EL CINE EN LOS DIARIOS DE TRAPIELLO (1, 2 & 3)

Los diarios de Andrés Trapiello (1953-), cuyo volumen número 20 se publicó en 2016, llevan el suntuoso nombre de Salón de pasos perdidos. Han sido definidos por Félix de Azúa como “uno de los monumentos de la literatura española de dos siglos" y por Fernando Savater como una obra “entretenidísima, maliciosa, conmovedora, culterana, inagotablemente reflexiva sin pedantería”.

Azúa, Trapiello y Savater, no es mal trío de ases.  

 

Llevo leídos con gran deleite los tres primeros tomos de los diarios y, como pueden imaginar, me he fijado en si Trapiello menciona películas o directores de cine. ¿Le gusta a Trapiello el séptimo arte? ¿Deja constancia en sus diarios de las películas que le impresionan? ¿Dice algo de cine?

Algo dice.

 

Aquí hablaré de ese puñado de referencias cinematográficas que he encontrado en El gato encerrado, Locuras sin fundamento y El tejado de vidrio. Estos libros se publicaron en 1990, 1993 y 1994 y se corresponden con las anotaciones de Trapiello en los años 1987, 1988 y 1989. Un Trapiello aún joven, treintañero.

 

¿De qué cine se acuerda Trapiello?

 

En primer lugar, de Jean Renoir, cuando en El gato encerrado el escritor rememora El río inspirado por la literatura de la italiana Natalia Ginzburg: “Un día, de súbito nos encontramos frente a algo extraordinario. Alguien nos hace entrega de una obra que sólo a nosotros podría beneficiar, aunque pueda también beneficiar a otros”.

¿Se hablaba mucho de El río en la España cinéfila de 1987? Cualquiera sabe. Como otros muchos de mi generación, yo la vi en el programa de José Luis Garci a finales de la década de los noventa.

Y es algo muy cierto, aunque sea una ingenuidad como una casa, pero cuando uno lee o ve una maravilla tiende a creer durante unos segundos que es el primero, ¡o de los primeros!, en descubrirla. Me pasó también con El río, pobre de mí.

 

Estimulado por La ronda, de Max Ophüls, Trapiello admite que le ha decepcionado releer el libro de Arthur Schnitzler Casanova (El regreso de Casanova, en realidad).

 

Ya en Locuras sin fundamento, Trapiello rememora a Frank Capra por la manera cómo él y su mujer, “arrobados”, contemplan a sus hijos dormidos.

¿Cómo no identificarse?, digo yo ahora. Me siento algo Capra todos los días desde hace tres años y pico.

 

El escritor nacido en Manzaneda de Torío menciona luego a actores y directores antiguos mirando las fotografías de varios números de una revista alemana de 1930, “una especie de Revista de Occidente pero más cosmopolita”. Admira el glamour y el spleen de “la Garbo de Romance, la Lilian Gish o la Florence Vidor; la tristeza de Chaplin en Luces de la ciudad o el candor de Conchita Montenegro”. Y luego hace referencia a otros “nombres que el tiempo ha ensalzado o sepultado”, como Dowschenko, Renoir y Clair. Suponemos que alude al director ruso Aleksandr Dovzhenko y, por supuesto, a los famosos directores franceses Jean Renoir y René Clair.

 

En El tejado de vidrio hay más cine que en los dos primeros.

Una librera le recuerda a la madre de ¡Qué verde era mi valle!, la obra maestra de John Ford.

¡Y mi película favorita! Gracias, Trapiello.

 

Durante un vuelo ve una película “absurda”, “de una doctora bióloga que se fue a la selva del África a vivir con un rebaño de gorilas muy feroces”.

Se refiere, es obvio, a Gorilas en la niebla, la película de Michael Apted protagonizada por Sigourney Weaver. Y hombre, tanto como absurda… La recuerdo bastante… mona.

 

Trapiello viaja a Nueva York. Ante el Empire State se acuerda de Blade Runner. La original, claro: qué lejos está la reciente y ostentosa aportación de Villeneuve de la obra maestra de Ridley Scott…

En una librería ve a gente que parece salida de una película de Woody Allen. ¡Qué remedio!, digo.

Y sobre la ciudad de Nueva York: “El cine ha terminado haciendo de esa ciudad algo frágil, como el humo, como los sueños, como unos decorados…”.

Algo tópico pero bonito.

 

Trapiello está presente en el rodaje de un documental sobre el pintor y escritor Ramón Gaya y alguien menciona a Bergman. Trapiello se lo toma algo a broma y concluye: “lo que ella entiende como el summum del séptimo arte” (“ella” quizá sea la guionista o realizadora del documental).

Probablemente el maestro sueco no estuviera o no esté entre los directores favoritos de Trapiello. Más adelante volverá a mencionarlo.

 

Trapiello, ante la negativa de un editor de publicar El gato encerrado, se acuerda de una graciosa escena de una de las mejores películas de Fellini I vitelloni.

El autor de Las armas y las letras, siguiendo con el cine italiano, recuerda a Silvana Mangano en el día de su muerte: “Cierro los ojos y veo su belleza imperfecta, los cines de León, el blanco y negro, el blanco y negro de mi infancia y las murallas de la Carretera de los Cubos como las murallas de Roma”.

Al leer ese párrafo, yo también ahora me acuerdo de León, pero mi infancia fue en color y sin Mangano.

 

“¿Te acuerdas de los muermos de Antonioni, de Bergman, de Raimon, de Paco Ibáñez, que nos tragábamos sin rechistar?”, le dice a Trapiello un conocido.

Me chirría ver a esos dos cantautores al lado de dos genios del séptimo arte (más grande el sueco que el italiano, sin duda). Pero no parece que para Trapiello fueran genios del cine. ¡Muermos! Así los despacha.

 

Disfruta una escena campestre, medio cómica, que le hace pensara en Mon oncle, de Jacques Tati.

 

Con un librero se acuerda de una escena de The Servant, de Joseph Losey.

 

Y nombra, finalmente, al inimitable Lubitsch tras una nada grata conversación telefónica.

 

No son demasiadas las referencias cinematográficas de Trapiello en los tres primeros tomos de sus diarios. Los filmes y directores apuntados son, en cualquier caso, prestigiosos, indiscutibles, más bien clásicos que modernos. O al menos, quizá, clásicos modernos. Con la excepción de Gorilas en la niebla.

 

Quiero terminar este escrito con una gran cita del propio Andrés Trapiello que dice así: “Escribir un poema inteligente es cosa fácil. Emocionar con él, sólo lo consiguen los elegidos”.

 

¿Nos vale esto para el cine?

 

 

Luis Serrano

 

(Noviembre, 2017)