EL CINE DE PIGLIA ENVEJECE PERO NO SE OLVIDA

Los diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia (1941-2017), se componen de tres volúmenes. En este artículo me centraré en el segundo, subtitulado Los años felices y publicado por Anagrama en 2016, solo unos meses antes de la muerte del escritor argentino.

 

Son unos diarios jugosos, sustanciosos, nada frívolos ni impresionistas, que recogen lo vivido por Piglia entre 1968 y 1975, un período muy movido en la Argentina. Piglia, eterno pero nada desnortado vanguardista, hace anotaciones sentimentales, literarias y políticas, habla de amistades y amores, encuentros y desencuentros. Piglia opina, razona, describe y, en palabras del crítico J. A. Masoliver Ródenas, “nos va conduciendo al verdadero centro, allí donde vida y literatura se encuentran definitivamente”.

 

Son unos diarios de un escritor riguroso pero comprensivo, materialista y melancólico, obsesivo en su quehacer, por instantes un romántico. Un autor de izquierdas por lo general lúcido, crítico con las izquierdas rancias, totalitarias (con algún tropiezo) y que alucinaban con las corrientes francesas más cursis. Le desazonan los anti-intelectuales y los populistas, “aliados inseguros”, como señala en una ocasión. Dicho esto, a veces alguna anotación suya provoca un escalofrío, como la del 17 de octubre de 1968: “Bomba en la Biblioteca Lincoln. Yo pensé: ‘Ojalá que no se hayan perdido los libros de literatura’.”

 

Ricardo Piglia habla de cine, y no poco. Parece una forma de cultura y entretenimiento importante en su vida. Va al cine con mucha frecuencia, por lo que se desprende de sus anotaciones. En no escasas ocasiones ve adaptaciones cinematográficas de obras literarias que admira. No siempre deja constancia de las películas que ha visto, pero muchas veces sí. Piglia quiere estar al tanto del cine que se produce en el mundo. Así, la mayor parte de las películas que comenta son producciones de finales de los años sesenta y de la primera mitad de los setenta. Cine contemporáneo. Y es obvia su predilección por el cine negro, el cine duro y sin concesiones de detectives y criminales, mayoritariamente estadounidense.

 

Clasificaré las películas que nombra Piglia en función de si le gustan o no le gustan, en primer lugar. Pero después será pertinente ofrecer otra larga muestra de películas que dice haber visto pero sobre las que no opina. Señalaré allí donde Piglia alude a directores sin apuntar películas concretas. Reservaré secciones para el cine argentino y para algunas anotaciones sobre el séptimo arte, en general, asociado a la vida del escritor. Y terminaré con una muy breve, espero que no mezquina, sección de incongruencias temporales. No me resistiré, en cualquiera de estos listados, a hacer algunos comentarios.

 

LE GUSTAN

 

Cuando le gusta una película, el adjetivo favorito de Piglia es “excelente”. Lo vemos.

“Excelente film de Robert Aldrich”. Así describe Piglia Doce del patíbulo (1967), película que destaca por su manejo de la ironía y la violencia.

Un “excelente film de Truffaut”, La hora del amor (1968): aquí la conocemos como Besos robados, más fiel al original.

“Excelente versión de Las tribulaciones del estudiante Törless de Musil”, anota Piglia tras ver El joven Törless (1966) del alemán Volker Schlöndorff.

También considera excelente La muchacha del baño público, dirigida por el polaco Jerzy Skolimowski en 1970.

Y otra película excelente: Ciudad dorada o Fat City (1972), de John Huston: “El mundo de los boxeadores liquidados y pobres”.

Parece que se entretiene (“una cinta cruel con momentos antológicos”) con otra película de Huston, esta antigua, protagonizada por Bette Davis. Hay que deducir que se trata de Is This Our Life (1942), titulada en España Como ella sola.

Encuentra admirable El último suspiro (1966), de Jean-Pierre Melville, titulado en España Hasta el último aliento: “una elegía al honor, la épica de nuestro tiempo”. Siguiendo con Melville, describe como “un gran film” El samurái (1967), en España titulada El silencio de un hombre.

“Cine negro de primera calidad”, así define Piglia Touch of Evil (1958), de Orson Welles, en España llamada Sed de mal y en la Argentina Sombras del mal.

Le impresiona El evangelio según San Mateo (1964), de Pasolini: “No debe haber historia más bella: de allí salen todas, de Shakespeare a Faulkner”. Le impacta el “monólogo incesante siempre dirigido a probar algo”, donde la palabra de Cristo alcanza “una dimensión delirante y obsesiva”.

Le gusta Los carabineros (1963), de Godard. Se deduce porque la relaciona con Beckett y Borges en “una historia llena de sorpresas, vértigo, barro, magia…”.

Ve con interés La carga de la Brigada ligera (1968), de Tony Richardson, con sus héroes románticos y conmovedores y un “manejo brechtiano de las escenas de masas” (en España esta película se tituló La última carga).

El detective (1968), de Gordon Douglas, le parece “muy buen film” con su “héroe puro, lacónico y eficaz”.

Ve la vieja película (de 1931) de Pabst La ópera de los tres centavos (Piglia dice “de dos centavos”), escrita por Brecht: “Los diálogos y leyendas en alemán del film no alcanzan a disminuir el placer de un relato siempre levemente excedido y frenético”.

 

COMENTARIO: Solo señalaré, sobre Sed de mal, que la última vez que la vi, hace un par de años, la encontré artificiosa y grandilocuente, sin mengua de esa calidad extrema que le atribuye Piglia. Pero ese virtuosismo, como esos “solos” de guitarra de varios minutos, cada vez me molesta más. Tan obvio y narcisista. Cosas mías.

 

 

NO LE GUSTAN

 

El autor de Respiración artificial se decepciona al revisar El hombre del brazo de oro (1955), de Preminger, que “se derrumba con el tiempo”.

Le desagradan los “fetiches” invocados en El estrangulador de Boston (1968), de Richard Fleischer, entendiendo por tales “psicoanálisis, telepatía, esquizofrenia”, que a su modo de ver fortalecen “el mundo norteamericano en el que los asesinos sociales son enfermos psíquicos frente a los que se levanta la naturaleza pura (y religiosa) de los valores liberales”.

Parece decepcionado con la versión cinematográfica del Ulises de Joyce, dirigida en 1967 por Joseph Strick: “Al quedar desnudo el argumento, se ve con claridad el peso de la prosa en la novela. Los acontecimientos se diluyen, desvaídos…”.

No parece muy impresionado por Made in USA (Godard, 1966). Merece la pena transcribirlo, Piglia aquí parece Hemingway: “La sombra de David Goodis. La sala descascarada y fría. La banda de cinéfilos –cuatro o cinco– que miran el film con pasión y el resto de los espectadores –unos veinte– que miran las imágenes haciendo tiempo. Yo soy una síntesis de las dos conductas”.

Da la sensación, pero no hay que estar seguros, de que no le gusta demasiado Falso culpable, la película de Hitchcock de 1956 titulada en la Argentina El hombre equivocado. Así la zarandea: “versión ilegal de Kafka”.

“Film regular” dice Piglia de El bebé de Rosemary (1968), la obra de Polanski aquí llamada La semilla del diablo.

 

COMENTARIO: Yo, por el contrario, no observé ningún derrumbe cuando vi El hombre del brazo de oro hace unos años.

Piglia, como buen izquierdista no socialdemócrata, está en contra del liberalismo. Esto lo digo a propósito de su opinión sobre El estrangulador de Boston. Llama la atención, además, que se extrañe de que muchos psicópatas o violadores puedan ser enfermos mentales, aunque hay que entender que en aquellos años no había libros como Incógnito, donde justamente David Eagleman viene a sugerir que, empíricamente, la cosa no es como Piglia quería pensar.

Por último, muchos pensamos que Rosemary’s Baby es una de las mejores películas de Polanski. Un clásico indiscutible del terror.

 

 

MENCIONA

 

Piglia menciona Peeping Tom (El fotógrafo del pánico), película de 1960 de Michael Powell, que relaciona con Blow-Up.

Hablando de la poética de su amigo, el escritor Manuel Puig, recuerda El gran vals, película de 1938 dirigida, según algunas fuentes, por tres realizadores: Julian Duvivier, Victor Fleming y Josef von Sternberg.

Ve A quemarropa (1967), de John Boorman: “la soledad de los gángsters”.

No sabemos si le gustó Accidente (1967), de Joseph Losey, pero parece que alude con ironía o disgusto a “todos los esnobs de Buenos Aires extasiados en el hall de entrada, mirándose unos a otros”.

Ve El graduado (1967), de Mike Nichols, y relaciona al protagonista (“el mito del adolescente puro”) con Salinger, Hemingway y Faulkner.

Tony Rome, o Hampa dorada (1967), de Gordon Douglas, es otro film de género negro que ve el autor de Blanco nocturno, con otro “héroe solitario y escéptico”.

Bullitt (1968), de Peter Yates: “la vida cotidiana de un policía, la densidad, la fatiga”. No sabemos si a Piglia le gusta esta película protagonizada por Steve McQueen, aunque sí menciona “una formidable persecución en auto por las calles de San Francisco”.

Menciona de pasada La dama del perrito, película rusa de 1960 de Iosif Kheifits, evidentemente basada en el famosísimo relato de Chéjov.

Tras dedicar una entrada a su descubrimiento de Doris Lessing, señala que por la tarde “veremos películas checas”. ¿De Forman, Passer, Menzel…? No sabemos.

Alude a La condición humana, obra que ve con su amigo escritor David Viñas (al que “no le gusta el cine norteamericano ni tampoco el otro…”). Probablemente se trate de la trilogía dirigida por el japonés Kobayashi entre 1959 y 1961, otra cosa no se me ocurre.

Planea ver Perdidos en la noche pero no sabemos si al final ha ido. Se trata de Midnight Cowboy (John Schlesinger 1967), que en España se titula Cowboy de medianoche.

Uno de sus amigos ve Muriel, de Alain Resnais (1963).

No podemos sostener que Piglia haya disfrutado con Weekend (Godard, 1967), “adaptación libre de La autopista del sur de Cortázar… travesía tribal on the road con catástrofes, canibalismos y delirios”.

Ve Los hermanos Karamázov (Iván Pyriev, 1969) y la relaciona con su país y con su padre.

Paga 0,95 centavos por La pandilla salvaje (1969), de Sam Peckinpah, aquí llamada Grupo salvaje, pero dedica unas palabras a la sala donde la ve y de la película no dice nada.

“Para olvidar el día perdido” Piglia se mete en el cine una vez más: Metello (Bolognini, 1970).

Piglia come una pizza tras ver Little Big Man (1970), de Arthur Penn, titulada en España Pequeño gran hombre.

Palabras tópicas y meramente descriptivas de Piglia para Easy Rider (Dennis Hopper, 1969): “el mundo de la beat generation, la ruta, el rock, las motos potentes para cruzar el país de este a oeste”.

Ve Soplo al corazón (1971), de Louis Malle, tras andar durante todo el día por la ciudad “buscando aire”.

Menciona Hiroshima mon amour (1959), de Resnais, hablando de una chica que “sufre del impulso mimético: vio Hiroshima mon amour y se casó con un arquitecto japonés”.

Ve un “título premonitorio”, Todos estamos en libertad condicional (1971). Nombre argentino de un film italiano de Damiano Damiani llamado en España El caso está cerrado, olvídelo.

Nada aprobatorio ni condenatorio dice de Roma (1972), de Fellini.

Ve Barrio Chino (Chinatown, 1974), de Polanski: “la película parece basada en una novela que Chandler nunca escribió”.

“Para zafarse del vacío” va al cine y ve Casa de muñecas (1973), de Joseph Losey, llamada en España Chantaje a una esposa. No confundirla con la versión de la misma obra de Ibsen que ese mismo año realizó Patrick Garland.

Va al cine, “con Iris bajo la lluvia”, y verán una versión de Daisy Miller, de Henry James. Suponemos que se trata de Una señorita rebelde (1974), título en España, del director Peter Bogdanovich.

Encadena dos títulos seguidos, uno en pantalla grande y el otro en pantalla chica: la versión de Macbeth de Kurosawa (en España, Trono de sangre, de 1957) y, seguramente, La última vez que vi París (1954), de Richard Brooks, “versión Hollywood 1950 de Babylon Revisited de Fitzgerald”, en palabras de Piglia.

 

COMENTARIO: Vemos que el autor de Plata quemada va a veces al cine para olvidar: evasión, escapismo más bien nocturno. Así se zafa del vacío. El cine para buscar y encontrar aire. Cine de su momento presente, sobre todo. Directores y nacionalidades variadas. Muchas obras icónicas de esos años que están en todos los libros de historia del cine. Algunas de ellas siguen formando parte de la cultura popular del siglo XXI. Buen ojo de Piglia para las “tendencias”.

Apenas ve clásicos y no hay ni rastro de algunos autores hoy día considerados indiscutibles: Bergman y Ford, Rossellini y Hawks, Walsh y Renoir, Capra o Mizoguchi. Y más. ¿Qué habría dicho de ellos? No lo sabemos (quizá sí hable de alguno de estos directores en sus otros volúmenes de diarios, habrá que comprobarlo).

No habla de cine español, ni siquiera de obras de Buñuel o Carlos Saura. De Berlanga, que no ha conseguido nunca abrirse paso en la cinefilia fuera de nuestras fronteras, por supuesto que tampoco.

 

 

DIRECTORES

 

Piglia ve una película de Hitchcock en televisión y la contrapone a la publicidad. Veamos. Hitchcock: “un relato muy cuidadoso hecho con imágenes muy pensadas y casi perfectas”. Publicidad: “gente feliz que con imágenes demagógicas intenta vender objetos múltiples en breves relatos microscópicos”. Y concluye: “ese doble juego produce un distanciamiento, disuelve la ilusión que produce en la sala”.

Habla de Arthur Penn, que escribió en algún libro o artículo sobre el género de gángsters asociándolo a la evolución del caballo (western) hacia el automóvil.

Escribe sobre Orson Welles, que asocia a Scott Fitzgerald: “los dos son una metáfora del fracaso del artista en los Estados Unidos”.

Se cartea con José Giovanni, “autor de El boquete y El último suspiro” (en España, La evasión y Hasta el último aliento), guionista y director a quien Piglia admira.

Paga cien pesos por ver dos películas de Billy Wilder, no sabemos cuáles.

Cita a Eisenstein: “No soy un realista, soy un materialista, escapo del realismo yendo hacia la realidad”.

Menciona a los alemanes Peter Weiss y Alexander Kluge pensando “en un libro coral sin narrador”.

Asocia a Fritz Lang con Bertold Brecht hablando del intercambio económico y del intelectual.

De nuevo surge Eisenstein, de quien recuerda que en 1926 “empieza a desarrollar la hipótesis de un cine conceptual, es decir, de un lenguaje cinematográfico capaz de transmitir no sólo emociones y sentimientos, sino también reflexiones y modos de pensar –con imágenes”.

 

COMENTARIO: Esto último sobre Eisenstein es interesante y, por lo que he leído, parece un objetivo del propio Piglia en su literatura. No con imágenes si no con palabras, claro. En cuanto a su aserto sobre Hitchcock y la publicidad, es un tipo de discurso poco sorprendente en aquellos años, incluso por parte de los estructuralistas, de los que Piglia no fue fan. En cualquier caso, quizá el escritor argentino habría necesitado más años para acostumbrarse al cine interrumpido por la publicidad (o viceversa, como dicen los más graciosos).

Ahora, en estos tiempos de plataformas televisivas e Internet, de nuevo la publicidad está difuminándose del cine a nuestro antojo, y qué bien que así sea.

 

 

CINE ARGENTINO

 

Tras un par de intentos infructuosos, ve finalmente La hora de los hornos, documental argentino de 1968 dirigido por Octavio Getino y Fernando E. Solanas: “muy buen film… en la línea del agit-prop de la vanguardia rusa”. La segunda parte del film le interesa menos: “Solanas ha inventado el peronismo de izquierda”.

Menciona a Armando Bo e Isabel Sarli, un cine de “pasión y política social, todo llevado al límite y al exceso”, según su colega Manuel Puig.

Encuentra errado el film de Enrique Juárez Ya es tiempo de violencia (1969), “entorpecido por un comentario ingenuo, mal resuelto”. Y luego señala: “Sigo viendo claramente las posibilidades narrativas del estilo periodístico en el cine (cámara ágil, ritmo nervioso, montaje brusco).”

Sale mencionado Torre Nilsson, el importante director argentino, cuya película El Santo de la espada, por lo que cuenta Piglia, fue un éxito en taquilla en aquellos años.

Asiste a Deliciosamente amoral (Julio Porter, 1969) en una retrospectiva de películas argentinas.

Alguna vez menciona al actor Federico Luppi, muy conocido en España desde Un lugar en el mundo.

Ve Los gauchos judíos, película de 1975 dirigida por Juan José Jusid.

Es crítico con una versión cinematográfica de El muerto de Borges: “errores varios, todo demasiado explícito”. Se deduce que se trata de Cacique Bandeira (1975), de Héctor Olivera.

Pocos días después, Una mujer (1975), de Juan José Stagnaro, combinación agridulce: “inusual perfección técnica, narración vacía...”.

 

COMENTARIO: Llama la atención lo del estilo periodístico en el cine. Pero una duda: ¿Estaría hoy día Piglia tan encantado con el cine de un Paul Greengrass, es un decir? Cámara ágil, ritmo nervioso, montaje brusco, ¡sin duda!

 

 

CITAS PIGLIANAS PARA EL RECUERDO

 

“El cine envejece más rápido, pero la literatura se olvida más fácilmente”, dice el 2 de diciembre de 1968.

“El cine, a diferencia de lo que se cree, convierte todo en artificial”, anota el 5 de febrero de 1971.

“Un condenado a cadena perpetua, encerrado en una celda que da al río, gozando de ciertos privilegios (cine, bares con amigos, una mujer). Eso soy. No debo esperar nada que no venga de la misma soledad”, escribe el 20 de abril de 1975.

“Vivo en el aire, pese a todo voy todos los días al cine, espero sin saber bien qué”, apunta el 10 de noviembre de 1975.

 

 

INCONGRUENCIAS

 

Seguramente como consecuencia de las rescrituras de sus diarios, Piglia se despista con algunas incongruencias. He encontrado estas:

En su diario de 1971 menciona a Auster al lado de Nabokov. ¿Paul Auster en 1971?

También en 1971 deja anotado que ve Excalibur, película que realizó John Boorman en 1981.

En una anotación de 1974 dice haber visto Taxi Driver, la película que dirigió Scorsese dos años después, en 1976. Por cierto, Piglia la considera más un plagio que una adaptación de Memorias del subsuelo de Dostoievski.

 

 

 

Luis Serrano

(Enero, 2018)