bogdanovich, Carax, Cassavetes, Cissé, Hou, Imamura, Konchalowsky, Kumai, Lelouch, Mikhalkov, Monicelli, Moretti, Olmi, Oshima, Panfilov, Puenzo, S. Ray, Rivette, Roy Hill, Schepisi, Sen, Téchiné, von Trotta, Varda, Zanussi, Ziniou, Zsabó, Zulawski…

Demasiado cine.

 

Luis Serrano

(Agosto, 2015)