PEOR QUE NOSOTROS: UNA TENDENCIA DEL ÚLTIMO CINE ESPAÑOL

Quisiera en este artículo escribir unas líneas sobre cierto cine español de los últimos años. En primer lugar, se caracteriza por el hecho de que sus directores tienen gran prestigio crítico y en publicaciones como El Cultural (de El Mundo), Caimán Cuadernos de Cine y otras sus películas suelen estar muy bien valoradas y votadas entre las mejores del año. No son películas, en general, demasiado distribuidas ni estrenadas, por ello no han conseguido grandes recaudaciones ni fama entre el público y tampoco han triunfado en los Premio Goya. Sus directores apuestan por un cine personal y poco o nada comercial, lo cual no es necesariamente (¿hace falta decirlo?) ni bueno ni malo. 

 

Son siete películas que he visto en los últimos tiempos en salas de cine, DVD o en la plataforma Filmin. No es un corpus extenso, claro está, pero debido al eco crítico de sus títulos y autores querría suponer que puede ser representativo de una tendencia de cine español. Estas películas están dirigidas por siete directores distintos, todos hombres. Son las siguientes: Los condenados (2009, Isaki Lacuesta), Todas las canciones hablan de mí (2010, Jonás Trueba), Diamond Flash (2011, Carlos Vermut), El muerto y ser feliz (2012, Javier Rebollo), Història de la meva mort (2013, Albert Serra), El futuro (2013, Luis López Carrasco) y Gente en sitios (2013, Juan Cavestany).

 

Mencionaré aquí algunos rasgos que, a mi modo de ver, comparten estas películas. Son características no puras sino con mezcla, es decir que, cual conjuntos que se superponen, contienen varios elementos que se reiteran.

 

1-ENSIMISMAMIENTO ESTÉTICO. Incluso en la película que parece más genuina y defendible entre las mencionadas, la de J. Trueba, es fácil detectar este rasgo de embelesamiento autoinducido. Los recursos cinematográficos tienden a promover el hermetismo, la obra cerrada en sí misma y que se mira a sí misma. Sus autores parecen confiar en cierto nivel de improvisación, en captar “lo que pasaba por ahí”, pero siempre da la sensación de ser una improvisación cerebral y ensayada, como tanto arte contemporáneo, que quisiera significar “algo”, ser un concepto. La belleza y la emoción, así, apenas comparecen porque, en suma, no está “el horno para bollos” y lo feo, lo siniestro o lo meramente chocante se considera más “cool”, más “outsider”, más en la onda de un supuesto cine radicalmente político y artístico, que serían la misma cosa.

 

2-SIN GANAS DE COMUNICAR. Frente a películas españolas de los últimos años, consideradas por algunas tendencias críticas como “comerciales” y, así, irremediablemente menos valiosas, como No habrá paz para los malvados, Celda 211, La isla mínima (¿tan convencional es?), Vivir es fácil con los ojos cerrados o Tarde para la ira, parecería que las obras seleccionadas rehúyen la comunicación con sus interlocutores naturales: el espectador español. O el espectador del mundo, si nos ponemos cosmopolitas. No se trata de promover un cine perezoso y nada desafiante pero sí de recordar cómo los cineastas más grandes del pasado y de siempre, pensemos en Renoir o Rossellini, Bergman o Kurosawa, Visconti o Buñuel, Hitchock o Ford, siempre querían contarnos algo interesante y no pretendían que el aficionado al cine se perdiera por el camino. Incluso un Rohmer o un Kiarostami, digamos, han expuesto hasta hace poco historias sencillas pero universales y comprensibles que nos hacían pensar, mirarnos a nosotros mismos, reconsiderar puntos de vistas. El cine español aquí convocado, en cambio, tiende a la huida, a la “road movie” sin claro propósito, a la confusión ética, la provocación a través de ocurrencias pero no ideas sólidas y compartibles por el común de los mortales.

 

3-NARRACIÓN HETERODOXA. Extraña que, a estas alturas del siglo XXI, ciertas innovaciones que se introdujeron hace cincuenta o sesenta años sigan contando con tantos adeptos. ¿No hemos madurado ni evolucionado como sociedad y cultura, como país cinematográfico? No hablamos de ofrecer menús esperables de introducción-nudo-desenlace, como si Galdós aún pasease por las calles de Madrid. Nos referimos a narrar con potencia y claridad acontecimientos e ideas, buscando la coherencia, los hechos más o menos lógicos, los personajes más o menos ejemplares que puedan ayudarnos a ser más felices, más inteligentes, más críticos o más sensatos. Hay una desconfianza casi absoluta, en estos directores y películas, hacia el relato que no tienda al absurdo. Se diría que mientras López Carrasco y Cavestany querrían construir conceptos críticos contra el presente político-cultural, Rebollo o Lacuesta, por su parte, enhebran discursos narrativos que se dispersan y se embrollan por inclinación. Vermut enarbola una bandera Pop cargada de violencia que tampoco se sigue demasiado bien y Serra detiene su narración y la espacia entre diálogos e imágenes que quieren ir, en todo momento, a contracorriente. Tan a contracorriente que, seamos francos, su brillantez arma su propia corriente y sus supuestos efectos provocadores se diluyen solos. Trueba confía algo más que sus colegas en los personajes e historias y parece tener más asimilado un estado de la cultura actual donde debería importar más atreverse a ofrecer algunas certezas sociales, sentimentales, familiares, cinematográficas. En este sentido, y tanto narrativa como culturalmente, veo el cine de Trueba más útil y valiente que el de los demás.

 

4-MIEDO A EXPRESAR SENTIMIENTOS. Parece que el cine con sentimientos (sobre todo, de alegría, simpatía o felicidad) delataría a un director de cine barato, vendido o del montón. Lo que se lleva, en estos cines autorales, es la dureza del relato, la fiereza de la distancia entre lo que se muestra y quién lo muestra. Una distancia a veces irónica, otras veces aún posmoderna, una distancia del que nunca juzga porque solo nos enseña, como hemos oído un millón de veces. Cualquier gesto atrapado de noble emoción podría verse en esos cines como una degeneración, una renuncia, una traición, un alpiste sentimental. El amor, el miedo, la sinceridad, la elocuencia, no se valoran demasiado en estos cines, con la excepción de Trueba, de nuevo, que se atreve algo más.

 

5-CARGA POLÍTICA. Parte de este cine querría, suponemos, ser político y por ello elabora un discurso conceptual que, al mismo tiempo que carece de cierta convicción en su aparato cinematográfico, continúa apuntándose a la originalidad gordardiana de los sesenta y setenta del cine “políticamente político” (hacer cine político políticamente, en suma), aunando la dichosa forma y el dichoso contenido. En Lacuesta, López Carrasco o Cavestany este propósito político es quizá más evidente pero cuesta compartir su regusto final, pues lo que parece emerger de ahí es una ideología izquierdista anclada en postulados del 68 y sus derivaciones relativistas y confluencias latinoamericanas. Si alargamos algo su chicle político-cultural, diríamos que tal río ideológico habría venido desembocando en varias soflamas actuales (algunas bastante reaccionarias) de la “nueva política”. En cualquier caso, no hay política potente ni asertiva en estos filmes; no hay alusión a la responsabilidad de cada persona (ética) ni apuntes distintivos sobre cómo mejorar nuestra sociedad. Es más una política quejumbrosa, crítica con lo externo (en el espacio o tiempo) pero sin autocrítica, sin entusiasmo ni argumentos fuertes, y que tampoco apuntala todo lo bueno que se hace y se ha hecho. Prefiere lo irracional y lo absurdo. 

 

6-ADOLESCENCIA PERPETUA. No cree uno que estas películas sean dignas de un autor cinematográfico maduro o en proceso de maduración. Ha habido jóvenes cineastas que, al arrebato y la creatividad de sus primeras obras, añadían ya gotas gordas de poso artístico que no veo en estos cineastas. Uno veía, qué sé yo, Tesis de Amenábar, Hola, ¿estás sola? de Bollaín o Vacas de Medem, y reconocía de inmediato a cineastas poderosos con cosas que contar, capacidad para hipnotizarnos o hacernos reflexionar (no hay contradicción), estilos contundentes y estructuras bien trabadas, pese a los fallos o insuficiencias que queramos identificar en sus óperas primas. No es lo que nos ocurre cuando vemos las películas de los cineastas elegidos para este artículo. Carecen del valor o el acierto para fabricar un cine que quiera intervenir en su sociedad y se dedican, más bien, a hacer travesuras de niños grandes, para regocijo de cierta crítica y alguna farándula gamberra. Obras como Gente en sitios, El muerto y ser feliz o El futuro parecen más proyectos audiovisuales de fin de carrera que películas sólidas, serias y realizadas desde la ilusión, el compromiso y la mirada de alguien que viera más y mejor que nosotros.

 

(Noviembre, 2016)