VERGÜENZA: LO BUENO, LO MALO Y LO PEOR

Hace escasos años me decepcionó bastante Gente en sitios, una película saludada por parte de la crítica española como la mejor cinta del año. Algo rompedor, insuperable, original. Un nuevo cine, acaso en consonancia con la llamada nueva política. Hasta salía Monedero, así que no faltaba casi nada.

Y era una película diferente, claro que sí, pero muy limitada: conformada por sketches de desigual atractivo y contundencia. Y no era demasiado divertida. Y más: detecté un aroma sociocultural, por así decirse, compungido, dislocado, desencantado, confuso y hasta peligroso, ¡no se rían de mí! Decepcionante, en suma. 

 

Creada como Gente en sitios por Juan Cavestany, en colaboración con Álvaro Fernández Armero, Vergüenza es otra cosa. Mi sorpresa es mayúscula. ¡Qué gran serie española! Ya no es un audiovisual sobre gente, en general ("es la hora de la gente", ay), sino sobre personas concretas. Y estas personas, más que en sitios casi abstractos, habitan un barrio como tú yo como yo y los vemos en su casa y el trabajo, en cafeterías, piscinas o en la calle.

Cavestany acierta aquí, a mi modo de ver, mucho más que con su prestigiosa película. 

 

Sin duda heredera de la irrepetible The Office británica de Ricky Gervais, Vergüenza es comedia, o post-comedia, incómoda, bien pensada, bien escrita y divertidísima. Es un desahogo. Si la ven en un día malo se sentirán mejor. Si la ven en un día bueno se sentirán algo peor pero se habrán reído. Y pensarán: ¡qué cafres! Y se dirán: ¡yo no soy así! Bueno, bueno…

Episodios de 25 minutos casi perfectos y centrados en dos personajes estupendamente interpretados por Javier Gutiérrez y Malena Alterio. Una pareja que no sabe callarse y siempre hace el ridículo: en casa y en el ascensor, con la familia y los amigos, en la tienda y la oficina, en bodas, comuniones, reuniones de comunidad y clases de inglés. Pero es una pareja, también, reconocible y conmovedora: en lo bueno, en lo malo y en lo peor.

 

La serie trata con crudo realismo esas situaciones embarazosas que todos hemos vivido alguna vez. Pero en vez de pararse ahí, cuando la cosa se ha puesto vergonzosa, absurda o patética y agachamos la cabeza y nos vamos, el guion da un paso más allá. Y tanto él, Jesús, como ella, Nuria, dicen lo que no hay que decir jamás, aquello que solo podemos llegar a pensar (si lo pensamos) pero nos mordemos la lengua. Ahí las situaciones estallan y el espectador siente vergüenza y malestar. Y se ríe como un poseso, al menos yo me río a carcajadas con los diez episodios de la primera temporada. Una risa, ya digo, benéfica que nos alegra el día al atentar contra la hiperbólica corrección política y las convenciones nuestras de cada día. 

 

Termina el episodio, termina la serie y, claro, volvemos a pensar cosas que no diremos nunca. Y nos avergonzaremos incluso de pensarlas porque así de imperfectos, bobos y frágiles podemos ser. Y, frente a las situaciones ridículas y las palabras liberadoras de Nuria y Jesús, pecaremos solo con el pensamiento. Para eso está también la ficción: para pecar por nosotros.

 

Luis Serrano

(Enero, 2018)