LOS MEJORES DIRECTORES DEL SIGLO XXI: Autoridad proviene de autor…

En su crítica de la película Saraband, de Ingmar Bergman, considerada por muchos una de las grandes obras de los últimos años, José Enrique Monterde (en Cahiers du cinéma España, febrero de 2010) apuntaba cómo el testamento cinematográfico del maestro sueco nos había sabido enseñar algunos aspectos estéticos, y hasta morales, que han perdido notoriedad últimamente…

 

…desde una concepción fuerte de la figura clave de la modernidad –el autor– hasta el rechazo de esa (insoportable) levedad que acompaña a tantos filmes que se mueven entre la brillante fugacidad de los fuegos artificiales y el artificio de una autoría débil más cercana al “bricolaje” que no a esa concepción del mundo… inherente a la autoría artística.

 

Sirva la cita de Monterde para enmarcar, creo que con bastante precisión, y considerando “a posteriori” el perfil de mis elecciones, la breve lista de los que considero mejores directores del siglo XXI. Asumiendo, por un lado, que este siglo empezó en el año 2000 (algo que es escasamente riguroso o científico) y que, por otro, estoy descartando de antemano las películas que se están produciendo y se estrenarán durante 2010. Mea culpa.

Mis directores elegidos, mis favoritos, desde luego, no se van a basan por tanto en ningún criterio de objetividad milimétrico o académico. Hablaré de mis propios gustos, de mi experiencia como espectador: de qué directores en, al menos, dos o tres películas, han sabido llegar en los últimos años a unas cotas autorales de hondura, subversión, ironía, crítica o pensamiento, mediante una estética siempre reconocible, que otros, sencillamente, no han logrado alcanzar. O yo no he sabido mirar, que también podría ser.

Y utilícense también, las palabras de Monterde, para justificar rabiosamente la no inclusión de determinados directores “estrella” que, como Winterbottom, D. Boyle, Iñárritu, Soderbergh, Nolan, Jackson, Greengrass, Haggis o Meirelles (incluso Akin), y en función de su “autoría líquida” (por tomar un brillante concepto del crítico de El País Jordi Costa), no estarían a la altura de pensamiento o emoción de los más grandes, carecerían de su aplomo, talento e integridad, y no habrían dejado una huella suficiente. Más cercanos, todos ellos y sus películas (y muchos otros que no menciono), a esos fuegos artificiales o ese afán de bricolage mencionados más arriba. Para mí, estos descartes (es mi estómago el que descarta tanto como mi cerebro) serían poco más que habilidosos realizadores más bien “light”, escasamente asertivos y, sobre todo, sin una manera personal y compleja de observar activamente (y así transformar) el mundo en que vivimos.

Escribiré unas líneas sobre los nueve directores del siglo: mi canon.

 

1. MICHAEL HANEKE

Alguien capaz de firmar, en unos pocos años, películas tan inquietantes, terroríficas, perversas y a la vez sutiles como La pianista, Caché (Escondido) y La cinta blanca tiene por fuerza que ser el primero de la lista. El autor austríaco, ya cercano a los setenta años, ha ido incrementando la calidad de sus películas de forma imponente e imparable. Pese a lo mucho que nos puedan gustar obras anteriores como la cínica Funny Games, la malvada El vídeo de Benny o la angustiosa El séptimo continente, resultan sensiblemente inferiores a lo que nos ha deparado el siglo XXI. Con una puesta en escena precisa, milimétrica, hiriente, a veces asemejándose a la mirada de un “voyeur” o de un vigilante que observa la pantalla de una cámara oculta, el cine de Haneke no cae en zarandajas bienpensantes y se sumerge en el lado más siniestro del individuo contemporáneo.

Un individuo que, no se olvide (y pese a la moda actual de las “profundidades psicológicas”, tan queridas por las series televisivas estadounidenses), vive, trabaja y ama en un contexto concreto, producto y víctima (y creador) de los entornos familiares y sociales que le han caído en suerte o que se ha buscado. Poco hay, en Haneke, de genético o determinista: casi todo es “aprendido” y circunstancial, y los comportamientos más irracionales, brutales, asociales incluso, tienen causas, orígenes rastreables. En la educación, los hábitos: el hábito hanekiano sí hace al monje. Orígenes, causas que Haneke explora con un deleite a veces gélido y malsano, normalmente distanciador (no permite la identificación del espectador con los personajes) y, siempre, sangrante: porque los seres humanos sangramos. Haneke es lo más opuesto a un autor ingenuo que uno pueda imaginarse. Aún sueño con un “remake” de Mary Poppins dirigido por este maestro austríaco lúcido, indiscutible y brutal.

 

2. CLINT EASTWOOD

La triada de obras maestras del anciano Eastwood desde el año 2000 ha sido, a mi parecer, Mystic River, Million Dollar Baby y Gran Torino. Por supuesto que el gran Clint ha hecho varias películas más (casi una por año), y ninguna de ella despreciable. A veces sus empeños más convencionales (Deuda de sangre, El intercambio, Invictus) nos pueden decepcionar un poquito; pero reto a cualquier cinéfilo a que me señale una sola película de Eastwood que no sea, al menos, salvable, sólida, bien narrada, notable incluso (como su relajado díptico sobre la Segunda Guerra Mundial). Eastwood es de los escasos autores de mirada clásica que aún viven entre nosotros (crucemos los dedos). Cuando se muera, nos daremos cuenta de lo que se va con él: mucho más que una persona o un simple estilo. Es además, como Woody Allen, un director polivalente en el sentido de que es muy capaz de cambiar de género y registro y de colocarse a él mismo como actor principal o de preferir a otros como protagonistas; a quienes, por cierto, dirige maravillosamente, como en la portentosa Mystic River. Que se lo preguntan a Sean Penn y Tim Robbins.

Eastwood nunca ha renunciado a lo que ha sido y lo que es, pero ha evolucionado mucho desde Harry el Sucio y se ha abierto a considerar las posiciones de los demás. Incluso las que le disgustan, por ética y estética (que en Eastwood y en los más grandes son la misma cosa). Seguirá siendo intolerante, misógino o hasta misántropo, gruñón, tradicional y republicano, pero hay en sus películas un sentido “final” de justicia y de sentimental elegía que, a algunos (y algunas), nos ponen la carne de gallina. Fíjense hasta qué punto me identifico que puedo afirmar, sin sonrojarme, que no me fiaría nunca de alguien a quien no le gustasen las películas de Eastwood… al menos un poquito. Crítico de las mezquindades de América pero defensor de la América épica y libre, el gran Clint es capaz de masacrar a la familia norteamericana atontada por Walt Disney al mismo tiempo que sacrifica su integridad física por una integridad moral. ¿Quién podría dar más? Opino que nadie. Por eso lo coloco arriba en este panteón. Eastwood en el futuro no tendrá menor importancia que John Ford. Palabras mayores.

 

3. ROBERT GUÉDIGUIAN

Seguramente, la inclusión de Guédiguian en este “Top 9”sea la opción más sorprendente. Los suplementos culturales y cinematográficos que han votado por sus películas favoritas del decenio han sistemáticamente prescindido de este director francés tan social como político, “comprometido” en el sentido más noble, y anticuado, de la palabra. Y ese quizá sea su problema: que, sin tatuajes ni “piercings” ni montajes electrizantes, el bueno de Robert Guédiguian, sin ser viejo, parece un socialista de la vieja escuela. Rodando casi siempre con el mismo equipo, en su Marsella natal, el autor francés ha esquivado las modas al uso (técnicas publicitarias) y las tendencias estéticas y, ay, progresistas de estos años (el vídeo-clip) para construir una obra poderosa, sobria y de pensamiento “fuerte”. Ni corrección política ni tonterías psicodélicas. Ni énfasis ideológicos demasiado obvios (no es Ken Loach) ni obligatorios subrayados sobre los “azares globales” de los personajes (Guédiguian se avergonzaría de Babel). Las películas de Guédiguian no son masajes: son caricias y puñetazos.

Un tipo auténtico y arriesgado, el gran Guédiguian se lanza lo mismo a explorar la Marsella interracial (La ciudad está tranquila) que a rastrear en la pobre Armenia los orígenes de sus personajes, que son personas (El viaje a Armenia). Se atreve con una insólita y política parábola de la Navidad (Mi padre es ingeniero) y nos desafía con una historia de amor a tres bandas de las más singulares y sinceras que he visto en mi vida (Mari-Jo y sus dos amores). Por desgracia para Guédiguian, los amigos de las meras etiquetas lo colocan en la tradición del “cine social” y se quedan tan anchos. No: estamos ante un maestro del contraste cultural y del humanismo heterodoxo e izquierdista (ese maravilloso piano sonando en las calles poco tranquilas de La ville est tranquille) que se resiste a ser engullido por el Facebook y la New Age. Un tipo dulce y duro, este Guédiguian.

 

4. GUS VAN SANT

En sus empeños menos comerciales y más existenciales, Gus Van Sant se ha columpiado prodigiosamente entre el “angst” juvenil de sus personajes y una manera muy personal (y casi etérea) de afirmar, a través de sus imágenes: “aquí estoy yo, por este plano tan ‘cool’  me reconoceréis”. Elephant causó un gran alboroto, pero no tanto por el tema (que no es tan importante, para Van Sant) como por la metodología: una especie de falso documental sin subrayados de ningún tipo y casi en tiempo real. Tanto en esa película como en Paranoid Park o Last Days, en especial, parece como si Van Sant no supiese lo que traman sus personajes, que parece que simplemente deambulan de un lado para otro, sin un objetivo inminente. Sin intenciones ni ambiciones ni ilusiones. Sin embargo, la muerte acecha (en todas las películas de Van Sant) pero, en lugar de anunciarla a bombo y platillo, resulta que Van Sant la hace estallar sin énfasis aclaratorios, como sin darle mayor importancia (el director español Jaime Rosales se parece a Van Sant en este aspecto)… Y el espectador sensible se queda impresionado… casi por defecto. Se impresiona, precisamente, porque nada había, a priori, impresionante.

Uno se pregunta, con enorme curiosidad, qué podría hacer Van Sant (junto con David Lynch y algunos orientales como Ming-Liang y Zhang-Ke, el director más adorado de los últimos años) con Crimen y castigo. Pagaría yo por averiguar cómo sería el Raskolnikov “van-santiano”: ¿monosilábico y en monopatín, drogadicto y tímidamente desesperado, un tipo angustiado por su crimen pasado o futuro o, por el contrario, absuelto por la imagen en movimiento, tan elegante y distinguida, sensibilizada y cómplice con los adolescentes insatisfechos o apáticos…? ¿Y cómo sería El extranjero de Gus Van Sant? Y un nuevo enigma surge a partir de este resbaladizo y versátil autor: pues cuando se descabalga de sus criaturas jóvenes, perdidas, bellas, nihilistas y peligrosas, y desemboca en la más convencional Milk (Mi nombre es Harvey Milk)… pues también logra lo que se propone. Hablamos, sin duda, de un tipo curioso, influyente y fascinante y, por cierto, más importante para el futuro del Séptimo Arte de lo que él mismo imagina.

 

5. DAVID CRONENBERG

Sólo por Promesas del Este y Una historia de violencia, el canadiense David Cronenberg ya habría entrado en la historia del cine por la puerta grande. Su díptico protagonizado por el carismático Viggo Mortensen promete redención humana (y masculina) solamente tras habernos mostrado ciertas crueldades contemporáneas. Cronenberg, desde siempre, incluso en sus películas más, en apariencia, evasivas (pero terroríficas como Cromosoma 3 o estimulantes como M. Butterfly), ha desafiado la felicidad de las personas, proponiendo alternativas donde el malestar, la enfermedad y la perturbación nos dominan: a nivel psicológico y sociológico. Nunca nadie había filmado la ciudad de Londres como la vemos (mugrienta, peligrosísima, mafiosa, criminal, prostituida) en Eastern Promises. Pocas veces una felicidad perfecta, ortodoxa y aparente, como la de la pareja protagonista de A History of Violence, se ha visto tan repentinamente puesta en entredicho, de una manera tan cruel como precisa y plausible. Cronenberg nunca bromea y sus películas son un recordatorio de que somos vísceras, cavidades y huesos. El ser humano es un amasijo, también, de intereses y cobardías, un lobo para el hombre y, lo que es peor, para la mujer.

Pocos placeres cinematográficos, para quien esto escribe, más intensos y excitantes que enfrentarse a cada nueva película de Cronenberg, más aún desconociéndolo todo antes de que se ilumine la pantalla… Un deleite, eso sí, que siempre será un placer incómodo: escabroso y punzante, inquietante y desesperado. Esto sí que es un cine tenebroso y siniestro y no las chulas oscuridades de Pepsi Cola de un Christopher Nolan. Cronenberg es el Hitchcock de los últimos 25 años, alguien experto en examinar la identidad humana amenazada… y amenazante. Cuidado con este tipo.

 

6. PEDRO ALMODÓVAR

El director español más universal desde Buñuel es uno de los grandes olvidados (despreciados, diría) por buena parte de la crítica en los últimos años. Parece que un Almodóvar menos fresco, menos en plan “Movida madrileña”, se vende peor o ha perdido la etiqueta de modernidad. Mola menos; vaya por Dios. Lo cierto es que Almodóvar ha ido, como todos, cumpliendo años y sus películas han ganado, sin duda, en solidez y peso intelectual, en densidad de texturas y emociones. Comparar la maravillosa Hable con ella con la descacharrante ¿Qué he hecho yo para merecer esto? nos pone ante una disyuntiva: ¿hemos de preferir al ligero Almodóvar de los ochenta y primeros noventa sólo porque era más deslenguado, “camp” y libertino, más cercano al realismo mágico y la comedia costumbrista (y al neorrealismo y la picaresca, incluso), antes que al entregado autor de Volver, donde las emociones son plenas y profundas y las lágrimas se mezclan, de igual a igual, con las risas?

No es mi caso. Volver y Hable con ella son dos de las más altas obras del cine español en los últimos veinte años. Y dos de las mejores películas del siglo XXI. Si aquí nos hemos ido haciendo cada vez más frívolos, mientras Almodóvar se volvía más salmódico y estéticamente demorado, ¿no deberíamos ser más críticos con nosotros mismos y más amplios de miras con el maestro manchego? Momentos como el corto cinematográfico incluido dentro de Hable con ella o la escena de Volver en que la madre, Carmen Maura, está llorando escondida debajo de una cama, alcanzan las cumbres del arte sublime y nos ponen un nudo en la garganta. El deseo sexual (y de posesión, siempre en Almodóvar) sublimado y los insustituibles, aun heterodoxos, lazos familiares (con toques oníricos y fantasmales) nos colocan frente a un Almodóvar adulto, pleno y sereno y, a la vez, en un estado de inspiración asombroso. Si no estamos a su nivel, la culpa será nuestra, ¿o no es así, académicos de los Premio Goya?

 

7. WOODY ALLEN

Aunque ya no esté de moda, y pese a que muchos lo vean alejado de la realidad o de la “actualidad” y demás epítetos intercambiables, me sería imposible no incluir a Woody Allen en este elenco. Cierto que quizá no haya dirigido recientemente ninguna obra de 10, es decir, ninguna que esté a la altura de Manhattan o Delitos y faltas, de Annie Hall o Hannah y sus hermanas. Pero admitiré, sin más rodeos, algo muy simple y que para mí cuenta más que casi todo lo demás: nadie me ha hecho reír más, al menos no en el cine y en los últimos ocho o nueve años, que el anciano Woody Allen. Nadie. Películas infravaloradas por la crítica, y hasta por los antaño allenianos, como la hilarante La maldición del escorpión de Jade, la regocijante Scoop o la incorrecta Si la cosa funciona me han matado a reír. ¿Qué más puedo pedir? Sus diálogos con la muerte y el caprichoso deseo, su sano relativismo, su esnobismo espadachín y puntilloso, me han ofrecido mejores y más graciosos ratos en el cine que cualquier película presuntamente gamberrilla de los Wes Anderson de turno.

Incluso cuando se ha puesto algo grave, volviendo de nuevo a Fellini o Bergman o incluso homenajeando a Hitchcock (como en Match Point), ha sido un Allen profundo pero leve y siempre despierto; un perceptivo observador de las relaciones en pareja y de las jerarquías y poderes (el arte, el sexo), ligero analista sobre el insólito papel que el azar sigue manteniendo en nuestras vidas. Reconozcamos, sí, que Allen no ha sabido estar a la misma altura durante todo el decenio, y que películas como Melinda & Melinda y, sobre todo, la impropia y (con perdón) estúpida Vicky Cristina Barcelona, han hecho a algunos concluir que el gran Woody Allen estaba muerto. Pero, por fortuna, se ha levantado de nuevo, con un arrollador chiste o un diálogo chispeante y, en conjunto, gracias a un sentido clásico e “invisible” del narrar, como sin darse importancia, como si fuese lo más natural del mundo: como (diría él) “todo lo demás”.

 

8. JEAN PIERRE & LUC DARDENNE

Herederos de Robert Bresson (cuando nadie más parece serlo), los directores belgas han alcanzado una fama merecida gracias, sobre todo, a los galardones obtenidos en Cannes. ¡Menos mal que nos quedan los franceses! Uno nunca esperaría que filmes austeros, militantes, morales e insistentes como El hijo o El niño fuesen pasto de los Oscars… Y menos mal: ¿qué pintarían allí los severos hermanos Dardenne y cualquier de sus intérpretes no profesionales al lado de grandilocuentes y guapetones como James Cameron o Leonardo DiCaprio? Sería como colocar a un modesto y riguroso carpintero al lado de un arrogante ingeniero de caminos, canales y puertos. Y es que el cine de los Dardenne, por supuesto, está de parte de los humildes y desheredados de la Europacontemporánea. Obsesiva, primorosamente, estos hermanos siguen, más bien persiguen a sus personajes para enterarse de qué van a hacer y cómo. El “porqué”, en los filmes de los Dardenne, aparece al final del film, en inesperada y profunda epifanía humanista, aunque al espectador no le parezcan nunca finales felices.

La austeridad a veces es una virtud: los hermanos Dardenne lo demuestran en cada película, humilde puñetazo en cabezas bienpensantes pero, al mismo tiempo, tirón de orejas a los pesimistas por decreto, a los quejumbrosos nihilistas de salón. Los personajes de Dardenne siempre pueden salvarse, hay esperanza hasta el final si se esfuerzan y los acompaña la suerte y… las decisiones de guión de estos directores belgas: unos tipos expertos, por cierto, en el anti-énfasis (en puesta en escena y fluidez fílmica), un exponente fascinante de lo que supone hacer un cine europeo austero, dialogante y complejo. Nada “exciting”, qué le vamos a hacer, para eso sigue estando Spielberg y nacen a diario decenas de series de televisión, para las que hay que aterrizar sobre el sofá cansados y sin ganas de pensar… Y no: ante un film de los Dardenne pensar es un imperativo categórico.

 

9. ERIC ROHMER

Dejo para el final al gran maestro francés, Eric Rohmer, que ha fallecido recientemente, y no se vislumbra sustituto a la vista, con franqueza. A Rohmer algunos ya lo tenían descatalogado (los que alguna vez lo habían admirado, al menos) desde que terminó sus Cuentos de las Estaciones. Admitiré, por mi parte, y si ningún asomo de complejo, que dos películas suyas del primer decenio de este siglo, La inglesa y el duque y Triple agente, me parecen un prodigio de hermoso detallismo y primoroso análisis del pensamiento. Son películas históricas que no pretenden contarnos, una vez más, los hechos de la Historia más solemnes y canónicos. Por el contrario, sí querrían escarbar con elegancia suprema, perspectiva pictórica de la puesta en escena y ritmo natural (sentido y pensado: puro Rohmer) en la intra-historia que va enhebrando la Historia con mayúscula: el “behind the scenes”. La importancia de los matices por encima de las Causas, de los susurros más allá de los gritos en la calle; la relevancia, en suma, de la sutileza (histórica y, en Rohmer, compositiva) en el diseño de verdades heredadas, ideas preconcebidas… Que Rohmer se dispone no a deconstruir (lo cual al gran Eric le parecería una ordinariez) sino a, suavemente, matizar, a relatar de nuevo pero desde un ángulo más pequeño y humilde. Como mirando de reojo.

Rohmer, uno de los directores cuyas películas yo siempre esperaba con un sentimiento de felicidad tranquila y deleite anticipado, nos ha dejado a los noventa años y, como decíamos, no tiene sustituto. Grandes directores franceses de la actualidad, como Klotz, Cantet, Assayas o Desplechin, nunca rodarían Mi noche con Maud. Qué le vamos a hacer: es preferible hacerse a la idea. El gigante Eric nunca me decepcionó, al contrario que otros directores geniales (incluso Welles tuvo sus momentos bajos), demostrando con paciencia, rigor, tolerancia, amor cortés y una rara espontaneidad que no todo en el mundo ha de contemplarse desde el prisma del “ruido y la furia”. El cine de Rohmer era, justamente, lo más opuesto que pueda imaginarse a ambos polos. Pecaré de exagerado o pedante si escribo (pero lo escribiré igualmente) que su cine representaba y representa lo más elevado, prudente y armonioso de la civilización occidental.

 

No querría terminar esta pieza sin hacer referencia a un breve corpus de películas extraordinarias que se han realizado entre 2000 y 2009 y que, por no haber sido dirigidas por autores que cuenten (desde mi punto de vista o por mero desconocimiento) con más obras maestras en este decenio, no han sido rescatadas hasta este punto. En especial, me gustaría nombrar estas cinco obras de arte: Armonías de Werckmeister (Tarr), Los espigadores y la espigadora (Varda), Una película hablada (Oliveira), Los amantes habituales (Garrel) y Juventud en marcha (Costa). En todas ellas respira un enorme autor, alguien que ha sido capaz, con la ayuda de equipos técnicos y artísticos entregados a la causa, de crear un mundo a su imagen y semejanza y, al mismo tiempo, proponer intensas y asombrosas parábolas o divagaciones sobre el mundo contemporáneo, desde perspectivas variadas y hasta divergentes. Pero todos estos autores, desde el gigante  húngaro Béla Tarr a la admirable francesa Agnès Varda, pasando por el centenario portugués Oliveira, el genial francés Garrel y el también portugués y casi “punk” Pedro Costa han demostrado, a través de sobresalientes fotogramas (palabras, imágenes, sonidos), una autoría fuerte e irresistible.

Las películas mencionadas en este artículo gustarán más o menos pero no son juguetes ni realidades virtuales ni falsificaciones; no pueden, en suma, apartarse de un manotazo. Eso sí, requieren cierto esfuerzo y participación de un espectador sensible, descansado y comprometido. Son apuestas monumentales, sólidas, complejísimas y abiertas al mundo, construidas por gente veterana, gente que no está dispuesta a que el futuro de los audiovisuales dependa exclusivamente de faunos, superhéroes, ilusionistas, hobbits y avatares.

 

(L. Serrano, febrero de 2010)