UN AÑO DE CINE CON DELIBES

UN AÑO DE CINE CON DELIBES

 

Un año de mi vida es un libro singular del gran escritor español Miguel Delibes (1920-2010), publicado en 1972 por Áncora y Delfín, en Ediciones Destino.

El escritor vallisoletano explica en una breve introducción que la idea fue del editor José Vergés en junio de 1970. Le propuso que llevara una especie de diario durante un año, unas notas sobre “mis lecturas, mis impresiones ante un hecho político, mis venturas y desventuras cinegéticas… una especie de cajón de sastre donde todo tuviera lugar”.

Un año de mi vida es un libro muy grato. Está compuesto por las notas ligeras, de tono modesto, nunca demasiado extensas, que Delibes fue escribiendo cada semana, casi cada día, entre el verano de 1970 y el de 1971. Los temas son la literatura, la caza, el campo, la agricultura, el periodismo (Delibes fue durante unos años director de El norte de Castilla), algunos apuntes familiares, algún encuentro con amigos, reflexiones sobre Castilla, España y la cultura, también argumentadas críticas al franquismo (el tipo de crítica que probablemente más minó a la dictadura).

Antes de tomar forma de libro, la revista Destino fue publicando estas notas periódicamente.

 

Yo solo conocía a Delibes por algunas novelas: la existencialista La sombra del ciprés es alargada, El camino (que leí de crío), la fordiana La hoja roja, Las ratas, Cinco horas con Mario, la divertida El príncipe destronado, El disputado voto del señor Cayo (me acuerdo más de Paco Rabal en la película que del libro) y la extraordinaria El hereje, que sigue pidiendo a gritos una gran adaptación al cine. Y considero que Los santos inocentes, la película de Mario Camus a partir de la novela de Delibes, está entre las más grandes del cine español. Esto es compartido por muchos aficionados al cine.

Hasta ahora no había leído ningún libro de no ficción de este autor español tan querido por sus lectores. Que fueron legión, aunque quizás ahora menos.

Mi sorpresa, mientras iba leyendo las anotaciones de Un año de mi vida, fue tropezarme con numerosas referencias al cine. Cada pocas páginas he dado con apuntes sobre el séptimo arte. Y claro, me he entretenido subrayando las alusiones cinéfilas. Se deduce que Delibes era un gran aficionado.

Aquí haré un resumen brevemente comentado.

 

La primera nota de cine es del 25 de julio, donde Delibes menciona las propuestas que ha recibido para adaptar al cine La mortaja y Parábola del náufrago. Sobre esta última novela, advierte el escritor que “si los recursos empleados para comunicar al espectador la angustia del cerco son inadecuados, la película puede caer en lo grotesco y salir el tiro por la culata”.

Lo grotesco: nada más alejado del arte de Delibes. Incluso en su libro, por lo que dicen, más kafkiano.

 

En otra nota veraniega (22 de agosto) dice el escritor que “para exponer problemas graves no juzgo imprescindible la gravedad”. Y añade: “El neorrealismo italiano nos mostró auténticas llagas con la sonrisa en los labios. Eso es el talento”.

Una referencia muy delibesiana, piensa uno, la del neorrealismo, nada ajena a novelas como Las ratas. Me arriesgo a apuntar que no creo que un metafísico como Tarkovski o un profeta como Kubrick estuvieran entre los favoritos del escritor vallisoletano.

 

El 6 de octubre Delibes escribe sobre Helga, cuyo título para su estreno en España se completó con el añadido de Helga, el milagro de la vida. Es un documental alemán sobre educación sexual de gran repercusión, y cierto escándalo, en aquellos años. Lo había dirigido en 1967 Erich F. Bender.

Delibes se muestra escéptico. Y señala una escena “superflua y falsa”: “cuando el niño descubre a su madre desnuda y le sorprende más su sexo que el vello” (no sé si entiendo: ¿le debería haber sorprendido más el vello?).

A Delibes le parece una película “de una cursilería de tarjeta postal”.

 

En su entrada del 8 de noviembre, Delibes hace su aportación al debate interminable (en España) entre doblaje y subtitulado. Delibes opta por el subtitulado: “soy contrario al doblaje de toda película con una mínima sensibilidad estética”.

Eso sí, matiza que si hay que elegir, para su pase en TV, entre el doblaje castellano y el mexicano o el argentino, lo sensato es optar por las voces de la casa.

Habrá que suponer que la serie Embrujada, doblada al español de Cantinflas, no debió de agradar demasiado a Delibes.

 

Delibes manifiesta, el 19 de noviembre, su desagrado por la plaga de erotismo en cierto cine. Esto me recuerda que algo parecido escribió Francisco Ayala en una de sus últimas piezas de El escritor y el cine.

La famosa “apertura” de Fraga Iribarne, matiza el autor de El hereje, no se ha materializado en el terreno político sino en el erótico: “las películas no traían más ideas, sino más camas”. Y se explaya: “Y yo no me escandalizo si un buen argumento exige una cama, pero sí me revienta que alrededor de una cama se monten, por sistema, malos argumentos”. Incurre el mesurado Delibes en una hipérbole, rara en él: “La quiebra de Occidente, si no me equivoco, se producirá por un empacho de erotismo”.

Y uno se pregunta qué diablos habría pensado Delibes de Último tango en París, la controvertida película de Bertolucci que los españoles veían poco después en el sur de Francia. ¿Habría considerado que tenía un mal argumento? ¿Contiene el film de Bertolucci más ideas o más camas?

 

El 25 de noviembre muestra su entusiasmo ante El submarino amarillo, la película de animación dirigida en 1968 por George Dunning con protagonismo total de los Beatles. Sus elogios no sé si parecen algo desmedidos: “original película que rompe todos los moldes”, “cada plano es un cuadro que colgaría con gusto en mi despacho”, “vuelo imaginativo a chorro libre”, y así.

Para que luego digan y redigan que Pixar inventó la pólvora.

En cualquier caso, yo no he visto El submarino amarillo.

 

Es gracioso el comentario de Delibes, fechado el 2 de enero de 1971, sobre Lo que el viento se llevó. Dice sin demasiado cálculo que “tendrá sus buenos veinticinco años encima” (es de 1939) pero que “resiste bien el paso del tiempo”. Sin embargo, le gusta solo su primera parte, pues “descarrila luego, debido a la acumulación de incidencias sentimentales, en el puro melodrama”.

Para Delibes se ve que la palabra melodrama tenía connotaciones negativas. Al menos con el adjetivo “puro” delante.

 

El 19 de enero Miguel Delibes empieza a claudicar ante Marilyn Monroe. Gracias a una biografía escrita por Fred Lawrence Guiles (suponemos que Legend: The Life and Death of Marilyn Monroe, publicada en España en 1970 por Lumen), Delibes revisa el juicio o prejuicio que había alimentado sobre la actriz. Pensaba que era un mero símbolo sexual (“neoerotismo”), “un claro exponente de nuestra sociedad, que fabrica ídolos un día para solazarse al siguiente con su destrucción”.

Ahora Delibes, en cambio, está más que dispuesto a ver Vidas rebeldes y el resto de la filmografía de la Monroe.

¿Quién, a día de hoy, cambiaría de parecer respecto a un actor o director tras la lectura de un libro? Delibes, pienso, demuestra ahí su humildad, su apertura de miras, su ausencia de vanidad. Y parece que el tiempo, si hablamos de Norma Jean, le ha dado la razón.

 

El 16 de febrero nos habla el escritor vallisoletano sobre los cine-clubs, que estarían languideciendo por culpa de la censura, la falta de apoyo institucional y la creación de las salas de Arte y Ensayo. Delibes dice sobre estas últimas: “cada día ensayan menos y dan películas menos artísticas, supongo que a su pesar”.

 

Es significativo lo que el 5 de marzo comenta Delibes sobre la película de Costa-Gavras La confesión (L’aveu, 1970). Delibes menciona su libro La primavera de Praga, que escribió en la capital de la antigua Checoslovaquia en mayo de 1968. Y concluye: “¿A quién se pretendía engañar, entonces? Simplemente al pueblo, teórico beneficiario del sistema”. El comunista, claro; con tantos fans en España y Francia en aquellos años. 

 

El 14 de marzo vuelve Delibes a hablar de Marilyn Monroe, tras ver un ciclo de sus películas. Y pese a que no la sitúa en el pedestal donde sí estarían Chaplin y Greta Garbo, admite: “debo reconocer que esta muchacha es más actriz de lo que yo creía recordar, aunque siempre a distancia de la genialidad”. Lo que habría oscurecido el talento de Marilyn era su anatomía, pues los productores, vaya por Dios, la encasillaron en un tipo de papeles que realzaban su físico.

Esto último, independientemente de que nos guste Marilyn como actriz, es innegable.

 

El 9 de abril el autor de El camino alude a Ingmar Bergman (citado por un amigo, el también escritor José Jiménez Lozano, afortunadamente aún vivo en agosto de 2017) ante el recuerdo de un “miserere penitencial” que tiene lugar en el pueblo zamorano de Bercianos cada Viernes Santo, donde se entonan “escalofriantes salmos”. 

Aquí dejo una grabación de 2014 pero hay más. 

 

Delibes trae a su nota del 20 de abril una película polaca que acaba de ver en la Semana de Cine Religioso y de Valores Humanos de Valladolid. Se llama Bodas de oro y la dirigió Stanislaw Lenartowiez.

Ese tipo de directores de los países comunistas que anegaban los festivales de cine en aquellos años. Películas que en los sesenta y setenta conseguían galardones en los festivales más prestigiosos. Cuando uno consulta una publicación como la muy recomendable Cine para leer, del equipo Reseña (que comenzó a lanzar sus anuarios en 1972), se percata con asombro cómo muchas de las películas criticadas y reseñadas allí ahora son ahora desconocidas o habitan en el fondo de un polvoriento baúl custodiado por veteranísimos guardianes de la cinefilia.

Sobre Bodas de oro (acaso su título original sea Czerwone i zlote) dice Delibes que tiene influencia neorrealista y “una abundante gama de matices (literarios y visuales) sutilísimos”.

Se rinde ante el cine polaco: “el cine polaco me entusiasma” y “las historias del cine polaco suelen ser leves… pero la humanidad que trascienden sus personajes hace de ellas algo conmovedor, verosímil y convincente”.

En esta entrada apunta otras dos películas polacas: Tren de medianoche y Estructura de cristal. La primera creo que se refiere a Pociag, de Jerzy Kawalerowicz, el autor de Pharaon. La segunda es uno de los títulos más populares de Krzysztof Zanussi. Como decimos, un perfil de directores de gran presencia y predicamento crítico en los años setenta y que ahora casi nadie reivindica. No sé si con razón o no, pero tan radical olvido parece a todas luces excesivo.

 

El 22 de abril hay una nueva película del festival de cine de Valladolid que llama la atención del escritor: Elisa o la verdadera vida, del francés Michel Drach. Otro director que ahora no nos dice nada. Élise ou la vraie vie es una película de 1970 y la define Delibes como “alegato contra la humillación, la incomunicación humana, la tortura y el racismo”.

Cine útil, ético y reflexivo, nunca fuegos artificiales en Delibes.

 

El 25 de abril Miguel Delibes escribe sobre el cine americano actual a partir de dos películas presentadas en el festival de la ciudad. La primera es Locos, de Tom Gries, un drama amoroso de 1970 cuyo argumento nos recuerda al de Breezy, que rodó Clint Eastwood en 1973. A Delibes le gusta la película y su “capacidad sugeridora” aunque no está de acuerdo con la tesis del director (¿quién acepta ahora una película “de tesis”, me pregunto yo?). Dice: “Bien está recusar el materialismo que resume en la posesión de dinero y cosas el ideal de vida, pero identificar éste con la holgazanería y la sexualidad me parece una forma de materialismo no menos primaria que aquélla”.

Curioso, pero esta objeción ética, si se quiere, se le podría hacer también a la película de Eastwood citada: el idealismo juvenil de Breezy (la actriz Kay Lenz en Primavera en verano) está relacionado también con la vagancia y los encuentros sexuales. ¡La liberación frente al cruel capitalismo degeneraba en vagabundeo y sexo! Esto decepciona a Delibes, claro.

En cambio, al escritor no le gustó otra película de 1970, Dime que me amas, Junie Moon, de Otto Preminger: “artificio y huera pretensión… convencionalismos, reiteraciones y unas formas de erotismo tan repugnantes y desdichadas que la peliculita no hay por donde cogerla”.

De nuevo el erotismo injustificado que, usado como gancho para ganar audiencia, desagrada al gran escritor.

 

Se deshace en elogios, el 26 de abril, ante uno de los primeros largometrajes del luego tan celebrado Ken Loach: Kes (1969). Fue la película del festival que más encandiló a Delibes: “¡qué magistral dirección, qué interpretes infantiles tan admirables, qué delicadez de matices para expresar no sólo la incomunicación de generaciones y la brutalidad de un sistema pedagógico (esto ya lo hizo Dickens) sino la soledad e incomprensión del protagonista entre sus propios compañeros, únicamente porque su personalidad excede de la norma!”.

En la misma entrada menciona las películas premiadas en el certamen. Curiosamente, el premio a la mejor película religiosa quedó desierto (“no ha habido películas religiosas dignas de tal nombre”). La Espiga de Oro (para filmes con valores humanos) fue compartida por La estrategia de la araña (Bertolucci, 1970) y El muchacho (Nagisa Ôshima, 1969). Mientras, sus ya comentadas Elisa o la verdadera vida y Bodas de oro recibieron el Premio de San Gregorio y el del Círculo de Escritores Cinematográficos respectivamente, de lo que se congratula Delibes.

 

La última entrada cinematográfica en Un año de mi vida es del 22 de mayo, en torno a Queimada, la película protagonizada por Marlon Brando y dirigida por Gillo Pontecorvo en 1969: “Inteligente, dramática película…, que denuncia las corrupciones colonizadoras en una prodigiosa (y expresiva) síntesis plástica”.

Otros argumentarán con poderosísimas y académicas razones que el cine de Pontecorvo es pura manipulación, pura ideología, pura brocha gorda.

Ay, los gustos: hay algo en ellos instintivo y devorador, no es fácil racionalizar los gustos. ¿Cómo, por ejemplo, podrían todos esos rendidos fans de El Gran Hotel Budapest convencerme a mí de sus increíbles méritos cuando esa película me provocó un rechazo tan intenso desde el minuto 1?

 

Un año de vida, cabe insistir, es un libro estupendo.

Vemos a un Delibes que abomina del materialismo, que desdeña el totalitarismo comunista, que critica el capitalismo, que aboga por un cine a la medida del ser humano. Un cine realista pero con una dimensión espiritual. Un cine ajeno a la espiral de erotismo sin justificación que ya comenzó a triunfar en esos años (previos al “destape”).  

Un cine de personajes, preferiblemente sencillo y sin demasiados artificios (a no ser que contenga canciones de los Beatles, podríamos apostillar malvadamente). Un cine de dilemas morales que ni desnaturalice ni denigre al ser humano.

Hablamos de un Miguel Delibes que ama el cine polaco, que termina casi rendido ante Marilyn Monroe y que prefiere las películas con subtítulos. Un Delibes, atención, que no alude en ningún momento a los géneros tradicionales del cine americano: western, acción, aventuras, ciencia-ficción, musical, cine negro.

Un escritor interesado por el cine independientemente de su glamour o nacionalidad. Un cine que puede disfrutar cada año gracias a la celebración del festival en su amada ciudad.

 

Un año de mi vida es un libro magnífico. Y, ciertamente, no solo por el cine.

 

(Septiembre, 2017)