FRANCISCO AYALA Y EL CINE

FRANCISCO AYALA Y EL CINE

 

El escritor y el cine es una compilación de artículos sobre cine del longevo escritor español Francisco Ayala (1906-2009). Contiene piezas del prehistórico 1929, seguidas de textos fechados en 1949, 1965 y 1987. Una barbaridad: el privilegio de haber vivido y reflexionado durante seis décadas de cine. Entre el cine mudo y el blockbuster. Más o menos desde Amanecer hasta Robocop. Un océano.

 

Lo diré sin más. No es un libro apasionante. Lo he leído trabajosamente. La prosa de Ayala no me seduce, sus análisis tienden a la espesura y sus puntos de vista (cuando los entiendo) no me convencen demasiado.

Cuando Ayala baja a la arena de las consideraciones teóricas y técnicas sobre el séptimo arte, el soniquete es gastado, o eso me ha parecido. En otras páginas, se diría que las películas mencionadas son mera excusa para hablar de otras cosas.

A mí lo que más me interesa de un escritor (bueno, y de un crítico) es que me diga si le gusta una película e intente explicarme por qué. Con gracia, claridad y un equilibrio espadachín entre el rigor y el capricho.

 

El joven Ayala, influido por las vanguardias, escribía textos ocurrentes y líricos que no creo que descubriesen el Mediterráneo. Los artículos sobre la dimensión social del cine, el “ralentí”, Charlot o Buster Keaton tienen un interés difuso. Hablando de Charlot y de los niños españoles que se ríen con él, Ayala escribe: “es una risa destructora, estremecida, resonante y hueca, que hace vibrar con atroz furia las pantallas de España”. Y el lector dice: pues qué tremendo. Es un Ayala poético e hiperbólico, y no es fácil sacar de ahí algo en claro. Cuando escribe que Greta Garbo “es un alma ardiente como la nieve”, pues lo mismo. ¿Ardiente como la nieve? Un oxímoron. Por qué no. 

 

Fechado en 1949, uno se sentiría inclinado a pensar que “Nueva indagación de las condiciones del arte cinematográfico” es el texto clave en el libro de Ayala. Pero, una vez leídos, sus graves pensamientos sobre el “happy ending”, el carácter empresarial del séptimo arte, su esencia artística, la intención política o la función del bufón y el payaso en el cine, no han sido capaces de decirme apenas nada significativo. Seguramente en 1949 eran cosa novedosa, no sé.

Y, claro, también están las limitaciones de quien esto escribe, que no son pocas.

 

Luego uno se topa con ese tipo de párrafos tan del gusto de la retórica académica, en la que incurre Ayala cuando escribe frases larguísimas como esta: “Pero por encima de estas integraciones básicas, la esfera pública propiamente dicha se ofrece como un espacio amplio de creación independiente en que toda acción va dirigida y asignada, en un intencionado envío, a la colectividad, que actúa como resonador”. Bueno, bueno.

 

Más atractivos, por inesperados, encuentro sus comentarios a propósito del genio cómico de Cantinflas, un actor extremadamente popular hasta hace treinta años e ignorado hoy día.

 

El Ayala maduro y el ya anciano, más reposado y clásico, escribe sobre alguna película de Ettore Scola, Fellini, Forman, Arcand o Berlanga, y de las televisivas Mariana Pineda o Los Buddenbrook. Aquí Ayala se centra con gran seriedad en aspectos secundarios que a él le interesan. Por desgracia, no siempre expone por qué prefiere una película y no otra. No es su prioridad, claro. Y no llego a entender bien determinadas reflexiones. Así por ejemplo, cuando a partir de la adaptación a la pequeña pantalla de la novela de Thomas Mann, Ayala habla de la “diferencia genérica” entre lo narrativo (“que evoca el pasado”) y lo dramático (“que suscita ante el espectador lo imaginario en una estricta actualidad de acción”), yo me despisto. ¿Lo narrativo siempre evoca el pasado? ¿Lo dramático es esencialmente “estricta actualidad de acción”? Seguramente sea así en los manuales, pero mi torpeza no me permite vislumbrarlo.

 

En su última pieza, “Conversaciones escabrosas”, de 1987, a propósito de la película El declive del imperio americano, medita Ayala sobre las buenas raciones de sexo explícito de tantas películas del presente: “el espectáculo directo y crudo de alguna práctica sexual”. Ahí, sus impresiones, bien ligadas, en torno a la película de Arcand sí tienen más consistencia y punch, o eso he pensado.

Y cuando va a concluir el libro, todavía centrado en la película canadiense, Ayala se despide a lo grande con “la asunción… resignada, pasiva y mansa de nuestra condición animal”.

Tras casi sesenta años de reflexiones cinematográficas, tal es el colofón existencialista, acaso tenebroso, de Francisco Ayala.

 

(Julio, 2017)