CINE O ESPADA

Los Diarios de Arcadi Espada, publicados en 2002, no es un libro de cine. Es de periodismo. Es penetrante, a veces sarcástico, no hay piedad ni concesiones.

 

No hay películas en los Diarios, insisto, pero querría entresacar un puñado de frases que pueden servirnos para pensar el cine.

 

Una reflexión del 19 de marzo sobre cómo se cuenta y se piensa el terrorismo en la prensa: “...este tipo de artículos de fondo sobre el terrorismo convierten al crimen en una obra de arte y a los criminales en artistas. Es peligroso, sin duda, porque el arte es una razón poderosa para el crimen... La perversidad está en esa voluntad de hacer racional el terrorismo, y hasta de comprometerlo con la belleza asesina de determinadas metáforas”. 

 

Embellecer el crimen, convertir a los criminales en artistas. La sangre derramada como acto estético. Buscar las “causas” y el “contexto” del terrorismo. Y las metáforas, hombre. 

Avisos para el cine, también. El de ficción, incluso, digo.

Ni la excesiva y “moral” elegancia en el hecho de tapar el crimen y limpiar así al criminal (aunque a veces se diga que, al no verse el acto violento por estar en elipsis, la “dureza” es mayor. Yo ya no sé).

Ni, por supuesto, enseñarnos la barbarie en primer plano, con musiquilla de fondo, haciéndola comestible y hermosa y moderna y tarantiniana y cool. Esto aún menos.

 

Nota del 15 de abril: “La única manufactura del periodismo es la que transforma un hecho en palabras. El único programa posible es andar y explicar lo que les pasa a los hombres, uno a uno”.

 

Un hecho en palabras. Un hecho en imágenes. El documental debería dedicarse a esto; no a jugar o despistarnos con la realidad ficcionalizada o la ficción real. Cositas adolescentes para veinteañeros de treinta y cinco años. Yo ya tengo 41, así que no. Y el cine de ficción, bueno, bien se podría centrar en explicarnos lo que le pasa a un hombre. Pienso en la irrepetible El ladrón de bicicletas. Y pienso, ahora mismo, dos peldaños por detrás, en Yo, Daniel Blake. Este cine de izquierdas del ingenuo Ken Loach, ahora masacrado por la nueva crítica de izquierdas. Sí, que ya no cree en el progreso, esa antigualla. Sí, esa que, ¡ahora que se ha muerto! echa mano de los confusos conceptos del post-estructuralismo. Para así diferenciarse del mero posmodernismo progre, ya se sabe: solo festivo y cómplice del capitalismo. Leamos al menos a Terry Eagleton, otro vejestorio de izquierdas como Loach (dirán); búsquenlo en Revista de los Libros. No hace falta estar de acuerdo con él ni en un 60%.

 

El 15 de junio: “La hipótesis de que los medios construyen la realidad (McLuhan, Baudrillard, Tuchman, etcétera) no deja de ser una hipótesis positiva, creativa y, sobre todo, recreativa”.

 

Qué cosas escribía uno (yo) hace unos años. Cines que construían realidades. Y Godard diciendo, y yo le sigo dando cancha, que es en el cine donde el mundo puede cambiar. ¿Cambiar para qué?, le preguntaría a JLG. ¿Cambiar para mejorar destruyendo lo poco o mucho que funciona? No exageremos la influencia del cine, ahora menos que nunca.

Me acuerdo, también, un poco, de aquel libro de Baudrillard que leí (¿leí?). Apenas se entendía nada. Todo era recreativo, en efecto. Como los salones recreativos y sus videojuegos. Muchas luces y atosigantes ruiditos, nadie mira para nadie, todos centrados en la metralleta o el Tetrix o lo que hagan ahora. Baudrillardeando.

 

El 1 de septiembre, Espada consignaba: “La oscura y vacua altisonancia es una prueba infalible de identificación de los cofrades, que atraviesa todas las épocas. Está en los eslóganes de mayo: ‘Seamos realistas, pidamos lo imposible’...”. 

 

Oscuridad. Vacuidad. Altisonancia. Sin pensar mucho: Sorrentino, Nolan, Wes Anderson, Tarkovski. Kubrick o Béla Tarr compensan, con creces, tales defectos con miradas abarcadoras que, justamente, no piden lo imposible.

Todo esto que digo es discutible, claro. ¿Pero quién discute?

 

17 de octubre: “... suelo anotar algunas pruebas irrevocables de magufería literaria... Frases volantes del tipo: ‘Yo no lo elegí contar esta historia; fue esta historia la que me eligió a mí’, ‘En un momento dado los personajes decidieron por sí mismos, y este es el resultado’... ‘El novelista funda otra verdad’...”.

 

Bien. Cuando me topo en una entrevista con perlas de este calado (y de otros calados: habría que hacer un catálogo), sospecho y mucho. Quien dice novelista, dice cineasta. Y hasta aquí puedo leer. 

 

El 14 de noviembre, contando un paseo por el museo Lázaro Galdiano: “Mirándolo [el retrato] comprendí por qué me interesa el realismo: me hace soñar. En mi adolescencia estuvo muy de moda El Bosco. Supongo que por los porros. Yo me entretenía con los culos de Rafael. Ya no entendía a los que necesitan que les redacten sus alucinaciones”.

 

No descarto otras aproximaciones, pero me gusta más el realismo que lo que no es realista. Término peliagudo, en cualquier caso. Hay dos realismos en el cine: aquel que pone el foco en la realidad, digamos, social, frente a escapismos, planetas y evasiones. Y está el realismo independiente del género cinematográfico. El que se percibe en la actitud del director para no distorsionar demasiado lo que está delante de la cámara. Aunque sea un film de romanos o naves espaciales. Por eso las simetrías excesivas, los zooms aparatosos, las caricaturas, los saltos de plano frecuentes, lo teatral, los encuadres manipuladores, lo demasiado literario, la descontrolada cámara en mano, los sueños, todo esto me suele enfurruñar. Provocándome picores, impaciencia, bostezos, incredulidad. Falta de realidad. Falta de utilidad. 

 

Diarios no es un libro de cine pero a mí me motiva más que muchos libros de cine: esos que contienen demasiado ombligo, demasiado cine.

 

(Septiembre, 2017)